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lunes, 12 de octubre de 2009

Hannah Arendt, la "rara avis" de la filosofía

octubre 16, 2006
Blog PornoCultura
Hannah Arendt, pensar por libre


Si no fuera un simple recurso retórico hablar de una «reina» de la filosofía del siglo veinte, este trono correspondería a Hannah Arendt (Hannover, 1906-Nueva York, 1975). Por la originalidad de su mirada y honestidad. Paul Valéry decía que lo más importante era «matar a la marioneta que habita dentro de uno». Arendt fue capaz de congelar todos los movimientos reflejos que determinaron a la mayoría de los intelectuales de su tiempo. Quizá por eso no se definía como filósofa, sino como una mujer atenta a las contingencias imprevistas de lo humano. Algo que ver tuvo sin duda su biografía: fue discípula de Husserl, Bultmann y Jaspers, aunque su gran maestro fue Heidegger, con quien mantuvo un secreto e intenso romance.

En 1929 contrajo matrimonio con el famoso escritor Günther Stern (Anders). Por su origen judío, es detenida por la Gestapo e internada en el campo de mujeres de Gurs. En 1941 abandona Europa y huye a Estados Unidos. Sin duda, dos experiencias van a marcar los primeros intereses intelectuales de Arendt: la influencia del existencialismo a través de sus «padres» intelectuales, Jaspers y Heidegger, y el fenómeno del totalitarismo, que la obliga a asumir la condición de «paria».

Antes de convertirse en «rara avis» de la politología, las primeras tentativas filosóficas de la joven Arendt se centran en la figura de San Agustín, que ya había atraído la atención de Heidegger en «Ser y tiempo». De ahí que en este trabajo no pueda por menos de escucharse la voz existencial del maestro.

Una vida visible. Una deuda, empero, que no ha de empañar la originalidad de la discípula en un doble aspecto: por un lado, y anticipando su crítica posterior del cristianismo, Arendt señala las contradicciones inherentes al concepto de amor agustiniano e indica sus posibles deficiencias en el espacio público; por otro, no deja de apreciar en el primer «filósofo cristiano» una noción de libertad positiva, sumamente original, que más tarde entenderá como «milagro». No hay nada que defina mejor al hombre que su capacidad de realizar lo improbable, lo incalculable.

Arendt se quejaba a Heidegger de que éste no hiciera visible su amor. No sólo era el lamento de una joven judía enamorada ante el magnético profesor casado con una acérrima nacionalsocialista. Frente al «pathos» del individuo existencialista heideggeriano, para quien la «propiedad» del sujeto queda oscurecida cuando uno se dispersa en la «charlatanería» del mundo público, Arendt trata de otorgar dignidad filosófica al mundo intersubjetivo, el «entre», tradicionalmente repudiado o descuidado en aras de una autenticidad, a la postre, y según ella, romántica. Es en este espacio intersubjetivo donde brota la acción política, la existencia auténtica del hombre, la pluralidad y, por ende, la libertad.

Sin duda, su aportación más interesante reside en su tentativa de mirar la acción humana con los ojos despejados de clichés académicos. De ahí que la originalidad de su reflexión transcurra de los cauces de la filosofía existencial a la reflexión casi fenomenológica sobre el sentido y la naturaleza especial de la política. Consciente del desprecio y resentimiento filosóficos frente al mundo, de por sí frágil, contingente y plural, Arendt cree que la mayor parte de la filosofía tradicional desde Platón no ha sido sino un intento de encontrar bases teóricas y formas prácticas susceptibles de escapar del horizonte político, de bloquear los posibles vínculos naturales entre pensamiento y acción. De ahí que sea falso afirmar que «siempre ha habido política».

El peligro de la indiferencia. Su obra más popular, «El origen del totalitarismo», aparecida en 1951, se compone de tres partes: «antisemitismo», «imperialismo», «totalitarismo». Es esta tercera parte, que versa sobre los regímenes nazi y estalinista, la que mayor resonancia ha tenido y la que también más relación guarda con otra de sus grandes obras, «La condición humana». Para Arendt, el desarrollo del nazismo y su inédita capacidad de destrucción no fueron el fruto de una tradición alemana cualquiera, sino de la transgresión nihilista de todas las tradiciones: «La nada de la que surge el nazismo se podría definir [...] como el vacío que procede del derrumbamiento casi simultáneo de las estructuras sociales y políticas de Europa [...] El tremendo atractivo psicológico que ejerció el nazismo no consistió tanto en sus falsas promesas como en el abierto reconocimiento de este vacío».En este sentido, una de las tesis más llamativas de su pensamiento es la de la «banalidad del mal» que arraigó en el régimen nazi.

Bajo estas claves, el peligro fundamental que se cierne sobre las sociedades modernas de masas es que la esfera de lo político termine desapareciendo por completo. Según Arendt, la característica principal del hombre masa es su aislamiento y su falta de relaciones sociales. Son la soledad y la atomización social los elementos catalizadores del totalitarismo: los movimientos totalitarios son organizaciones masivas de individuos atomizados y aislados, cuyo fanatismo y devoción al gran líder no son sino tentativas de zafarse del desamparo burocrático en el que se hallan inmersos.

De ahí que, enarbolando la preciosa fragilidad de lo humano -su finitud constitutiva-, la reflexión de Arendt acierte en diagnosticar que el verdadero enemigo de nuestro tiempo no es tanto el embate mostrenco de la irracionalidad como la amenaza cotidiana y banal de la indiferencia e impotencia gregaria de las masas. Aquí cabe comprender su famosa distinción entre «poder» y «violencia»: mientras el poder tiene que ver con la reunión y la actuación concertada de los hombres, la violencia surge cuando éstos se aíslan y dispersan. Es aquí donde cabe apreciar la reivindicación arendtiana de la política y su tentativa de comprender las raíces totalitarias de toda sociedad huérfana de esfera pública.

Por esta razón, protesta asimismo contra una concepción de la verdad pasada por el tamiz del modelo científico, un conocimiento totalmente privado de su virtualidad expresiva, comunicativa, que no apela ya a la imprescindible experiencia existencial que acaece «entre» los hombres, como era el caso en la «polis» griega. Arendt relaciona así la esfera pública de la Antigüedad y su exaltación del agonismo político con el cultivo no privado de la individualidad. De ahí que el esquema conceptual de su gran obra, «La condición humana», gire en torno al triángulo categorial «labor», «trabajo» y «acción», las tres actividades vitales por antonomasia.

Paralelamente, otra distinción ha marcado la historia de las actividades humanas, la existente entre la «vita contemplativa» y la «vita activa».

Luz y anestesia. Aunque la primera categoría ha sido considerada como la más excelsa, Arendt trata de recuperar para la modernidad la importancia de la segunda, perdida con la irrupción de la era cristiana y, concretamente, con san Agustín, quien la despojó de su significado político. De ahí que una de las preocupaciones de Arendt sea mostrar cómo el «homo faber» no es la figura que encarna la libertad humana, toda vez que el trabajo es una categoría sujeta a la necesidad, esto es, que surge de un interés básicamente instrumental.

Si hoy, en el aniversario de su nacimiento, el pensamiento de Arendt sigue iluminando la reflexión contemporánea, no es sólo por su labor de cronista del eclipse democrático en nuestras sociedades tecnológicamente anestesiadas; sin blandir de modo irresponsable la perezosa identificación entre totalitarismo y democracia. Toda la reflexión arendtiana gira en torno a este problema: cómo hacer inteligible el fenómeno del totalitarismo a la luz del déficit político de nuestras sociedades modernas de masas, compuestas de sujetos aislados, impotentes, que se definen meramente en términos privados. «El totalitarismo no busca un gobierno despótico sobre los hombres, sino que busca un sistema en el que los hombres sean superfluos».
Germán CANO

Hannah Arendt / Reseña

Hannah Arendt
Noventa aniversario de Hannah Arendt



La filósofa enamorada

Cien años hubiera cumplido hoy Hannah Arendt. Hará ya un siglo desde que viniera al mundo en el seno de una familia judía casi plenamente integrada en la sociedad alemana del momento. Estos dos datos bastan para que cualquiera mínimamente familiarizado con la historia europea del momento pueda proyectar sobre ella todos los dramas del convulso siglo XX. Con la diferencia de que no se limitaría a ser una sufridora pasiva de todos los trágicos acontecimientos que cayeran sobre las personas de su raza y condición. Su inmensa virtud estriba más bien en que siempre tuvo la capacidad de filtrarlos a través del recurso a una extraordinaria capacidad reflexiva; supo extraerlos de su mero carácter de "historia vivida" para desmenuzarlos con el único instrumento del que goza el hombre para obtener el sentido -o el sinsentido- de las cosas: la razón y el juicio.

Pocos pensadores nos han ofrecido una reflexión más atenta y original de lo que significó el siglo XX, que en ella aparece sin duda "atrapado en pensamientos". También del poder de la razón y de la filosofía para sobreponerse al destino del mundo y abrirlo a una acción política emancipadora. Su actividad intelectual oscila así entre la necesidad de entender por qué fuimos capaces de caer en la barbarie del totalitarismo y la búsqueda de las condiciones necesarias para una vida en libertad. Como supo decir en una frase lúcida, "el mal puede destruir el mundo, pero profundo y radical sólo puede ser el bien".

Hannah Arendt fue una niña despierta. Hija de una acomodada familia de judíos asimilados, nació en Hannover en 1906, aunque su infancia y adolescencia transcurrieron en Königsberg. Libre de presiones religiosas, descubrió pronto que era "diferente" al ser judía. Su madre, Martha, admiradora de Rosa Luxemburgo e interesada en el feminismo, nunca dejó que se amedrentase por el antisemitismo y le ordenó que si la despreciaban se defendiera. Así lo hizo y logró crecer sin complejos raciales.

Pronto amó la literatura, la poesía y el pensamiento. Goethe, Kant y hasta el aprendizaje del griego clásico para leer a Platón constituyeron un primer bagaje intelectual para "comprender el mundo". Decidió estudiar filosofía ("una carrera para morirse de hambre") con absoluta vocación. Eligió la Universidad de Marburgo. Cursó teología con Bultmann y filosofía con Heidegger. Hannah Arendt quedó fascinada por este profesor apodado "el mago secreto del pensamiento" merced a su nueva manera de filosofar, renovando la metafísica al interpretar bajo nueva luz los viejos conceptos. Heidegger era extravagante y nada convencional; adusto y esquinado; vestía traje de esquí y bronceado por el sol de las montañas a las que se retiraba para pensar. Hannah era una chica elegante y ebria de saber. Heidegger, casado y con dos niños, tenía fama de seductor; Hans Jonas, estudiante también entonces, cuenta en sus Memorias que la propia H. A. le confesó que el mago "había caído de rodillas ante ella" en su despacho.

Iniciaron una relación clandestina que es ya célebre en la historia de la filosofía, y aconteció durante uno de los periodos más creativos de Heidegger, que trabajaba en su libro más señero: Ser y tiempo (1925). El Don Juan filosófico florecía exultante con su musa judía. Pero Arendt aborrecía aquella clandestinidad y se alejó cuando comprendió que él no renunciaría ni a su familia ni a su carrera. En efecto, Heidegger, dominado en parte por su esposa, Elfriede, llegó a rector de la Universidad de Friburgo el año en que los nazis accedieron al poder y se afilió al Partido, con la ilusión de que los nuevos amos devolverían el orgullo perdido al pueblo alemán y a la filosofía.

Hannah Arendt abandonó Marburgo para estudiar en Friburgo, con Husserl, y más tarde con Karl Jaspers, en Heidelberg. Con este último, cuya filosofía era distinta de la de Heidegger (centrado más en "el mundo" en vez de en la abstracción de las honduras metafísicas), se doctoró en 1928 con la tesis El concepto del amor en San Agustín. La joven se tomó en serio el análisis del término, el amor al mundo y a la vida, el "nacimiento" y no la muerte (Heidegger) como el principio de todo filosofar.

Con escasa convicción se casó con Günther Stern, ex alumno de Heidegger. Hasta 1933 la pareja malvivió de becas, consagrada a sus trabajos intelectuales. H. A. investigaba la vida de una intelectual judía de la época de Goethe: Rahel Varnhagen, para escribir su biografía. Se sentía identificada con ella al adquirir conciencia de su propia singularidad como intelectual y judía en un ambiente cultural en el que se sabía desplazada por el clima político. La llegada de los nazis no la sorprendió: "Nuestros enemigos sabíamos de sobra quiénes eran, lo que nos sorprendió fue la reacción de nuestros amigos".

El desprecio a los judíos fue general en la sociedad entera y en la universidad. Alemania se transformó en una loba feroz para disidentes y "diferentes", para cuantos se resistieron a la "uniformización", la nivelación absoluta de todos los ciudadanos bajo ese poder estatal que la propia H. A. definiría años más tarde como "totalitario". Hasta entonces "apolítica", escondió en su casa a sionistas y comunistas, hasta que su vida corrió peligro y abandonó la patria hacia el exilio. París la acogió. Allí ayudó a los refugiados, entre ellos a intelectuales como Walter Benjamin, que le confió algunos manuscritos de sus obras antes de suicidarse. El matrimonio con Stern fracasó; al poco tiempo H. A. conoció a Heinrich Blücher, un comunista autodidacta, el segundo "amor de su vida", con quien se casó en 1941.

Cuando Francia fue ocupada, se establecieron en Nueva York. Blücher sería durante treinta años el camarada ideal de la pensadora; con él, que pensaba y discutía sus ideas, creó una pequeña "comunidad de pensamiento" que se extendería a círculos más amplios de amigos como Hermann Broch, Auden o Mary McCarthy.

Los problemas políticos tras la II Guerra Mundial inclinaron a H. A. más que a ser una "filósofa" a convertirse en "pensadora política". Había que cambiar la metafísica por la comprensión del mundo "de aquí". En 1943 se sintió "horrorizada" con las primeras noticias sobre el exterminio judío. Que unos seres humanos puedan liquidar a otros como a ganado, y que estos otros se dejen exterminar debía de tener una explicación. Arendt consagraría el resto de su vida a tratar de explicárselo; también, a plantearse cómo tendrá que actuar un ser moral en un mundo en el que la vida humana es prescindible. ¿Cómo recuperar la confianza en la sociedad civil? De la estupefacción de H. A. ante los crímenes del nazismo, que ella definió por primera vez como "crímenes contra la humanidad", surgió el libro Los orígenes del totalitarismo (1951) y, más tarde, de sus reportajes para The New Yorker sobre el proceso al criminal nazi Adolf Eichmann, el polémico Eichmann en Jerusalén (1963).

Por primera vez una pensadora unía nazismo y estalinismo bajo un mismo concepto: "Totalitarismo", que significa la supresión radical por parte del poder de "la política" (la actividad de los ciudadanos libres para interactuar en el mundo) y, con ello, la instauración como derecho de Estado del desprecio absoluto hacia los individuos, poco menos que objetos prescindibles. Pero H. A. observó también que la maquinaria totalitaria necesita de asesinos semejantes a Eichmann, de seres incapaces de pensar, no malvados en sí, sino "banales", grises y mediocres para funcionar a pleno rendimiento. Estos "funcionarios del mal" son eficaces en la tramitación del exterminio dada su fidelidad al Estado. Los crímenes son horrendos y los criminales, banales, tipos incapaces de pensar, ya que "pensar" implica tener imaginación para ponerse en el lugar del otro. En definitiva, el pensamiento es también cáritas, amor mundi, y entraña un compromiso "moral". Ahora bien, quien piensa debe rebelarse frente a la opresión. Las "víctimas", en la medida en que puedan, tienen que ofrecer resistencia. H. A. fue malinterpretada en este sentido por su beligerancia.

Periodista e intelectual reconocida en todo el mundo -impartió clases en Berkeley, Princeton y Harvard y fue galardonada con múltiples premios internacionales-, fue conferenciante en Europa. En 1950 perdonó a Heidegger su pasado nacionalsocialista, pues los verdaderos nazis (los asesinos) se habían mofado de su nacionalismo trasnochado. Él no leyó los libros de la alumna, mientras que ésta editó los suyos en Norteamérica. Arendt lo respetó y lo quiso a pesar de todo. Pero ya no hubo entendimiento: optimista, frente al pesimismo heideggeriano, ella creía que los hombres podrían construir desde el diálogo la verdadera polis democrática y con ella un mundo en el que no cupiera más el desprecio al ser humano.

Antes de su propio final, en diciembre de 1975, H. A. sufrió por la muerte reciente de dos de sus seres más queridos: Jaspers y su marido. Se consolaba pensando que la muerte es el precio que hay que pagar por haber vivido. A ella la alcanzó frente a su máquina de escribir, trabajando en La vida del espíritu. De su vivir y laborar nos dejaba libros tan imprescindibles como Hombres en tiempos de oscuridad, Sobre la revolución o Entre el pasado y el futuro.

2006
El País
Luis Fernando Moreno Claros

Hannah Arendt


Hannah Arendt (Linden, Hanover, Alemania,14 de octubre de 1906 - Nueva York, Estados Unidos, 4 de diciembre de 1975), es una teórica política alemana, muchas veces llamada filósofa, aunque ella siempre rechazó dicha etiqueta.

Hija de padres judíos laicos, nació en Linden (hoy día parte de Hanover) y creció en Königsberg (ciudad natal de su admirado precursor Emmanuel Kant) y Berlín. Estudió filosofía con Martin Heidegger en la Universidad de Marburgo, con quien tuvo una larga y esporádica relación romántica, lo que le valió críticas debido a las afinidades de él con el Partido Nacional Socialista. Durante uno de sus cortes, Arendt se mudó a Heidelberg para escribir un ensayo sobre el concepto de amor en el pensamiento de Agustín, bajo la dirección del filósofo y psiquiatra existencialista Karl Jaspers.

El ensayo fue publicado en 1929, pero dada a su condición judía fue inhabilitada para el ejercicio de la enseñanza en universidades alemanas en 1933. Tuvo que trasladarse a París, donde conoció y entabló amistad con el crítico literario y místico marxista Walter Benjamin, y colaboró con la ayuda a refugiados judíos. Sin embargo, con la ocupación militar alemana de algunas partes de Francia que siguió a la declaración de guerra francesa durante la Segunda Guerra Mundial, y la deportación de judíos a campos de concentración, Hanna Arendt tuvo que escapar de Francia. En 1940, se casó en segundas nupcias con el poeta y filósofo alemán Heinrich Blücher y en 1941 emigró a los Estados Unidos con la ayuda del periodista estadounidense Varian Fry. Allí formó activamente parte de la comunidad judía-alemana en Nueva York y escribió para el semanario Aufbau.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, retomó contacto con Heidegger y testificó a su favor en el proceso de desnazificación de Alemania. En 1951 se naturalizó estadounidense.

En sus trabajos, Arendt trata sobre la naturaleza del poder y temas como la política, la autoridad y el totalitarismo en general y sobre la Shoa. Sus finos análisis sobre la sociedad que la rodeaba la encumbran como una de las más grandes pensadoras de todos los tiempos. Su reporte sobre el juicio a Eichmann para el diario The New Yorker, publicado luego bajo el título Eichmann en Jerusalén, discute la problemática de la maldad.

También escribió Los Orígenes del Totalitarismo, donde investigó los orígenes del comunismo y del fascismo y su conexión con el antisemitismo; libro controvertido debido a su comparación de dos modelos considerados, por algunos, antagónicos.

Falleció en 1975 y fue enterrada en el Bard College en Annandale-on-Hudson, Nueva York, donde su primer esposo, el filósofo Günther Anders enseñó por muchos años.
Su aporte sobre la naturaleza de la política en el siglo XX sigue siendo de referencia por su originalidad, su honestidad y su falta de retórica propagandística.

Entre sus obras destacan:
Los orígenes del totalitarismo (Alianza). Los gobiernos totalitarios son el acontecimiento central del siglo XX. Despliegan un terror total que se materializa en los campos de concentración (nazis) y de trabajo (soviéticos). Son el "mal radical" porque sus acciones pulverizan cualquier categoría moral: ni pueden ser perdonadas ni pueden ser castigadas.

Eichmann en Jerusalén (Debolsillo). En 1961, Adolf Eichmann fue juzgado en Jerusalén y Hannah Arendt cubrió el juicio para The New Yorker. Su crónica desvelaba el papel de los consejos judíos en las deportaciones y aplicaba a la SS el concepto de "banalidad del mal": un mal sin maldad, irreflexivo, funcionarial, ni demoniaco ni desalmado; más que radical, superficial. Las lecturas sesgadas provocaron una polémica mundial que cristalizó en un delirante titular de Le Nouvel Observateur: "¿Es Hannah Arendt una nazi?".

La condición humana (Paidós). Defensa de la vida activa frente a la vida contemplativa a partir de tres conceptos: trabajo, labor y acción. Una defensa también de lo público frente a lo social, que no sería más que una extensión de lo privado. Arendt pensó titularlo Amor mundi. Lo habría dedicado a Heidegger "si las cosas hubieran ido bien entre nosotros". Herder publicó en España la correspondencia entre ambos.

La vida del espíritu (Paidós). Para su autora, es su "única obra de filosofía propiamente dicha". Organizada en tres partes -Pensamiento, Voluntad y Juicio-, trabajaba en la última cuando murió. La novelista Mary McCarthy la editó póstumamente. Su correspondencia con la pensadora está publicada en Lumen.

Tiempos presentes (Gedisa). La vuelta a Alemania tras la guerra desconsoló a Arendt. Nadie se daba por aludido y cundía la tendencia a "tratar los hechos como si fueran meras opiniones".

Una revisión de la historia judía (Paidós). Artículos que van desde las heterodoxas propuestas sobre Israel hasta la polémica sobre Eichmann. Y un clásico sobre los refugiados: "La historia contemporánea ha creado una nueva clase de seres humanos: la clase de los que son confinados en campos de concentración por sus enemigos y en campos de internamiento por sus amigos".

Entre el pasado y el futuro (Península). El libro favorito de su autora. Brillante recopilación de ensayos sobre cultura, educación e historia; y sus crisis respectivas.

Sobre la revolución (Alianza). Comparación entre las revoluciones francesa y americana. Arendt alaba el carácter republicano de la segunda: dio lugar a una libertad política que convive, paradójicamente, con cierta sumisión social.

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