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domingo, 13 de septiembre de 2009

Pablo Macera y el Perú Siglo XX

Nueva Crónica del Perú Siglo XX
Por Pablo Macera

Nadie es Huamán Poma en el siglo XX; menos que nadie, nosotros. Pero sí pretendemos ser sus alumnos. Huamán Poma nos dio tres lecciones: la primera, que imagen y palabra deben ir acompañadas porque se refuerzan; la segunda, que la historia implica valoraciones pero pretende objetividad; y su tercera lección fue que toda historia verdadera es historia del presente como querían Croce y Basadre.

En esta Nueva Crónica del Perú. Siglo XX los autores hemos querido proporcionar un conocimiento actualizado del Perú. Para eso hemos seleccionado algunos temas claves sin los cuales sería imposible entender nuestra sociedad contemporánea. En todas las quillcas, suministramos información actualizada sobre cada tema de tal modo que el lector pueda diferenciar esa información de las opiniones que los autores puedan tener sobre el asunto.

En 1997 dos de nosotros –Forns y Macera– nos preguntábamos si era posible seguir el ejemplo de Huamán Poma al filo del siglo XXI. Fue así como elaboramos la primera nomenclatura de temas que luego creció hasta ser un verdadero marañón; vino después la poda.

Rocío Silva Santisteban y Luis Chávez nos acompañaron los primeros meses y recomendaron a Miguel Vidal como dibujante. Escribieron textos, que luego recreamos. Rocío escribió los textos “Sarita Colonia”, “Maltrato a la mujer” y “Señor de los Milagros”. Luis nos dejó “Migrantes”, “Diseños amazónicos” y “Empleada del hogar”. En cuanto a las quillcas, Miguel Vidal no fue el único dibujante; también participaron con sus diseños Ricardo Zegarra (“Los Migrantes” y “El Señor de los Milagros”); Aldo del Valle (“Sérvulo Gutiérrez”); Lucy Naldos (“Lima”, “Chimbote”, “Villa El Salvador”, “Comida peruana”, “Medicina tradicional peruana”, “Descubrimiento del Señor de Sipán”, “Polladas”, “Víctor Humareda” y “Revolución del transporte”); Jesús Cossio (“Inmigrantes”, “Emigrantes”, “Arequipa, la telúrica”, “Pesquería”, “Contaminación del mundo peruano”, “Segunda Guerra Mundial” y “Sida”).

La mayor parte de los títulos de las quillcas fueron realizados por Juan Zárate. Fue importante el apoyo secretaria de Sara Castro y Norma Gutiérrez durante estos tres años.

El procedimiento fue muy laborioso. Primero había que investigar sobre los temas propuestos; luego, realizar un pre–texto y revisarlo una y otra vez. Paralelamente teníamos que discutir cuáles eran los tipos de imágenes más apropiados. Vidal proponía una primera aproximación. Venía entonces un proceso en el que Forns y Macera “corregían” los dibujos propuestos para reajustarlos a las necesidades conceptuales. Fue esta una larga etapa. Las quillcas que ahora presentamos representan una parte mínima de todo lo que se hizo.

Ojalá que esta Nueva Crónica tenga mejor suerte que la Nueva Crónica del siglo XVI. Lo que ahora presentamos (aunque de menor mérito) es un trabajo colectivo que quiere dar cuenta de todo aquello que pasó en el siglo XX, con el ánimo de que algunos hechos no se repitan; como también de que otros sean por siempre.
Los Autores
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* Prólogo a “Nueva Crónica del Perú Siglo XX”. Pablo Macera-Santiago Forns e ilustraciones de Miguel Vidal. Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2 000.

MEGADIVERSIDAD
En el Perú hay de todo. En ocre, azul, gris piedra y amarillo arena. Rojo y blanco cómo no. En el pasado basta ver a Mochica, Chavín y a Cuélap. ¡Qué tanta vaina! En el Perú hay que resolver las cosas dividiendo entre más, multiplicando más recursos; elevando a potencias las potencialidades. Y por sólo hablar de la gente, aquí están de casi todos los tipos de gente que hay en el mundo. No sólo hombres provenientes de América, sino de Asia, Europa, África y Polinesia. También sus climas.

En el Perú está presente la mayoría de los sistemas ecológicos del planeta. La fauna es abundante. Han sido catalogadas 460 especies de mamíferos, 1710 de aves, 400 de reptiles, 250 de anfibios, 1200 de peces y miles de insectos y moluscos. Las llamadas especies endémicas, es decir, que sólo viven en el Perú y en ninguna parte más, llegan a 108 entre ellas 19 de mamíferos. Asimismo, de la flora peruana han sido clasificadas unas 25 mil especies, que representan el 50% de las que viven en el territorio. Cerca de centenar y medio de plantas nativas son cultivadas en el territorio. Muchas de ellas con decenas de variedades adaptadas a los diferentes pisos ecológicos, como el maíz y la papa. Otras, silvestres son conocidas y aprovechadas ya por sus propiedades medicinales, alimenticias o colorantes, ya por ser productoras de fibras, alucinógenos o saborizantes. Más de 500 especies están registradas como útiles para la industria en general. Tremendo país el nuestro.

Pero contradictorio, más que la vida misma. A veces adora lo foráneo y desprecia sin pudor lo propio “madre de hijos ajenos y madrastra de los propios”. Es paradójico, pero el Perú es así. A veces se olvida de lo mejor que tiene y se acuerda de lo que importa poco. La gente recuerda a los monos en una jaula de zoológico, apáticos, disminuidos. En la Amazonia son distintos, vivaces, comunicativos. Poco les falta para hablar a nuestros monos. A su modo, con saltos y gracias, dicen: “¡Vivan las ramas, los árboles, las frutas, el agua, la vida, los saltos! ¡Viva la diversidad, vivamos nosotros!”

ENERGÍA
La energía en el Perú se toma principalmente del petróleo y de la electricidad. También del gas, que en el futuro podría ser más importante. Otras fuentes son el carbón mineral, el bagazo de caña, la leña, la bosta y la careta. Los Andes poseen un enorme potencial hidroeléctrico del país. Los ríos peruanos tienen 80 mil kilómetros de largo y sus cauces bajan de las cumbres. Debido a la compleja orografía, a los grandes desniveles altitudinales y la abundancia de cursos de agua, la disponibilidad de energía eléctrica es alta, sobre todo, en las vertientes orientales andinas. En estos se concentra el 78% del potencial hidroenergético técnico del país, del cual sólo se aprovecha el 5%. Sin embargo, la mitad de la población peruana aún no tiene luz.

Muchos jalan la luz de postes y han muerto en el intento. En 1990 el consumo de electricidad era todavía insuficiente: 462.8 kilovatios/hora por habitante al año, muy distante de los 10.600 de los Estados Unidos, y todavía lejano de los 1.500 de la Argentina. Nuestras necesidades energéticas podrían ser cubiertas usando algo más de una cuarta parte del potencial hidroeléctrico mencionado. Desde 1886 se instaló una planta a vapor de 375 kilovatios que generaba electricidad e iluminaba algunas calles y edificios de la capital. Desde entonces la iluminación eléctrica aumentó aceleradamente, duplicándose entre 1900 y 1902.

Se construyeron, desde ese tiempo, pequeñas y grandes centrales hidroeléctricas en Lima, Chosica, Matucana, Arequipa, Cusco, Calca, Callejón de Huaylas y, la más importante, en el río Mantaro. Esta central hidroeléctrica llamada “Santiago Antúnez de Mayolo” en honor al ingeniero que la diseñó, producía en 1979 un total de 570 mil kilovatios, un tercio de toda la energía hidroeléctrica del país. Las compañías mineras también construyeron las suyas.

El servicio estuvo descuidado de manera alarmante a finales de la década del ochenta e inicios de la década del noventa, por la falta de mantenimiento de las centrales y del servicio en general, además de los atentados de Sendero y las épocas de sequía. Programas de racionamiento fueron muy comunes en las principales ciudades. También cortes repentinos debido a escasez de agua y voladuras de torres. En la década del noventa se privatizó el servicio de electricidad, con poca resistencia. ¡Ojalá a alguien se le prenda el foquito y se le ocurra la idea de cómo extender el servicio para todos los peruanos¡

GUANO
Tan rico es el Perú que hasta el excremento de sus aves vale oro.

Durante miles de años, millones de aves comían el pescado de los mares del Perú y luego botaban sus excrementos sobre las islas. Primero centímetros, luego metros, al final docenas de metros de altura, sólo de excremento. Los indios peruanos sabían que este guano era muy bueno para hacer crecer las plantas pero nadie les hacia caso fuera del país. En 1845 Europa “descubrió” el excremento peruano y se lo llevó por toneladas, en cargamontón, para que sus tierras pobres produjeran más alimento barato para sus obreros que recibían poco salario. Sin el guano, no hubiera habido revolución industrial ya que al hacer más barata su alimentación, los europeos, ahora sí podían también vender más barata su mercadería.

Las aves seguían comiendo pescado y echando guano, hasta que, a mediados de este siglo, se descubrió que no sólo se podía hacer harina de trigo sino del pescado. Hicieron polvo la sardina y anchoveta, y de paso, hicieron polvo a las propias aves que empezaron a morir. Hoy siguen con hambre y son cada vez menos.
Publicado por Pablo Macera

Alfredo Torero y los orígenes del Quechua

viernes 14 de agosto de 2009
Alfredo Torero
Un gran Peruano del Siglo XX
Por Pablo Macera



La admiración que convoca Alfredo Torero Fernández de Córdoba (Huacho 1930, Valencia España–2004) incluye a los más diversos sectores culturales o políticos. Nos unía la amistad familiar de varias generaciones. Desde muy joven Torero tuvo que enfrentarse a dificultades económicas y de salud. Coincidimos en París a principio de los sesenta. Torero, al igual que otros sudamericanos tenía el peor de los horarios en una agencia de noticias. París no era entonces una ciudad agradable, es decir el promedio parisino; quizás debido a la guerra de liberación argelina. Los extranjeros eran vistos con desconfianza aún cuando tuvieran un aspecto definidamente europeo como el de Alfredo. Con todo había momentos felices.

Una mañana visitamos juntos la Casa Maison Neuve en Saint Germain donde encontramos un raro texto Puquina. Esa felicidad de las investigaciones, los descubrimientos y los problemas científicos lo acompañaron siempre y le permitieron vencer los sinsabores de la vida cotidiana y de la acción política. Como lo dice en su última obra siempre estuvo “pensando como sanmarquino” lo que significa desde la propia Colonia evitar los convencionalismos. De regreso al Perú después de su doctorado en La Sorbona, Torero enseñó en la Universidad Agraria La Molina pero a fines de los años sesenta se produjo una ruptura y Torero fue expulsado de allí.

Varios de nosotros hicimos gestiones para su incorporación inmediata a San Marcos lo que al final ocurrió a pesar de las resistencias inesperadas y ocultas provenientes de gentes que se decían amigas. Torero era rigurosamente académico pero también muy definido en sus opiniones. Recuerdo así, a principios de los setenta, una ceremonia en el Congreso de Americanistas de Lima en la que estuvo presente el general Juan Velasco Alvarado. Para sorpresa de todos, sin que nadie lo esperase, Torero se puso de pie y habló en voz muy clara (ni fuerte, ni alta), suficiente para que todos escucharan y pidió al Presidente peruano su intervención contra la persecución política universitaria. El general Velasco Alvarado se sobreparó de su asiento y desde atrás de la mesa, en forma considerada escuchó con atención a Torero. No tenía la cara adusta ni gesto de condescendencia. Al concluir Torero, Velasco le dijo: “Lo he escuchado a usted doctor, voy a ver de que se trata”.

En 1980 empezaron los años más difíciles del Perú que no han concluido y ya tienen un cuarto de siglo. Hubo entonces quienes dijeron que era senderista. Le escuché al propio Torero decir con su habitual calma a una persona curiosa sobre sus simpatías políticas: “Yo no voy a responder a esas preguntas. Porque nadie tiene derecho de hacerlas”. Añadió luego espaciando las palabras para que fueran más claras: “Lo que sí puedo afirmar es que nunca he hecho daño a nadie”. Sin embargo fue enjuiciado como “terrorista”. Hubo entonces un juez íntegro al que visité fuera de oficina. Después de escucharme el juez dijo que él había estudiado los expedientes contra Alfredo Torero y nada había encontrado que justificara su prisión y que iba ordenar su libertad. A una pregunta mía, añadió: Esta es mi decisión como juez. Yo no puedo predecir las acciones de otros jueces en el futuro. El mensaje era muy claro: Torero debía salir del país. Por eso, una vez libre, Alfredo viajó definitivamente al extranjero primero a España, después a Holanda; para no regresar más.

En este último año 2004 hablamos algunas veces por teléfono y junto con sus hermanos examinamos la posibilidad de su regreso al país sin que fuera apresado. Varias personas con buena fe pudieron intervenir y se llegó a una fórmula ecléctica: Alfredo Torero regresaría al país y no sería apresado en el aeropuerto. Su propia familia lo llevaría al hospital del Empleado donde sin embargo habría policía de custodia. Tuvimos una última conversación sobre este punto y Alfredo Torero quedó en contestar. Después de una semana Torero hizo saber que no viajaría de vuelta al Perú. Poco después decidió salir de Holanda para España donde murió.

Para entender lo que ha significado Alfredo Torero en el desarrollo de la historia y lingüística andinas hay que situarnos a mediados del siglo XX cuando las versiones modernas de estas disciplinas se encontraban en pañales. Torero fue el primero en utilizar para el Perú los métodos de la glotocronología y medir los probables orígenes y las etapas de separación en el quechua andino. Sus primeras conclusiones nos sorprendieron a todos. Medio en burla amistosa yo le decía: “Lo que tu has descubierto es que el origen del quechua está en Huacho donde tu naciste” a lo cual el me respondió: “No estás tan lejos”. En realidad, Torero pensaba en un área inicial de interrelación costa-sierra vinculada a Huaura-Huánuco-Ancash-Pasco o Junín.

Su antecesor podría haber sido el idioma que conectó a la costa norcentral con Chavín de Huantar y la altiplanicie de Pasco que era una “plataforma para tomar desde allí todos los rumbos: norte, sur, selva, mar”. En esto como en todo fue riguroso y sabía controlar sus intuiciones iniciales. Esa misma prudencia lo llevó a contener mi entusiasmo por el Puquina a la cual él consideró como la Tercera Lengua General del Perú. Coincidimos durante un viaje al Cusco dentro de Andahuaylillas. Torero me enseñó encima del Batisterio la jaculatoria en Puquina asociada a las otras lenguas “universales” del momento (quechua, latín, aymara).

Luego en las paredes de Tipón y en el coro alto de dos pequeñas capillas me enseñó textos sorprendentes del tiempo contemporáneo: “Que el inca haga que vuelva mi mujer”, por ejemplo y otras parecidas que él copió cuidadosamente y deben estar en sus archivos personales dispersos en Perú y Holanda. Nada de esto le hacía perder su espíritu crítico. Rechazó por ejemplo mis insinuaciones sobre que debería existir una viejo componente idiomático asociado a las ideas de vida y fertilidad (Gua, Hua) presente en nociones que designan aguas y valles (Huaura, Huarmey) o de situaciones complementarios a veces por oposición (guarmi/guacho–Mujer/Huérfano) o referente a lo sagrado (Guaca). Sacó entonces de su escritorio una pequeña libreta y dijo: “Mira, he seguido esas pistas pero ...”.

Tampoco estaba de acuerdo Torero con el concepto de quechumaru (Cerrón) como agrupamiento genético del quechua y el aru. Torero prefería pensar en movimientos de convergencia que en relaciones genéticas y participaba de la prudencia de Nicols sobre convertir las coincidencias en pruebas de parentesco. A ese respecto la contribución Alfredo Torero más allá de las innovaciones metodológicas consiste en haber demostrado la necesidad de un vínculo entre la lingüística e historia. Ya que la lengua misma es un producto social no puede ser entendida solo desde aproximaciones formales.

En el caso andino hay que vincular estos fenómenos lingüísticos con los datos que proporcionan la geografía y la arqueología. Lo hizo siempre con prudencia. Los grandes idiomas andinos hoy activos (quechua, aymara) habrían co–participado en los procesos integradores de Chavin, Wari, Tiahuanaco, Incas. El de expansión más agresiva ha sido el quechua que durante centurias avanzó sobre espacio arus “en una especie de persecución que lleva más de mil años”. Quizás el éxito Quechua se deba a que ha sido desde antiguo un idioma de contactos que según Torero le impartieron cánones de sencillez y de regularidad desde su etapa protolengua.
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El Quechua y la Historia Social Andina, el libro que hoy se publica por segunda vez fue escrito a mediados de los setenta en difíciles circunstancias para Alfredo Torero y gracias al auspicio muy generoso y oportuno de la Universidad Ricardo Palma, representado en aquella coyuntura por Edmundo Guillén, Mario Villarán y Wilfredo Kapsoli. El propio título escogido por Torero resume sus criterios y métodos: considerar a la lengua dentro de un contexto mayor histórico social.

Empezaba Torero por advertir que el quechua se había convertido desde la Colonia y República en un idioma sin prestigio “socialmente desdeñado por ser el propio de los sectores explotados y marginados de la población andina”. De allí que resulten falseadas las cifras oficiales porque los usuarios del quechua “tienden a negar su empleo ante los encuestadores”.

Torero situaba el quechua en una historia de larga duración que podía ser definida en dos etapas: a) la expansión durante más de un milenio cuando eliminó a otros idiomas nativos y b) su desplazamiento por el castellano en los últimos cuatro siglos. A pesar de lo cual el quechua está presente desde el Ecuador hasta Argentina y el actual Chile.

Torero afirmó que el protoidioma quechua del cual proceden diferentes variedades del mismo “empezó territorialmente hace por lo menos once siglos”. Tanto que nos encontramos según su palabra no ante una lengua sino una familia lingüística.

Torero dividió este libro suyo en dos secciones: la primera para determinar el número y la situación de las diferentes lenguas quechuas en la actualidad. La segunda parte, de carácter histórico perseguía explicar los factores sociales que desde sus orígenes a la actualidad habían condicionado el desarrollo del complejo lingüístico quechua.

Incluía allí referentes a la época colonial y republicana actual. Señalaba Torero que cualquier lengua, en este caso Quechua, podía “constituirse en un poderoso factor de cohesión como también servir de vehículo de penetración ideológica de desintegración social si poderes externos la vuelven contra el propio pueblo que la habla”.

En la primera parte del libro Torero procuró no solo una clasificación de las diversas lenguas quechuas de acuerdo con rasgos linguísticos básicos sino también la delimitación de las áreas de comprensión para lo cual elaboró un escala de cinco grados.

La selección de sus informantes (en su mayoría del área rural) hizo que los materiales linguísticos trabajados por Torero correspondieran a variedades populares. De este modo pudo obtener un cuadro de los dialectos y supralectos vinculados al Quechua. Torero se planteaba además la conveniencia de los interlectos dentro de un conjunto dialectal mediante procedimientos generalmente aceptados: “implementar dobletes, eliminar localismos...” pero sobre todo neutralizando los factores socioeconómicos de incomunicación.

Al clasificar las hablas quechuas modernas distinguió Torero entonces el QI y QII. El QI cubría los departamentos centro andinos entre Ancash y Junín y parte de Lima e Ica. QII se extendía desde sur de Colombia hasta el norte de Argentina. El QI también lo llamó Wáywash Wámpuy. Waywash fue el nombre de una cordillera occidental peruana. Wampuy viene de wampus (navegar) porque la expansión quechua según Torero “se produjo a partir de la costa peruana por acción de pueblos que fundaron su poder sobre una amplia capacidad de navegación, pesca y comercio en el Pacífico sur”.

Obviamente Torero dedicó páginas difíciles para el lector común entre los que me encuentro con la finalidad de describir estos dos quechuas y sus variedades (cinco en el QI y tres en el QII). La tarea descriptiva de Torero resumida en pocas y densas páginas fueron el resultado de varios años de estudio e investigación de campo. En el caso del QII además de subdividir en tres grupos también propuso una segunda división en dos grupos (Yungay y Chinchay), este último de mayor capacidad expansiva.

Torero dedicó además un capítulo a la intercompresión de las hablas quechuas modernas distinguiendo diversos grados de intelegibilidad. Al final proponía la posibilidad de reducir los siete supralectos actuales a cinco lenguas.

En la segunda sección de su libro Torero vinculó Lingüística e Historia social en un lapso de larga duración que tenía varios milenios. Por entonces Torero pensaba que los Yungas o habitantes de la costa estuvieron en ventaja frente a los de las tierras altas debido en parte a la irrigación de los valles (que permitía dos cosechas al año) y a la explotación de los recursos marítimos. Esa explotación combinada mar/tierra fue secreto de la prosperidad costeña en el primer milenio anterior a nuestra Era. Citaba, a ese propósito entre otros los fundamentales estudios de la arqueóloga peruana Rosa Fung. El resultado fue el desarrollo de sociedades complejas anteriores incluso al reconocido Horizonte Chavín.

En los comienzos de nuestra Era esta prosperidad se incrementó por la ejecución de complejas obras hidráulicas intervalles bajo direcciones políticas fuertemente centralizadas. La mayor producción impulsó el comercio a gran escala y a grandes distancias con las poblaciones de la sierra. Comercio que según Torero habría sido más ventajoso a los Yungas que a las gentes del interior. Torero suponía que el prestigio de la coca en la sierra sería una consecuencia del prestigio de los costeños que cultivaban esa planta a los ochocientos metros de altura. De allí el contraste, registrado por Cieza, entre la vida regalada de los señores Yungas y la austeridad de las tierras altas. Prosperidad que, subrayaba Torero, estaba vinculada a un sistema de clases por lo cual beneficiaba principalmente a un solo sector social.

En esta perspectiva sugería Torero que la costa central podía haber utilizado un protoquechua como idioma de relación con las regiones más altas. Mientras la costa sur utilizaba con el mismo carácter el protoaru y la costa norte el protoculle como lengua de relación. Allí en la costa norte habría un mayor desarrollo de las técnicas de navegación a larga distancia.

Alrededor de los siglos VI y VII de nuestra Era hubo un comercio ampliado de la Costa central con el Altiplano del Collao. Intervinieron entonces diversas entidades: la costa centro–sur con los reinos de Lima y Nazca, Tiahuanaco en el Altiplano y un nuevo poder, el de Viñaque, Wari–Ayacucho, en la sierra sur central. Vivaque, sin embargo, resultó pasajero debido quizás al crecimiento de Pachacamac en la costa. Con su influencia el quechua avanzaría en la costa y sierra del norte y en la costa sur (quechuas Yungay y Chinchay).

Esta larga complementación económica entre costa y sierra utilizó diversos modos (trueque, crónica, hermandades, saqueos, guerras). En cuanto a los horizontes, Torero vinculaba su desarrollo a poderosos estados serranos (Chavin, Viñac, Incas). Ninguno sin embargo absorbió del todo a las numerosas nacionalidades.

Con la publicación de se libro El quechua y la historia social andina, hoy reeditado Alfredo Torero estableció los fundamentos de una nueva lingüística social. Vinieron luego años difíciles de estudios, persecución y destierro. Torero siguió trabajando silenciosamente y en el último año de su vida pudo publicar una obra fundamental que continuaba y ampliaba el libro precursor.

La obra de Alfredo Torero solo será correctamente apreciada en el curso del futuro. Asusta pensar qué hubiera ocurrido de no haberse publicado su último libro suyo, tan macizo y lúcido, obra sobreviviente a los extravíos ocurrido en los años 1998–1999. Por eso las últimas líneas escrita por Torero dicen severamente: “Me agrada ir sembrando la buena semilla pero no que me hurten el grano maduro”. Pero el recuerdo de Torero no puede terminar con estas exactas palabras. Al lado de su genialidad y su rectitud Alfredo Torero fue siempre un hombre de magnífico corazón abierto y uno de los grandes peruanos del siglo XX. De Torero podría decirse lo que él mismo dijo para Arguedas: cóndor de inmenso y libre vuelo.
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* Publicado en Libros & y Artes, N.° 26-27, Revista de cultura de la Biblioteca Nacional del Perú. Lima, julio 2008