MI ENCUENTRO CON CARLOS FUENTES
El Comercio
Por: Tomás Eloy Martínez Escritor
Domingo 3 de Enero del 2010
Tantas veces he contado cómo conocí al escritor mexicano Carlos Fuentes a fines de la primavera austral de 1962, en un balcón de Buenos Aires vencido por los años, que ya la anécdota se ha convertido en una leyenda con la que el tiempo hace lo que quiere.
Cuando Fuentes volvió a pasar por Buenos Aires a fines de este noviembre, le propuse que recuperáramos el balcón para mostrárselo a Silvia Lemus, su esposa. Nos costó dar con él porque no encontrábamos balcón alguno que amenazara precipitarse sobre la calle.
La casa del balcón, en verdad el séptimo piso de un lujoso edificio de departamentos en la zona de la Recoleta, estuvo para mí siempre en la calle Arenales. Ahora Fuentes lo ubicó en la avenida Quintana, a pocos pasos del hotel Alvear y contó que los invitados éramos unos 15 o 20: escritores, músicos, actores de cine.
Yo carecía de méritos para estar entre ellos. Todos los invitados habíamos leído y admirado la novela de Fuentes “La región más transparente” en la única edición que circulaba entonces en Buenos Aires, y aún puedo oír la voz del crítico literario argentino Enrique Pezzoni repitiendo algunas frases del monólogo inicial de Ixca Cienfuegos con artificial entonación mexicana: “Tus héroes no regresarán a ayudarte. Has venido a dar conmigo, sin saberlo, a esta meseta de joyas fúnebres. Aquí vivimos”.
La conversación de Fuentes era ingeniosa, deslumbrante, llena de pasión por la justicia y de una sabiduría intelectual asombrosa para sus años.
En el balcón coincidimos Roa Bastos, Pezzoni, Bianco y el gran actor argentino Francisco Petrone. A pocos pasos, en la enorme sala, el escritor argentino Ernesto Sábato se afanaba explicándole a la dueña de casa las teorías del “nouveau roman”, una especie de novela francesa de la época de los50 que se desviara del estilo de literatura clásica. Ella daba la impresión de no entender una sola palabra, pero Sábato lograba mantenerla suspendida en el éxtasis de un lenguaje lleno de citas francesas y de referencias científicas.
Casi enseguida advertí que Petrone, hipnotizado por la belleza celestial de aquella mujer, trazaba en el aire la silueta de su nuca perfecta, del lánguido pelo esponjoso que le caía hasta la cintura, suspiraba sin recato, y muy pronto todos, incluyendo a Fuentes, clavamos nuestros ojos en ella. Luego la vimos perderse en la penumbra de la tarde, guiada por un Sábato solícito. Eso fue todo.
Creí que el encantamiento se había disipado para siempre hasta que muchos años después, hacia 1998, la historia salió de su letargo y reapareció con las mismas melodías del pasado. Una mañana de otoño, cuando caminábamos con Fuentes por una calle cercana a Gramercy Park, en Manhattan, descubrimos al mismo tiempo, en el décimo piso de un edificio de los años 20, varios balcones abombados, de mampostería, que parecían colgar peligrosamente sobre el abismo.
“Esos balcones”, dijo Fuentes, “¿no son exactamente iguales al balcón de Buenos Aires donde toda la literatura latinoamericana se enamoró al mismo tiempo de las espaldas de mujer más hermosas del mundo?”. No eran iguales (los de la avenida Quintana son rectangulares), pero la invocación bastaba para que la escena de 36 años antes volviera intacta a mi memoria. Recordé el lugar, recordé la luz dorada del atardecer, la tierna brisa de noviembre que acariciaba la ciudad.
En esa reunión del pasado, todos sentimos unos deseos irreprimibles de ver a la mujer y quizá la hubiéramos perseguido por aquellos salones espaciosos si la pintora argentina Lea Lublin, que andaba por allí y la conocía desde la adolescencia, no nos hubiera dicho: “Se ha encerrado en su cuarto. Todas las tardes, a esta hora, tiene un ataque de pena. Nunca vuelve hasta que se le pasa la melancolía”. La mujer había enviudado un año antes del investigador médico argentino Carlos Galli Mainini, discípulo del fisiólogo argentino y ganador del premio Nobel Bernardo Houssay.
Fue lo último que supimos de ella. Culpamos a Sábato por habérnosla arrebatado y durante algún tiempo no se lo perdonamos.
Cuando caminamos hace poco con Silvia Lemus en busca del balcón, alcé los ojos, volví a ver las luces de aquella tarde de primavera, y detrás de las celosías reapareció la espalda después de su largo exilio en el paraíso. Reconocí el pelo de lluvia de la viuda bellísima, las nubes tiernas de su nuca, el perfil huidizo que temí perdido para siempre. Y en silencio le di las gracias por los dones de una memoria que seguía dentro de mí, por los amigos de aquel día, por las novelas y las películas con que me enriquecieron la vida.
La historia de los hombres se escribe con esos fragmentos hechos de viento. Siempre hay un instante de la vida en el que volvemos a ser lo que fuimos o en el que somos, misteriosamente, lo que nunca pudimos ser.
Tomás Eloy Martínez. Distribuido por The New York Times Syndicate Glosado del original
Exclusivo para el diario El Comercio en el Perú
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domingo, 13 de junio de 2010
martes, 9 de febrero de 2010
La deuda con Tomás Eloy Martínez
Por Juan Gargurevich
La Primera
No tuve la fortuna de tratar personalmente al maestro Tomás Eloy Martínez, cuyas biografías inundan las páginas de periódicos de todo el mundo. Y con justa razón porque pocos como él hicieron tanto por el desarrollo del periodismo moderno latinoamericano.
Pero sí lo conoció y fue su alumno mi hijo literato, Eduardo, en los años ochenta en la Universidad de Maryland. Martínez dictaba el curso de historia de la literatura latinoamericana pero sus clases, charlas, iban más hacia la pasión por la escritura y su proyecto que culminaba por entonces y que llamaría finalmente “La novela de Perón”. Con su esposa, la escritora venezolana Susana Rotker, encandilaban a sus alumnos con sus historias, anécdotas y reflexiones sobre la novelística. Y por supuesto, Perón era muchas veces el personaje central de la charla. “No olvidaré” –me escribe Eduardo- “cuando nos contó en detalle, entre emocionado y divertido, aquel momento en que según Perón, Evita le tocó la manga y le susurró: “Coronel… gracias por existir” con lo que conquistó su corazón”.
El mismo Tomás Eloy Martínez gustaba de citar a Sartre cuando describía los ánimos de los lectores: “El texto se convierte en otro cuando alguien lo lee” y el caso de La Novela de Perón cae como anillo al dedo como ejemplo de lecturas personales. Sin duda, los argentinos lo leyeron desde su amplia gama de visiones de la historia, desde ultraderechistas hasta Montoneros radicales; los otros como nosotros, periodistas nomás, encontramos en ese texto las bases para decidir cuánto de Nuevo Periodismo había en la práctica latinoamericana desde el siglo diecinueve partiendo con José Martí, pasando por Mariátegui y Valdelomar, Tealdo, Thorndike…
Ya el epígrafe que eligió fue una declaración significativa porque citó el prefacio de Hemingway a “París era una fiesta”, donde dice: “Si el lector lo prefiere, puede considerar este libro como una obra de ficción. Siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción deje caer luz sobre las cosas que antes fueron narradas como hechos”.
Por eso nos interesó tanto el planteamiento del periodista que insistía en que una cosa es usar las herramientas del periodismo -entrevista, reportaje- de tal manera que podía hacer creer que lo que se contaba era cierto; pero no, decía, no era cierto, era una manera de contar.
Pero Martínez contaba cosas, sucesos verdaderos, que habían sido de tal complejidad que era imposible hacerlo con una narración lineal. Lean, por ejemplo, la descripción del alucinante escenario de la espera del retorno de Perón, en Ezeiza, el aeropuerto bonaerense. Una masa inmanejable de casi tres millones de fanáticos en episodio que culmina con una masacre de peronistas radicales por militares enloquecidos.
En fin, hay mucho que leer de Tomás Eloy Martínez. Pueden comenzar con este texto "La Novela de Perón" Aquí
La Primera
No tuve la fortuna de tratar personalmente al maestro Tomás Eloy Martínez, cuyas biografías inundan las páginas de periódicos de todo el mundo. Y con justa razón porque pocos como él hicieron tanto por el desarrollo del periodismo moderno latinoamericano.
Pero sí lo conoció y fue su alumno mi hijo literato, Eduardo, en los años ochenta en la Universidad de Maryland. Martínez dictaba el curso de historia de la literatura latinoamericana pero sus clases, charlas, iban más hacia la pasión por la escritura y su proyecto que culminaba por entonces y que llamaría finalmente “La novela de Perón”. Con su esposa, la escritora venezolana Susana Rotker, encandilaban a sus alumnos con sus historias, anécdotas y reflexiones sobre la novelística. Y por supuesto, Perón era muchas veces el personaje central de la charla. “No olvidaré” –me escribe Eduardo- “cuando nos contó en detalle, entre emocionado y divertido, aquel momento en que según Perón, Evita le tocó la manga y le susurró: “Coronel… gracias por existir” con lo que conquistó su corazón”.
El mismo Tomás Eloy Martínez gustaba de citar a Sartre cuando describía los ánimos de los lectores: “El texto se convierte en otro cuando alguien lo lee” y el caso de La Novela de Perón cae como anillo al dedo como ejemplo de lecturas personales. Sin duda, los argentinos lo leyeron desde su amplia gama de visiones de la historia, desde ultraderechistas hasta Montoneros radicales; los otros como nosotros, periodistas nomás, encontramos en ese texto las bases para decidir cuánto de Nuevo Periodismo había en la práctica latinoamericana desde el siglo diecinueve partiendo con José Martí, pasando por Mariátegui y Valdelomar, Tealdo, Thorndike…
Ya el epígrafe que eligió fue una declaración significativa porque citó el prefacio de Hemingway a “París era una fiesta”, donde dice: “Si el lector lo prefiere, puede considerar este libro como una obra de ficción. Siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción deje caer luz sobre las cosas que antes fueron narradas como hechos”.
Por eso nos interesó tanto el planteamiento del periodista que insistía en que una cosa es usar las herramientas del periodismo -entrevista, reportaje- de tal manera que podía hacer creer que lo que se contaba era cierto; pero no, decía, no era cierto, era una manera de contar.
Pero Martínez contaba cosas, sucesos verdaderos, que habían sido de tal complejidad que era imposible hacerlo con una narración lineal. Lean, por ejemplo, la descripción del alucinante escenario de la espera del retorno de Perón, en Ezeiza, el aeropuerto bonaerense. Una masa inmanejable de casi tres millones de fanáticos en episodio que culmina con una masacre de peronistas radicales por militares enloquecidos.
En fin, hay mucho que leer de Tomás Eloy Martínez. Pueden comenzar con este texto "La Novela de Perón" Aquí
Tomás Eloy: el escritor que nos acercó a la verdad
El Nuevo Día de Puerto Rico
Carlos Fuentes da testimonio de un encuentro de extensa vida con su homólogo argentino.
Por Carlos Fuentes / La Nación/GDA
México- Conocí a Tomás Eloy Martínez en el lejanísimo verano de 1962 y en un balcón suspendido sobre la avenida Quintana. En Buenos Aires. En compañía de Augusto Roa Bastos, Ernesto Sábato y Francisco Petrone. Admirando a nuestra anfitriona, la bellísima señora de Galli Mainini. Temerosos de que el balcón no aguantara nuestro peso. Porque, como la República Argentina, el balcón crujía.
Lo abandonamos en aras de la supervivencia, pero también porque nuestra juventud estaba llena de proyectos de vida y trabajo que no merecían terminar destrozados en las aceras de la bella capital argentina. Para mí, la más bella ciudad de América latina.
Gracias a que el balcón no se cayó pudimos disfrutar, durante el siguiente medio siglo, de una obra, la de Tomás Eloy Martínez, terrible y hermosa, puntual e imaginativa, recreación literaria de esa interrogante humana y política que llamamos “la Argentina”.
De “La novela de Perón” a “Purgatorio”, pasando por “Santa Evita”, “El vuelo de la reina” y “El cantor de tango”, Tomás Eloy nos indica que si sólo pudiéramos vernos dentro de la historia, sentiríamos terror. Para superarlo, el novelista que fue -que es- Tomás Eloy no niega la historia, sino que la resucita, la transforma, la reinventa para hacerla no sólo visible, sino comprensible.
Tomás Eloy Martínez escribió la historia de un país latinoamericano autoengañado, que se imaginó europeo, racional, civilizado, y un día amaneció sin ilusiones, tan latinoamericano como México o Venezuela, tan brutalmente salvaje como sus dictadores militares, tan brutalmente corrupto como sus políticos, tan ciego como todos ante las poblaciones de la miseria que fueron bajando hasta las avenidas porteñas, donde hoy recogen basura a la medianoche para comer.
Por decir esto, en “La pasión según Trelew”, Tomás Eloy fue perseguido y debió exiliarse. Su última novela, “Purgatorio”, viene siendo un espléndido resumen del terror, la imaginación y la esperanza argentinos.
En “Purgatorio”, Tomás Eloy Martínez se propuso darle relevancia literaria a un tema que pesa sobre la política argentina: los desaparecidos, las prácticas brutales de la dictadura militar de los años 1976 a 1981; prácticas llamadas, con eufemismo delirante, Proceso de Reorganización Nacional. Apresar disidentes; torturarlos en presencia de sus mujeres e hijos; asesinar a toda persona sospechosa de leer, pensar o actuar de una manera desaprobada por la dictadura; secuestrar niños, darles otro nombre y familia distinta.
Tan odiosa violación de la persona puede ser denunciada en un diario, en un discurso, en una manifestación. ¿Cómo incorporarla a una ficción, cuando la realidad rebasa cuanto la literatura puede imaginar?
“Purgatorio” relata la historia de una mujer, hija de un magnate argentino que apoya a la dictadura y participa de sus diversiones, hasta el grado de invitar a Orson Welles a filmar el campeonato mundial de fútbol, como Leni Riefensthal filmó los juegos olímpicos de Berlín en 1936, bajo el régimen nazi. Emilia Dupuy, la hija del magnate, está casada con un cartógrafo, Simón Cardoso, obligado profesionalmente a recorrer el país, midiéndolo. La policía de la dictadura lo confunde con un terrorista y lo hace desaparecer.
¿Dónde buscar a un “desaparecido”? Desesperada, Emilia sigue todos los itinerarios que su marido pudo tomar: Brasil, Venezuela, México y, al cabo, los Estados Unidos, hasta el día en que, establecida en una pequeña ciudad universitaria de Nueva Jersey, Emilia reencuentra a su marido perdido.
Sólo que él sigue siendo un hombre de 30 años y su reaparición va a destruir la costumbre de Emilia: vivir recordando la ausencia del único hombre que amó y que, ahora, regresa con “una sonrisa llegada de muy lejos”.
No diré más. Sólo añadiré que Orson Welles pone como condición para aparecer en la película que los militares hagan aparecer a los desaparecidos, ya que, en la novela, como en el cine, se pueden crear todas las realidades posibles, imaginar lo que aún no existe y detener el tiempo.
Tomás Eloy Martínez buscó -y encontró- en la novela la realidad de lo que la historia ha olvidado. Y puesto que la historia ha sido lo que ha sido, la literatura nos ofrece lo que la historia no siempre ha sido y, a veces, lo que nunca ha dicho. En la obra de Tomás Eloy, el lenguaje, portador de duda frente a la ideología, la certeza religiosa, el conformismo moral o la mascarada política, no puede dejar de lado ni a la ideología, ni a la religión, ni a la moral ni a la política. La diferencia estriba en que la novela no puede ser dominada por ninguna de las cuatro. Por el contrario, puede presentar ideología, religión, moral o política como problemas, abriéndole la puerta a la interrogación, elevando el techo de la imaginación, descendiendo al sótano de la memoria y, sobre todo, dejando la ventana abierta a la palabra de Pascal: “Vengo a proponerles una duda”.
La riqueza de la cultura argentina contrastaba con la pobreza de su vida política y económica. Tal es el enigma de esa gran nación, planteado una y otra vez en la obra de Tomás Eloy: ¿por qué, teniéndolo todo, la Argentina acaba teniendo nada? ¿Por qué la cultura vigorosa e ininterrumpida de la República del Plata no le da vigor y continuidad a su vida política?
Quizá Tomás Eloy Martínez nos advierta, desde su vida, desde su muerte, que cuando al cabo entendemos nuestra miseria, podemos entender sus abismos y sus cumbres y, a partir de ello, conocer la verdad.
Tomás Eloy Martínez, como pocos, nos acercó a la verdad. Huidiza, interminable. Como la libertad misma.
El autor es escritor; su última novela es Adán en Edén
Con Tomás Eloy
La República
Dom, 07/02/2010
Por Federico de Cárdenas
Ocurrió en 1998. Unos 15 colegas del continente asistimos a un taller de periodismo narrativo organizado por la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) en Cartagena. Por el Perú, además de quien escribe, estaba Marco Zileri. Lo que más me interesó fue que estaría a cargo de Tomás Eloy Martínez. Por entonces había leído, fascinado, La novela de Perón y Santa Evita, en las que volcaba su oceánico conocimiento del peronismo hacia la ficción. Pero conocía también la impecable trayectoria de su autor, antiguo crítico de cine y hombre progresista vinculado a los mejores medios surgidos en su país a partir de los 60 y que tuvo que partir amenazado de muerte. Tomás pasó los años de la dictadura en Venezuela, donde fundó El Diario de Caracas, como luego Siglo XXI de Guadalajara y otros.
Nunca se sabe si los autores coinciden con la imagen que el lector se hace de ellos a través de sus libros. En el caso de Tomás, la continuidad era absoluta y la simpatía y sencillez de su trato conservaban algo de su nativa provincia tucumana. Se preciaba de haber podido mantener la amistad de GGM y MVLL y seguía intacta su afición por el cine (proyectó Los olvidados como parte del cursillo). Estaba instalado en la U. de Rutgers (Nueva Jersey) en la que dirigía la sección de Estudios Latinoamericanos y encontraba tiempo para escribir. De Cartagena traje la primera entrevista que se publicó con él en un medio local y nos despedimos hasta Lima.
Ese viaje nunca se concretó , pero seguí leyéndolo: su novela El vuelo de la reina y su notable libro de crónicas Lugar común la muerte. Ahora que el cáncer se lo ha llevado a los 75 engarzo estos recuerdos. Fue un buen escritor, un maestro del periodismo y un espléndido ser humano.
Dom, 07/02/2010
Por Federico de Cárdenas
Ocurrió en 1998. Unos 15 colegas del continente asistimos a un taller de periodismo narrativo organizado por la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) en Cartagena. Por el Perú, además de quien escribe, estaba Marco Zileri. Lo que más me interesó fue que estaría a cargo de Tomás Eloy Martínez. Por entonces había leído, fascinado, La novela de Perón y Santa Evita, en las que volcaba su oceánico conocimiento del peronismo hacia la ficción. Pero conocía también la impecable trayectoria de su autor, antiguo crítico de cine y hombre progresista vinculado a los mejores medios surgidos en su país a partir de los 60 y que tuvo que partir amenazado de muerte. Tomás pasó los años de la dictadura en Venezuela, donde fundó El Diario de Caracas, como luego Siglo XXI de Guadalajara y otros.
Nunca se sabe si los autores coinciden con la imagen que el lector se hace de ellos a través de sus libros. En el caso de Tomás, la continuidad era absoluta y la simpatía y sencillez de su trato conservaban algo de su nativa provincia tucumana. Se preciaba de haber podido mantener la amistad de GGM y MVLL y seguía intacta su afición por el cine (proyectó Los olvidados como parte del cursillo). Estaba instalado en la U. de Rutgers (Nueva Jersey) en la que dirigía la sección de Estudios Latinoamericanos y encontraba tiempo para escribir. De Cartagena traje la primera entrevista que se publicó con él en un medio local y nos despedimos hasta Lima.
Ese viaje nunca se concretó , pero seguí leyéndolo: su novela El vuelo de la reina y su notable libro de crónicas Lugar común la muerte. Ahora que el cáncer se lo ha llevado a los 75 engarzo estos recuerdos. Fue un buen escritor, un maestro del periodismo y un espléndido ser humano.
lunes, 8 de febrero de 2010
El hombre que hacía llegar tarde al trabajo
Foto: Archivo Cambio
Por Carlos Dáguer,
Subeditor general de CAMBIO.
08 de febrero de 2010
Aun cuando al día siguiente los periódicos solo sirvieran para madurar los aguacates, Tomás Eloy Martínez no perdía la esperanza de encontrar en ellos un reportaje -"un solo reportaje", insistía- que hipnotizara tanto a los lectores como para que llegaran tarde a sus trabajos o como para que se les quemara el pan en la tostadora del desayuno.
"Un periodista no es un novelista, aunque debería tener el mismo talento y la misma gracia para contar de los novelistas mejores -escribió el periodista y escritor argentino fallecido el pasado 31 de enero-. Un buen reportaje tampoco es una rama de la literatura, aunque debería tener la misma intensidad de lenguaje y la misma capacidad de seducción de los grandes textos literarios".
Por eso no es de extrañar que gracias a él y a su esposa Susana Rotker (fallecida en 2000) varios periodistas latinoamericanos descubrieran que antes de que Tom Wolfe y compañía fundaran el Nuevo Periodismo Norteamericano en los años sesenta, el cubano José Martí ya había narrado la realidad con herramientas literarias en el siglo XIX. La crónica, ese género que es al periodismo lo que la poesía es a la literatura, fue un invento latinoamericano potenciado después por varios de los escritores del Boom.
Tomás Eloy alentaba a sus pupilos a enorgullecerse por esa invención y, como apelando a un mito fundacional, insistía en la necesidad de cautivar a los lectores con la buena prosa aun cuando vivieran en un tiempo en el que los editores abogan por el lenguaje telegráfico.
Y como predicaba y aplicaba, antes de saltar a la fama como novelista con La novela de Perón (1985) y Santa Evita (1995), en sus libros periodísticos La pasión según Trelew (1974) y Lugar común la muerte (1979) quiso mostrar que los hechos reales también podían ser narrados con un lenguaje rico en metáforas. Con literatura.
La tentación de la ficción
Quizás porque detrás de los periodistas a menudo se esconden novelistas en potencia -o frustrados-, Tomás Eloy Martínez -que vistió la camiseta amarilla en las dos carreras- se convirtió en un modelo a seguir, en un maestro, característica que consolidó en los talleres que dictaba en la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, creada en Cartagena por Gabriel García Márquez.
El estilo que promulgó no goza, sin embargo, del aplauso generalizado: las ambiciones literarias -léase el gusto por las historias redondas, cargadas de un simbolismo ausente en la realidad y donde el narrador tiene la urgencia de ver hasta la más recóndita intimidad de sus personajes- con frecuencia ha sido una tentación a caer en la ficción en el periodismo.
"Las opiniones de Tomás Eloy Martínez son un ejemplo a seguir para todos aquellos que han convertido al periodismo en un ejemplo de insustancialidad fáctica y en un dudoso ejercicio moral", dice a CAMBIO el periodista español Arcadi Espada, una de las voces más radicales contra el influjo de Truman Capote -recordar A sangre fría- o García Márquez en las redacciones de los diarios.
En efecto, Tomás Eloy consideraba que ciertos toques de ficción contribuían a hacer más contundente la descripción de la realidad. Cuando hablaba de la ya clásica crónica de 'Gabo' titulada Caracas sin agua (1957), el periodista y escritor de Tucumán no ponía reparos en el hecho de que su amigo de Aracataca hubiera creado un protagonista llamado Samuel Burkart: "Una cosa es mentir y otra cosa es usar un elemento figurado -argumentó en uno de sus talleres en Cartagena-. A veces no se puede abarcar toda la realidad de modo breve y sucinto. Entonces se acude a una figura, a un elemento metafórico o simbólico. Es ficticio, por supuesto, pero no del todo. Este personaje resume la historia de cientos de personas".
¿El lenguaje por encima de los hechos? ¿La estética por encima de la ética? Una frase de José Fernández Díaz, escrita en el obituario que publicó en La Nación, de Argentina, parece salir en defensa del modelo que enseñó Tomás Eloy: "Suele haber más verdad en la ficción que en la realidad".
Y, por supuesto, también obra en su defensa el hecho de que muchos lectores llegaron tarde al trabajo y muchos panes se quemaron en la tostadora por culpa de sus crónicas.
La herencia
Nelson Fredy Padilla,
editor de Domingo de 'El Espectador'
"De Tomás Eloy me gusta más el periodista, pero lo que hizo en literatura, ese trabajo por la memoria, es muy valioso: los latinoamericanos no olvidarán el tránsito del peronismo a la dictadura en Argentina. De su trabajo periodístico destacaría ocho o diez conferencias, así como las memorias de los talleres que dictó. Escribió mucho sobre el oficio, como aquel discurso que pronunció en Zacatecas en 1997 sobre cómo debería ser la narración en el siglo XXI, en donde, a pesar de ser clásico, mostró ser uno de los primeros en hacer conciencia de la transformación de los medios y cómo asimilar los cambios multimedia".
Carmen Caffarel,
directora del Instituto Cervantes
"Tomás Eloy Martínez pertenece a la categoría de los autores que convirtieron el periodismo en obra literaria y la literatura en deudora del mejor periodismo".
Arcadi Espada,
periodista, Premio Espasa de Ensayo 2002.
"Las opiniones de Eloy Martínez son un ejemplo a seguir para todos aquellos que han convertido al periodismo en un ejemplo de insustancialidad fáctica y en un dudoso ejercicio moral. Pero desgraciadamente la realidad no se puede inventar y solo podemos contar y repetir que el escritor está muerto, y que hemos de organizar los protocolos humanos habituales".
Por Carlos Dáguer,
Subeditor general de CAMBIO.
08 de febrero de 2010
Aun cuando al día siguiente los periódicos solo sirvieran para madurar los aguacates, Tomás Eloy Martínez no perdía la esperanza de encontrar en ellos un reportaje -"un solo reportaje", insistía- que hipnotizara tanto a los lectores como para que llegaran tarde a sus trabajos o como para que se les quemara el pan en la tostadora del desayuno.
"Un periodista no es un novelista, aunque debería tener el mismo talento y la misma gracia para contar de los novelistas mejores -escribió el periodista y escritor argentino fallecido el pasado 31 de enero-. Un buen reportaje tampoco es una rama de la literatura, aunque debería tener la misma intensidad de lenguaje y la misma capacidad de seducción de los grandes textos literarios".
Por eso no es de extrañar que gracias a él y a su esposa Susana Rotker (fallecida en 2000) varios periodistas latinoamericanos descubrieran que antes de que Tom Wolfe y compañía fundaran el Nuevo Periodismo Norteamericano en los años sesenta, el cubano José Martí ya había narrado la realidad con herramientas literarias en el siglo XIX. La crónica, ese género que es al periodismo lo que la poesía es a la literatura, fue un invento latinoamericano potenciado después por varios de los escritores del Boom.
Tomás Eloy alentaba a sus pupilos a enorgullecerse por esa invención y, como apelando a un mito fundacional, insistía en la necesidad de cautivar a los lectores con la buena prosa aun cuando vivieran en un tiempo en el que los editores abogan por el lenguaje telegráfico.
Y como predicaba y aplicaba, antes de saltar a la fama como novelista con La novela de Perón (1985) y Santa Evita (1995), en sus libros periodísticos La pasión según Trelew (1974) y Lugar común la muerte (1979) quiso mostrar que los hechos reales también podían ser narrados con un lenguaje rico en metáforas. Con literatura.
La tentación de la ficción
Quizás porque detrás de los periodistas a menudo se esconden novelistas en potencia -o frustrados-, Tomás Eloy Martínez -que vistió la camiseta amarilla en las dos carreras- se convirtió en un modelo a seguir, en un maestro, característica que consolidó en los talleres que dictaba en la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, creada en Cartagena por Gabriel García Márquez.
El estilo que promulgó no goza, sin embargo, del aplauso generalizado: las ambiciones literarias -léase el gusto por las historias redondas, cargadas de un simbolismo ausente en la realidad y donde el narrador tiene la urgencia de ver hasta la más recóndita intimidad de sus personajes- con frecuencia ha sido una tentación a caer en la ficción en el periodismo.
"Las opiniones de Tomás Eloy Martínez son un ejemplo a seguir para todos aquellos que han convertido al periodismo en un ejemplo de insustancialidad fáctica y en un dudoso ejercicio moral", dice a CAMBIO el periodista español Arcadi Espada, una de las voces más radicales contra el influjo de Truman Capote -recordar A sangre fría- o García Márquez en las redacciones de los diarios.
En efecto, Tomás Eloy consideraba que ciertos toques de ficción contribuían a hacer más contundente la descripción de la realidad. Cuando hablaba de la ya clásica crónica de 'Gabo' titulada Caracas sin agua (1957), el periodista y escritor de Tucumán no ponía reparos en el hecho de que su amigo de Aracataca hubiera creado un protagonista llamado Samuel Burkart: "Una cosa es mentir y otra cosa es usar un elemento figurado -argumentó en uno de sus talleres en Cartagena-. A veces no se puede abarcar toda la realidad de modo breve y sucinto. Entonces se acude a una figura, a un elemento metafórico o simbólico. Es ficticio, por supuesto, pero no del todo. Este personaje resume la historia de cientos de personas".
¿El lenguaje por encima de los hechos? ¿La estética por encima de la ética? Una frase de José Fernández Díaz, escrita en el obituario que publicó en La Nación, de Argentina, parece salir en defensa del modelo que enseñó Tomás Eloy: "Suele haber más verdad en la ficción que en la realidad".
Y, por supuesto, también obra en su defensa el hecho de que muchos lectores llegaron tarde al trabajo y muchos panes se quemaron en la tostadora por culpa de sus crónicas.
La herencia
Nelson Fredy Padilla,
editor de Domingo de 'El Espectador'
"De Tomás Eloy me gusta más el periodista, pero lo que hizo en literatura, ese trabajo por la memoria, es muy valioso: los latinoamericanos no olvidarán el tránsito del peronismo a la dictadura en Argentina. De su trabajo periodístico destacaría ocho o diez conferencias, así como las memorias de los talleres que dictó. Escribió mucho sobre el oficio, como aquel discurso que pronunció en Zacatecas en 1997 sobre cómo debería ser la narración en el siglo XXI, en donde, a pesar de ser clásico, mostró ser uno de los primeros en hacer conciencia de la transformación de los medios y cómo asimilar los cambios multimedia".
Carmen Caffarel,
directora del Instituto Cervantes
"Tomás Eloy Martínez pertenece a la categoría de los autores que convirtieron el periodismo en obra literaria y la literatura en deudora del mejor periodismo".
Arcadi Espada,
periodista, Premio Espasa de Ensayo 2002.
"Las opiniones de Eloy Martínez son un ejemplo a seguir para todos aquellos que han convertido al periodismo en un ejemplo de insustancialidad fáctica y en un dudoso ejercicio moral. Pero desgraciadamente la realidad no se puede inventar y solo podemos contar y repetir que el escritor está muerto, y que hemos de organizar los protocolos humanos habituales".
sábado, 23 de enero de 2010
“Sin apoyo social no sería fácil para dictaduras”
La República
Tomás Eloy Martínez a propósito de purgatorio, su último libro. Novela ficciona hechos criminales del gobierno militar argentino de los 70.
28 de enero de 2009
Madrid. EFE.
En un ejercicio literario de imaginación con retazos de una dolorosa realidad, el escritor argentino Tomás Eloy Martínez desea contribuir con su última novela, Purgatorio, a concienciar al lector de que las dictaduras “más crueles” no son posibles sin la complicidad de la sociedad.
“Sin la complicidad de toda la sociedad las tiranías no tienen la vida fácil”, sostuvo ayer el escritor en una entrevista con Efe en Madrid, donde presenta Purgatorio, publicada por Alfaguara.
Avalado por el éxito que la obra ha obtenido en su país, el autor explicó que la novela alude a la necesidad que tienen los seres humanos de conocer el destino de los desaparecidos por “la fuerza”.
Se trata de una obra con un “lenguaje universal” que toca “las fibras más ricas” de la condición humana, por lo que su autor se mostró convencido de que puede interesar a cualquier lector.
Purgatorio retrata como después de treinta años de incesante búsqueda, Emilia Dupuy encuentra a su marido, desaparecido durante la dictadura argentina.
La protagonista ha buscado a Simón por todas partes, dejándose llevar a veces por la intuición, otras por los sueños, hasta encontrarlo sentado en un bar de New Jersey (EEUU).
La novela avanza en una historia de amor con el enigma de un protagonista que apenas ha cambiado tras el paso de tres décadas, conserva el mismo aspecto que cuando desapareció, con pantalón de pata de elefante y camisa estilo John Travolta en “Fiebre del sábado por la noche”.
“Escribí el libro para resolver ese enigma”, dijo el autor invitando al lector a adentrarse en una obra en la que los límites del género novela se expanden.
El autor, nacido en Tucumán en 1934, no “vivió ni un solo día” bajo la dictadura militar argentina, que gobernó el país de 1976 a 1983, exiliándose en Venezuela y México.
Recordó que cuando regresó del exilio sintió la necesidad de ejercer el rol del escritor “disconforme”. Tomás Eloy Martínez cree que el escritor “debe mostrar a la sociedad” lo que esta “no ve o no quiere ver”.
Y así la novela deja claro como “las dictaduras en su aspecto más cruel, más canallesco, no son posibles sin el apoyo mayoritario de la sociedad”. Se trata, reiteró el autor, de una “complicidad comunitaria gigantesca”.
Aunque está convencido de que las novelas “lamentable o afortunadamente” no cambian el mundo, sí expresa su confianza de que pueden contribuir a tomar conciencia.
Para meterse en el papel de los protagonistas, Tomas Eloy Martínez recorrió muchas librerías de viejo en Buenos Aires, donde compró las revistas y periódicos de la época.
Ávido observador de la realidad de su país, Tomás Eloy Martínez considera que el Gobierno de Cristina Kirchner comenzó con muchísimas esperanzas que están siendo defraudadas porque la realidad es “aciaga y dura”.
“No es una situación fácil, no la es para Cristina Kirchner, como no lo es la situación mundial para Obama o para Zapatero en España”, señaló el autor, que también ejerce el periodismo a través de sus artículos publicados en varios diarios.
Martínez, que ayer pronunció una conferencia en la Casa de América de Madrid, se muestra ilusionado con su vuelta a la docencia en una universidad estadounidense, mientras prepara un nuevo libro –por encargo de una editorial inglesa– dedicado al Olimpo, dentro de una serie mitológica.
Y mientras, trata de mantenerse al margen de las corrientes literarias –“porque arrastran en una dirección que puede no ser la tuya”– y disfruta como ávido lector de la literatura de ambas orillas del Atlántico, especialmente, de la que surge de las plumas de los más jóvenes.
Tomás Eloy Martínez a propósito de purgatorio, su último libro. Novela ficciona hechos criminales del gobierno militar argentino de los 70.
28 de enero de 2009
Madrid. EFE.
En un ejercicio literario de imaginación con retazos de una dolorosa realidad, el escritor argentino Tomás Eloy Martínez desea contribuir con su última novela, Purgatorio, a concienciar al lector de que las dictaduras “más crueles” no son posibles sin la complicidad de la sociedad.
“Sin la complicidad de toda la sociedad las tiranías no tienen la vida fácil”, sostuvo ayer el escritor en una entrevista con Efe en Madrid, donde presenta Purgatorio, publicada por Alfaguara.
Avalado por el éxito que la obra ha obtenido en su país, el autor explicó que la novela alude a la necesidad que tienen los seres humanos de conocer el destino de los desaparecidos por “la fuerza”.
Se trata de una obra con un “lenguaje universal” que toca “las fibras más ricas” de la condición humana, por lo que su autor se mostró convencido de que puede interesar a cualquier lector.
Purgatorio retrata como después de treinta años de incesante búsqueda, Emilia Dupuy encuentra a su marido, desaparecido durante la dictadura argentina.
La protagonista ha buscado a Simón por todas partes, dejándose llevar a veces por la intuición, otras por los sueños, hasta encontrarlo sentado en un bar de New Jersey (EEUU).
La novela avanza en una historia de amor con el enigma de un protagonista que apenas ha cambiado tras el paso de tres décadas, conserva el mismo aspecto que cuando desapareció, con pantalón de pata de elefante y camisa estilo John Travolta en “Fiebre del sábado por la noche”.
“Escribí el libro para resolver ese enigma”, dijo el autor invitando al lector a adentrarse en una obra en la que los límites del género novela se expanden.
El autor, nacido en Tucumán en 1934, no “vivió ni un solo día” bajo la dictadura militar argentina, que gobernó el país de 1976 a 1983, exiliándose en Venezuela y México.
Recordó que cuando regresó del exilio sintió la necesidad de ejercer el rol del escritor “disconforme”. Tomás Eloy Martínez cree que el escritor “debe mostrar a la sociedad” lo que esta “no ve o no quiere ver”.
Y así la novela deja claro como “las dictaduras en su aspecto más cruel, más canallesco, no son posibles sin el apoyo mayoritario de la sociedad”. Se trata, reiteró el autor, de una “complicidad comunitaria gigantesca”.
Aunque está convencido de que las novelas “lamentable o afortunadamente” no cambian el mundo, sí expresa su confianza de que pueden contribuir a tomar conciencia.
Para meterse en el papel de los protagonistas, Tomas Eloy Martínez recorrió muchas librerías de viejo en Buenos Aires, donde compró las revistas y periódicos de la época.
Ávido observador de la realidad de su país, Tomás Eloy Martínez considera que el Gobierno de Cristina Kirchner comenzó con muchísimas esperanzas que están siendo defraudadas porque la realidad es “aciaga y dura”.
“No es una situación fácil, no la es para Cristina Kirchner, como no lo es la situación mundial para Obama o para Zapatero en España”, señaló el autor, que también ejerce el periodismo a través de sus artículos publicados en varios diarios.
Martínez, que ayer pronunció una conferencia en la Casa de América de Madrid, se muestra ilusionado con su vuelta a la docencia en una universidad estadounidense, mientras prepara un nuevo libro –por encargo de una editorial inglesa– dedicado al Olimpo, dentro de una serie mitológica.
Y mientras, trata de mantenerse al margen de las corrientes literarias –“porque arrastran en una dirección que puede no ser la tuya”– y disfruta como ávido lector de la literatura de ambas orillas del Atlántico, especialmente, de la que surge de las plumas de los más jóvenes.
Perfil
El autor. Nació en Tucumán, Argentina, en 1934. Estudió en la Universidad de Tucumán. Ganó el premio Alfaguara 2002 con El vuelo de la reina. Ha publicado La novela de Perón (1985) y La mano del amo (1991) y, por supuesto, Santa Evita (1995). En 1996, publicó Las memorias del general, una crónica sobre los años 70 en Argentina.
Retrato de un renacentista
La Nación de Argentina
A cincuenta años de su primera publicación, acaba de reeditarse La región más transparente (Alfaguara), quizás la novela más destacada del autor de Gringo viejo y una de las más sobresalientes de la narrativa en español del siglo XX. Tomás Eloy Martinez analiza en este texto, publicado originalmente en francés, en los prestigiosos Cahiers de I´Herne , la importancia literaria del escritor mexicano y el papel que éste desempeña como intérprete y profeta de las aspiraciones latinoamericanas. La voz de Fuentes ha pusto siempre en primer plano, sin dogmatismos ni mordazas, los problemas y ambiciones de IberoaméricaSábado 5 de abril de 2008
Por Tomás Eloy Martínez
El siglo XX está poblado de intelectuales emblemáticos. Ninguno de ellos ha reflejado tan bien como Carlos Fuentes las atmósferas, los humores, las obsesiones y los cambios de piel de América latina. No es por condescendencia o por instinto que, en los Estados Unidos, los senadores, los editores de periódicos y los diplomáticos subrayan con lápiz rojo los escritos políticos de Fuentes ni es por rendirse al magnetismo de su lenguaje -elegante, preciso, henchido de ideas como un viñedo en las semanas de cosecha- que las opiniones de Fuentes son citadas tan a menudo en los despachos de los ministros de Cultura de Francia, España y el Reino Unido, al tiempo que las repiten las páginas de Le Monde y Libération , de El País y The Guardian . Desde hace más de treinta años los centros de poder y de opinión perciben que América latina se expresa por boca de Fuentes y que los deseos apagados del continente, los delirios amordazados por la sensatez, así como el afán de justicia, los sueños insatisfechos, los miedos milenaristas, el mestizaje, la mulatería, los duelos interminables de la civilización y la barbarie, todos esos magmas de lo que se entiende, mal o bien, por identidad latinoamericana han encontrado siempre en Fuentes a su vocero y su profeta. De tanto en tanto, América latina suele "pasar de moda" -como se dice frívolamente- en los países industriales. Las ideas de Fuentes, no: siempre consiguen reabrir discusiones que ya se daban por clausuradas.
En el primer número de la revista Mundo Nuevo , el aún joven novelista, que acababa de publicar Cambio de piel , dio a conocer un credo intelectual del que nunca abjuraría. Para que la palabra sea "reveladora y liberadora", decía entonces, debe también ser disidente. "Nuestras grandes enajenaciones son el paternalismo y el personalismo: la abdicación y la expectativa. Vivimos ansiosos de que nos protejan. El escritor de derecha, obviamente, por los poderes constituidos. Lo malo es que el escritor de izquierda, con demasiada frecuencia, también se protege bajo una sombrilla ideológica que lo exime de pensar con independencia, se disfraza con el decálogo del apocalipsis venidero y deja de escribir, de someterlo todo a juicio a través de la palabra y de la imaginación, que es nuestro mester."
Treinta y cinco años después, en En esto creo -su mayor obra de pensamiento y a la vez uno de sus grandes libros-, Fuentes dirá más o menos lo mismo, aunque ahora con el acento de un clásico: "Libertad es la búsqueda de la libertad. Nunca la alcanzaremos completamente". A las certezas de la juventud siguen las dudas de la madurez: el universo puesto en duda; la realidad, también, puesta en duda. "La revolución, a veces, es la fidelidad a lo imposible."
Enarbolar las banderas de la herejía, asumir el lenguaje como único medio de acción y no la acción como único lenguaje, desacatar, incomodar, mostrarse insatisfecho, antiprovidencial: tales han sido siempre, para Fuentes, las consignas irrenunciables del escritor latinoamericano. La historia ha dado muchas vueltas impredecibles, las grandes causas han cambiado de signo pero, ante todas esas mudanzas, Fuentes ha mantenido siempre los mismos principios. En nombre de ellos defendió la revolución cubana durante la década del 60 y se alzó contra la guerra de Vietnam y la invasión de los marines a la República Dominicana. La misma intransigencia contra los dogmas y el autoritarismo determinó que le volviera las espaldas a Fidel Castro después de las diatribas que éste lanzó contra los intelectuales en marzo de 1971, punto casi final del escandaloso "caso Padilla". Y fue por preservar intactos sus ideales que renunció como embajador de México ante el gobierno francés, cuando el presidente Luis Echeverría encomendó la embajada en Madrid al ex presidente Gustavo Díaz Ordaz, responsable mayor -según se creía entonces- de las matanzas de Tlatelolco. Nadie más alejado que Fuentes del conformismo político, como lo prueban las invectivas que suscitó su adhesión a la causa del sandinismo en la década del 80 y la renovada fe en el papel crítico del socialismo que siguen expresando sus discursos. Ningún otro latinoamericano, tampoco, ha refutado con tanta inteligencia las insensateces imperiales de George W. Bush, cuya idea de la "democratización universal" es una perversión de la palabra democracia, según lo demuestra Contra Bush , su libro más militante.
En todas las sinuosas vueltas del siglo xx y en lo que va del XXI, Fuentes no incurrió en una sola contradicción ideológica. Aferrado al palo mayor de sus principios, mientras la tempestad rugía por los cuatro costados, se mantuvo fiel a las mismas ideas de la juventud. Hizo repetidas profesiones de fe contra el servilismo, la explotación, el autoritarismo, los dogmas, el provincianismo, las teologías políticas y económicas. Y se pronunció a favor de la autoderminación de los pueblos, de la democracia, del derecho de los latinoamericanos a bañarse en las aguas de todas las tradiciones culturales ("Puesto que hemos sido los últimos en llegar, la cultura de cualquier parte es también nuestro patrimonio"). Apoyó los desacatos del lenguaje, vinieran de donde viniesen, los alzamientos contra el conformismo literario, la duda metódica ante cualquier verdad indisputable.
Hubo un momento, a mediados de los años 80, en que Fuentes parecía estar en todas partes: justificando la loca imaginación latinoamericana, desenmascarando el cinismo que Ronald Reagan había entronizado en la Casa Blanca, estimulando a los lectores de The New York Times Book Review a sumirse en los laberintos de las grandes novelas de Augusto Roa Bastos o de Fernando del Paso, con una generosidad rara entre los escritores de primera línea. Se lo veía también prodigarse en las universidades grandes y pequeñas de México y Estados Unidos para abrir las puertas de la lengua española y contribuir a que los infinitos dones de la inteligencia latinoamericana fueran redescubiertos.
Por la originalidad y honestidad de lo que decía, acabó convirtiéndose -sin que él lo buscara y sin que casi se diera cuenta- en la conciencia estética y el emblema moral de América latina, en el termómetro con que los poderes de cualquier signo medían las temperaturas del continente. El novelista que había encandilado a dos generaciones con los fantasmas de Aura , con el ascenso hercúleo de Cortés al Popocatépl en Terra Nostra y con las zancadillas políticas sin fin de La Silla del Águila parecía haber descubierto la perdida piedra filosofal de la América precolombina: el arte de transformar a las multitudes por la hipnosis de la palabra. Como no estaba comprometido con otra causa que no fuera la de sus convicciones ni tenía más ambición que la de mantenerse leal a sí mismo, las ideas de Fuentes fueron atentamente seguidas tanto por senadores ultramontanos como Jesse Helms -uno de los conservadores más extremos de los Estados Unidos- como por el eterno Fidel Castro. Los reyes de España y el primer ministro Felipe González lo invitaban a cruzar el Atlántico en sus aviones para discutir el lenguaje común con el que España y la América española podían hablarle al planeta en las décadas por venir, y los presidentes de México no se perdían ni una sola de sus advertencias sobre las hecatombes de la venalidad política y los riesgos de la integración con los vecinos de más al norte. Fue el rey Juan Carlos quien lo ordenó caballero de la lengua castellana en Rosario, Argentina, cuando citó -él, que es tan parco en dar nombres propios- a Fuentes y su feliz expresión "Somos todos hijos de la Mancha". Eligió esa frase porque resume un linaje, un mandato, y también un símbolo: respiramos el mismo idioma y soñamos el mismo sueño redentor de Don Quijote.
Interesado por todo lo que tenga el aroma de la vida (¿acaso no dijo él alguna vez, en los remotos años 60, que "se escribe con todo lo que está vivo para uno: el amor, la violencia, el sexo, las drogas, la pérdida, la familia, el trabajo, la derrota"?), Fuentes es el último de los renacentistas en un continente intolerante con los renacimientos. Al despuntar el año 2000, concibió la idea de reunir en un foro de discusión constante a los más importantes políticos, hombres de empresa e intelectuales de América latina, España y Portugal. Por primera vez, seres lúcidos con intereses a menudo antagónicos se encerraron en un mismo ámbito -primero en la Ciudad de México, luego en Buenos Aires, Toledo, Campos de Jordao en Brasil y Cartagena de Indias- para cotejar puntos de vista sobre temas tan sensibles como las relaciones de los países del área entre sí y con los Estados Unidos, las derivaciones sociales de la economía de mercado, la corrupción, los gastos militares, los declives de la educación y la salud. Lo que Fuentes bautizó como Foro Iberoamérica se convirtió en una formidable máquina de pensar una realidad aquejada por disputas históricas y recelos nacionales, hasta convertirla en una curiosa fraternidad de ideas. La institución, ahora perdurable, acaso prevalecerá como una de las mayores creaciones de Fuentes y, a la vez, como la más insólita reunión de personajes sin tiempo libre que entregan más de tres días de su vida, todos los años, al acto puro de reflexionar sobre el continente sin otro interés que ese: descubrir otras miradas inteligentes sobre un mismo paisaje.
La indomable energía de Fuentes, lejos de menguar con los años, se multiplica. Desde 1991 ha publicado una docena de obras, entre las que están algunas de sus novelas más notables. 1991 deparó La campaña, una formidable exploración del siglo XIX -que puede también leerse, igual que Terra Nostra y Cristóbal Nonato , como una interrogación a las claves del Milenio naciente-; en abril de 1993 dio a conocer los relatos de El naranjo o los círculos del tiempo , en los que juega diestramente con los puntos de vista y los pronombres personales. En 1992 dio a conocer El espejo enterrado , que se interna en las fuentes de la cultura precolombina para interrogar el presente. Del 2003 es su monumental reflexión sobre la pintura, Viendo visiones .Hacia 1994 terminó los relatos de La frontera de cristal , al mismo tiempo que publicaba Diana o la cazadora solitaria , una de sus ficciones más complejas. Siempre hay uno o dos libros de él asomándose en el horizonte, por lo que no hay inquinas ni elogios capaces de darle alcance.
"La escritura de novelas largas me deja exhausto", dijo Fuentes a comienzos de la última década del siglo XX, luego de pasar revista a las 570 páginas de Cristóbal Nonato , las 550 de Cambio de piel y a las casi 800 -muy apretadas- de Terra Nostra . Y sin embargo, ya estaba trabajando en la red de historias sin fin de Los años con Laura Díaz , que se extienden en 600 páginas de caja grande. Publicada once meses antes del fin del siglo, esa obra maestra es un acabado resumen del país que asistió a la agonía del porfiriato, a la revolución de Villa y de Zapata, a las luces de los emigrados españoles y latinoamericanos y a la oscuridad de Tlatelolco. Como en La Silla del Águila (2003), otro prodigio de arquitectura narrativa, el tema central es el tiempo, pero el tiempo de México, es decir, un tiempo cíclico, a menudo inmóvil: un perpetuo regreso a los pasados. En Tiempo mexicano , Fuentes se preguntaba si "podemos, simultáneamente, hacer presentables todos nuestros pasados y utilizarlos para la comprensión y la justificación tanto de la vida como del orden externo de las cosas". Es decir, si es posible rehacerse, reconstruirse, recuperarse. No siempre la respuesta es la misma: el tiempo se mueve, y la dirección en que lo hace -la ilusión constante es que se mueve hacia adelante, pero a veces no es así- determina la redención o la perdición.
La edad del tiempo ha llamado Fuentes a la gran comedia humana de sus ficciones. Y edad, allí, significa también identidad. En el vaivén de las parejas, en el juego incesante de la pasión, advierte que somos lo que somos, pero a la vez somos otros cuando se nos sitúa en relación con alguien. En otra de sus grandes novelas, La muerte de Artemio Cruz , ese ajedrez de la identidad es nítido. Artemio muda de piel cuando está con Padilla o con Catalina, y vuelve a mudarla con su hijo Lorenzo. Los otros, como el tiempo, nos rehacen.
Conocí a Carlos Fuentes en Buenos Aires, la primavera austral de 1962, cuando él volvía del Congreso de Intelectuales organizado por la Universidad de Concepción, en Chile. Allí había deslumbrado a todo el mundo, desde Pablo Neruda hasta el arisco José María Arguedas. Lo recuerdo de pie en un frágil balcón de la calle Arenales, en el séptimo piso de un departamento elegante, a la caída de la tarde, admirando las espaldas de una mujer espléndida que escuchaba, extasiada, una disertación de Ernesto Sabato sobre la decadencia de la novela francesa. Junto a Fuentes estábamos Augusto Roa Bastos, Enrique Pezzoni, José Bianco y yo mismo, sin abrir la boca. Siempre creí que también estaba allí Julio Cortázar, quien había llegado a Buenos Aires en esos días. Fuentes me ha corregido la memoria: no era Cortázar sino Francisco Petrone, el actor argentino por quien él sintió desde el principio una admiración que nunca declinó. En Buenos Aires acabábamos de leer Aura y ya habíamos releído La región más transparente . A todos nos parecía imposible que alguien tan joven fuera a la vez tan maduro, tan dueño del instrumento que tañía y, a la vez, tan sabio, con un sentido del humor tan veloz. Fue la primera vez que lo oí hablar de un proyecto de varias novelas sobre dictadores, compuestas por los jóvenes recién llegados a la literatura latinoamericana, cuyo irónico título común debía ser Los padres de la patria . Allí mismo trató de convencer a Roa Bastos para que se hiciera cargo del volumen dedicado al doctor Francia y a Bianco para que se ocupara de Rosas o de Perón. Bianco contestó, con aterrada cortesía, que la novela histórica no le interesaba pero que de todos modos iba a pensarlo. Roa estaba metido de narices en los libretos de cine con los que se ganaba la vida y la idea de Yo el Supremo , que ni siquiera le rondaba por la cabeza, brotó tal vez de aquella inesperada invitación. Fuentes reclutaba adictos por todas partes: en Chile había convencido (o al menos así lo creía) a José Donoso para que escribiera sobre Balmaceda y a Jorge Edwards para que se ocupara de Melgarejo. ...l mismo hablaba con fruición de la enorme novela que pensaba consagrar al dictador Antonio López de Santa Anna, héroe de Tampico y de El Álamo, quien había enterrado con increíble pompa, hacia 1838, la pierna perdida mientras disparaba sus cañones contra la flota francesa en Veracruz.
En un continente provinciano, que canonizaba el regionalismo y abjuraba -todavía, a un año apenas de su consagración en Formentor- de los espejos y laberintos de Borges, a la vez que ignoraba (o simulaba ignorar) la voz en sordina de Rulfo, las pesadillas de Felisberto Hernández y el barroquismo elegante de Alejo Carpentier, Fuentes fue el primero que se propuso imponer a la narrativa latinoamericana la conciencia de que era única, universal, libre de falsas tradiciones telúricas y de fantasmas campesinos; el primero que la salvó de su secular complejo de inferioridad y la forzó a respirar el oxígeno del mundo. A él, más que a ningún otro, se debe la idea de que el lenguaje común y la naciente fe común en América latina podía convertir el continente en el laboratorio de un mundo mejor.
Para los argentinos, que llevábamos décadas oyendo hablar, con supremo engolamiento, de las esencias "invisibles" de la nacionalidad, y que nos habíamos pasado los últimos años discutiendo, con toda seriedad, si escribir no era un modo de conjurar el terror que nos imponía "el silencio de Dios", las implacables reflexiones sobre lo mexicano que Fuentes ponía en boca de sus personajes, como quien no quiere la cosa, vertían sobre nosotros una naturalidad y un aire fresco con el que lavábamos el almidón de nuestros próceres literarios. Recuerdo la marca de fuego que nos había dejado en la imaginación la divisa de Ixca Cienfuegos, uno de los inolvidables personajes de La región más transparente : "Sé tú mismo, con todas las condiciones de tu vida", y también el entusiasmo con que se la repetí a Fuentes aquella tarde, en el balcón de Buenos Aires.
Volví a encontrarlo muchas otras veces en los años que siguieron, tanto en su casa de Hampstead, Londres, como en la que le alquiló al novelista James Jones en la isla de Saint-Louis, París; durante el festival de Cannes de 1975 y en la embajada de México ante el gobierno de Francia, donde tuvo la generosidad de cobijarme algunos días cuando yo, exiliado reciente, andaba en busca de un país al que huir de la barbarie argentina. Luego nos vimos en nuestras propias casas vecinas de Washington, durante las semanas en que ambos coincidimos como fellows del Wilson Center, y hasta en algún desayuno en el hotel Carlyle de Nueva York, mientras él corregía las pruebas de la edición norteamericana de Cristóbal Nonato . Y tres o más veces por año en el ya difunto hotel Delmónico de Manhattan o en las asambleas del Foro Iberoamérica. En cada una de esas ocasiones sentí que estaba ante una inteligencia única, siempre en guardia, y ante un ser humano generoso con sus dones e insólitamente generoso en el reconocimiento de los dones ajenos.
Uno de los placeres de su compañía son sus infatigables juegos intelectuales, que pueden aludir a una novela perdida del perdido Halldór Laxness o a versos de juventud de José Gorostiza, Salvador Novo y Jaime Torres Bodet: lo he oído enhebrarlos y entreverarlos al azar, hacia arriba y abajo, hasta componer la música de un poema que es de ninguno de los tres. Lo he oído también improvisar corridos mexicanos sobre el tema que se le pusiera por delante, sin vacilar en las rimas ni en las cadencias, con un arte que resucita a los rapsodas griegos y -en versión menos educada- a los payadores argentinos o a los albureros de su país natal.
Cada nuevo libro de Fuentes ha sido siempre una sorprendente aventura verbal, en la que todo se pone a prueba: desde la estructura del relato hasta el incesante hacerse y deshacerse de los personajes. Esa búsqueda sin tregua lo ha llevado a defender otros osados experimentos narrativos como si en ello le fuera la vida, ya sea en la obra de Milan Kundera o en la de Paul Auster como en la de Gabriel García Márquez y la de Salman Rushdie. Esa pequeña comunidad internacional de revolucionarios del relato ha terminado por ser, también, una comunidad que está enseñándole al mundo a imaginarse y a leerse de otro modo. Y la increíble respuesta no es ya el interés, el respeto, la adicción o la indiferencia que siempre se ha dispensado a los escritores. En este caso hay también devoción.
Fuentes es, por un lado, un personaje seductor, hacia quien -dondequiera esté, y con frecuencia muy a su pesar- apuntan los reflectores de la fama, y por el otro, un novelista disciplinado, extremadamente laborioso, que jamás ha querido hacer concesiones a la comodidad del lector o a las exigencias del mercado. Narrador refinado, casi de culto (como en los años 50 lo fue Julio Cortázar y en los 90, W. G. Sebald), él mismo definió en una de sus obras, Cristóbal Nonato , el abismo que media entre el convencional "lector" y el "elector" inteligente. Aunque sus ficciones venden miles de ejemplares - y aun algunas de las más complejas, como La muerte de Artemio Cruz, Terra Nostra y Los años con Laura Díaz , llegan a varios cientos de miles- , leer a Fuentes es una ceremonia de encantamiento privado, en la que "hay que dejarse caer hasta el fondo de uno mismo", como solía decir Ixca Cienfuegos. El influjo ejercido por su obra tiene que ver no solo con la radiante fascinación de su escritura y la imponencia de sus temas, sino también con la nobleza de sus ideas. En las nervaduras que van uniendo una ficción de Fuentes con otra, se observa siempre la misma voluntad por desenmascarar la hipocresía, comprender y aceptar la infinita diversidad de la especie, poner en evidencia las irrisiones de los dogmas y de los prejuicios.
La memorable experiencia de oír a Fuentes hablando en Rosario sobre la historia mestiza de la lengua castellana quizá solo sea comparable a la de su discurso en Alcalá de Henares, cuando recibió el premio Cervantes 1987. Las dos veces, Fuentes rescató -enriqueciéndolas- algunas de las ideas a las que no ha cesado de ser fiel desde que se las oí por primera vez, en el mítico balcón de Buenos Aires: las que definen a la novela como un género inseguro, contaminado, en perpetua situación de búsqueda, y a sus artífices como seres insumisos, incómodos, a los que el poder oirá siempre con temor y desconfianza. O bien las que convocan a la unidad de las Españas dispersas y a la aceptación de una identidad cristalizada por la historia y por la lengua.
Aunque Fuentes haya negado, una y otra vez, los dones de profecía que se atribuyen a sus novelas -sobre todo a dos de las más extensas, Terra Nostra y Cristóbal Nonato - , y prefiera decir que quien asume el riesgo de imaginar puede, a veces, crear involuntariamente un cierto futuro, su enorme talento de observador para vislumbrar los horizontes de la pasión humana convierte sus conjeturas literarias en adivinaciones certeras de lo que está por venir.
Recuérdense las últimas páginas de Terra Nostra , en las que el planeta exhibe sus llagas milenaristas. Cuando quince años después Fuentes repasó esos problemas en el discurso que pronunció en México durante el llamado Coloquio de Invierno, pudo verificar que algunos de los vaticinios ya estaban allí. Los temores del pasado están regresando -dijo-: los ídolos de las tribus, el fanatismo, la supresión de la crítica. Al mismo tiempo, sin embargo, la sociedad civil se expresa, "de abajo arriba y de la periferia al centro", algo inédito en países donde las cosas sucedían a la inversa. El mundo se ha tornado peligroso -confirmó-, pero América latina, por el hecho mismo de que su identidad ha sido construida sobre la diversidad, está destinada a ser la mediadora ejemplar entre "economía global y nacionalismos resurrectos, separatismos y balcanizaciones políticas, multipolaridad y unipolaridad, norte contra sur". Dado que América latina no tiene una uniformidad racial que proteger ni tradiciones imperiales que preservar; puesto que su riqueza básica es la imaginación y su destreza mayor la libertad para usarla, está en condiciones de aportar las ideas que hacen falta para engendrar un mundo donde la libertad no esté reñida con la justicia. Parecería utópico atribuir ese papel transformador a comunidades aún empobrecidas, afligidas por dictaduras y agobiadas por índices alarmantes de analfabetismo y de mortalidad infantil. Y sin embargo, América latina es el lugar mejor preparado para conferir un nuevo sentido a los ciclones de la historia.
En un comienzo de milenio donde los intelectuales se jactan de su cinismo y suponen que las tragedias de la condición humana deben abandonarse a los predicadores, Fuentes es de las pocas grandes voces que siguen creyendo en el poder liberador de la imaginación y de la cultura. Cada uno de sus libros es un acto de fe en el hombre, una deslumbradora piedra en la interminable edificación del mundo. Por eso no dejará de ser oído ni leído: porque desde el principio de los tiempos, la especie no ha sabido vivir en paz sin que un virtuoso le cuente historias en las que todo vuelve a comenzar.
Borges y Judas
Antiguas maldiciones y la redención divina
Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION
3 de octubre de 2009
Hace dos mil años, y aun algunos siglos después, la religión era una pasión absorbente y avasalladora. Estaba en juego algo mucho más trascendental que la supremacía de los apóstoles depositarios de la doctrina, que habían escuchado las enseñanzas del Maestro después de la Resurrección, cuando Jesús ya se había desprendido de su cuerpo mortal y su alma estaba en relación directa con Dios.
Para las primeras pequeñas comunidades cristianas eran intolerables las desviaciones heréticas que se expandían entonces velozmente en el territorio de Palestina y las tierras adyacentes. Simonianos, ebionitas y nazarenos no tardaron en ser aplastados. El fuego de la piedad era aplacado por rencillas incesantes. Aunque la memoria de la pasión y muerte de Cristo era el lazo que unía a todos los fieles, había pasado menos de un siglo desde la crucifixión y las disputas no tenían fin.
Se discutía sobre el perdón de los pecados, sobre la virginidad de María, sobre la salvación o la perdición del alma inmortal y sobre el significado oculto de las palabras de Jesús, que, en definitiva, eran revelaciones de Dios. La autoridad de las profecías de la Biblia hebrea disiparon muchas de las dudas. Miles de cristianos iban a la guerra y sucumbían para imponer la idea de que Jesús era una encarnación humana de Dios y para negar o afirmar que Dios era uno y trino. En cada soldado había un teólogo. Cada capitán defendía un dogma que se declaraba el único verdadero y consideraba que las otras creencias eran blasfemias o herejías que debían ser castigadas con la muerte.
En el siglo II, la cristiandad distaba de ser unánime. Se dividía en facciones enemigas, cada una de las cuales apoyaba sus creencias en cinco o más evangelios. Todos ellos se presentaban como los únicos intérpretes fieles de las enseñanzas de Jesús. Las luchas implacables se prolongaron durante siglos. A fines de la cuarta centuria, un grupo al que se conoció después como los protoortodoxos impuso una voz única. Si bien se aceptó que sólo cuatro evangelios formarían el cuerpo central de la doctrina, durante muchos años más esos textos fueron sometidos a supresiones y correcciones para eliminar anacronismos y contradicciones.
Los evangelios canónicos fueron escritos entre 65 y cien años después de la crucifixión. Se supone que el primero fue el de Marcos, y que Mateo y Lucas completaron los suyos hacia esa época. Los cuatro cuentan, con pocas variantes, las mismas historias sobre la vida, las enseñanzas y la pasión de Jesús. En los cuatro, la figura de Judas, el apóstol traidor, es estigmatizada cada vez con más énfasis. Juan, el último de los cuatro, no puede ocultar la cólera que le produce el delator. Lo describe aferrado a la bolsa del dinero, marchándose furtivamente de la Cena hacia su castigo infernal.
Fuera del canon quedaron los relatos de evangelistas como Santiago, Bartolomé, Felipe, Tomás y Pedro. Se los consideraba apócrifos, palabra que en los primeros tiempos de la Iglesia significaba secretos u ocultos. Todos coincidían en señalar que, sin la traición de Judas Iscariote, sin los latigazos, sin la corona de espinas y la muerte en la cruz, la Redención no habría sido posible. Con esos actos se cumplían las Escrituras, en las que también se anticipa que el traidor va a recibir treinta monedas de plata.
La sombra satánica de Judas se arraigó a tal punto en la imaginación de la cristiandad que la iconografía medieval y la renacentista lo representan con la mirada huidiza, apartándose de la mesa de la Ultima Cena, separado de los otros apóstoles y aferrando la bolsa con el pago ignominioso por su crimen. En el último canto de la Commedia , Dante lo describe desgarrado por los dientes de Satanás en el círculo más hondo del infierno y, para artistas como Caravaggio y Leonardo, la fealdad de su cara y la hipocresía de su expresión fueron un reflejo de las tinieblas de su alma.
Como todos los educados en la cultura de la Iglesia de Roma, recuerdo haber leído con incrédulo asombro las Tres versiones de Judas, que Borges publicó en 1944. Es uno de los cuentos de su libro Ficciones . Allí Borges atribuye al teólogo escandinavo Nils Runeberg el descubrimiento de un Judas distinto del de los cuatro evangelios. Runeberg observa que el beso de Judas para marcar a su Maestro es un acto superfluo, por no decir inútil. No había por qué identificar a un Rabbi que predicaba con frecuencia en la sinagoga y obraba milagros ante millares de hombres. Pero, como bien señala Borges, "suponer un error en las Escrituras es intolerable". La traición de Judas, por lo tanto, dista de ser casual, y debe leerse como uno de los actos más misteriosos en la economía de la Redención.
Judas es el único de los apóstoles que intuye la divinidad de Jesús. Se rebajó a cometer la peor de las infamias sólo para que el Verbo se hiciera carne en la cruz y salvara a la humanidad. Para un joven de veinte años, los que yo tenía entonces, era una audacia, casi un escándalo, leer que el Supremo Mal se transformaba, por un malabarismo de la inteligencia, en un camino necesario para el Supremo Bien. Comenté ese estupor con algunos predicadores de mi provincia. Todos ellos coincidieron en que la tesis de Borges, creada con las armas de la razón, debía mantenerse en extremo secreto. Si por azar salía a la luz, era preciso refutarla de inmediato con las armas de la fe.
En 1978, un grupo de campesinos que buscaba tesoros enterrados en las cuevas del Egipto Medio descubrió algo mucho más valioso que el oro. Eran los libros del que más tarde sería conocido como Códice Tchacos, compuestos por un grupo de cristianos gnósticos que valoraban el conocimiento como camino esencial para llegar a Dios. Restaurar esos textos, poner un orden mínimo en el complejo rompecabezas, exigió una década de paciencia. Los papiros, resecos por la falta de cuidado, eran una parva de fragmentos minúsculos, ennegrecidos, casi ilegibles. Entre esos desechos estaba el Evangelio de Judas. Después de que National Geographic lanzó una primera edición en inglés, fue traducido a todas las lenguas occidentales.
Que el Evangelio de Judas haya sobrevivido a tantas negligencias y saqueos de los mercaderes es un prodigio. Más asombroso aún es que coincida casi letra por letra con las especulaciones de Borges.
¿Cómo pudo el autor de Ficciones adelantarse cuatro décadas a las revelaciones de un relato que, en 1944, no sólo era desconocido, sino que a la vez no estaba en la imaginación de nadie? ¿Cómo, además, fue capaz de hilar tan fino en la vislumbre de un problema teológico extremadamente complejo? Una respuesta posible es que Borges, lector atento como ninguno, pudo haber conocido, en la edición de Cambridge, los volúmenes de Adversus haereses , una minuciosa refutación de todas las herejías escrita por el obispo Ireneo de Lyon, quien, por supuesto, menciona el texto de Judas.
Según los gnósticos, que recibían su inspiración del apóstol infiel, el problema fundamental de la vida humana no es el pecado, sino la ignorancia. El único camino válido para llegar a Dios es el del conocimiento, no el de la fe, que es propia de los hombres simples y primitivos.
En el Evangelio de Judas, el apóstol se acerca a Jesús, quien lo instruye en el Gran Secreto. El Maestro no es un simple mortal. Procede de un mundo superior, situado más allá de toda comprensión. El cuerpo de Jesús no tiene una apariencia única, sino que adopta distintas formas, a voluntad. Para regresar al mundo perfecto del Espíritu, Jesús debe morir. Judas hará lo necesario para ayudar a Jesús en su tránsito a la eternidad. Al conocer el Secreto, Judas es el único discípulo que sabe. Está unido al Maestro no por las simplicidades de la fe sino por la firmeza del conocimiento. Dios es un infinito tan sublime que ninguna palabra puede describirlo. Hasta la palabra Dios es insuficiente e inadecuada para designar la Deidad.
Desde el siglo IV, el nombre de Judas quedó ligado a "judío" y "judaísmo". Se lo presentaba como el judío malvado que, con su beso traidor, había desatado los tormentos del Gólgota. Su paso fugaz por el Nuevo Testamento enciende las llamas de un antisemitismo que se prolongará por más de mil novecientos años. Susan Gubar, profesora de la Universidad de Indiana y autora de una excelente biografía de Judas, cree que la imagen del apóstol traidor y codicioso, repetida incansablemente durante centurias, fue el antecedente que permitió a los nazis justificar el exterminio de los judíos, a tal punto que, según Gubar, Judas fue para ellos "la musa del Holocausto".
Borges no aprueba ni justifica las herejías, aunque su relato, al enumerar las blasfemias, las reproduce sin censuras. Con clarividencia, advierte que sobre Judas convergen antiguas maldiciones divinas y se lamenta porque esas maldiciones, que deberían haber servido para glorificar la Redención, oscurecieron la santidad de su sentido.
Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION
3 de octubre de 2009
Hace dos mil años, y aun algunos siglos después, la religión era una pasión absorbente y avasalladora. Estaba en juego algo mucho más trascendental que la supremacía de los apóstoles depositarios de la doctrina, que habían escuchado las enseñanzas del Maestro después de la Resurrección, cuando Jesús ya se había desprendido de su cuerpo mortal y su alma estaba en relación directa con Dios.
Para las primeras pequeñas comunidades cristianas eran intolerables las desviaciones heréticas que se expandían entonces velozmente en el territorio de Palestina y las tierras adyacentes. Simonianos, ebionitas y nazarenos no tardaron en ser aplastados. El fuego de la piedad era aplacado por rencillas incesantes. Aunque la memoria de la pasión y muerte de Cristo era el lazo que unía a todos los fieles, había pasado menos de un siglo desde la crucifixión y las disputas no tenían fin.
Se discutía sobre el perdón de los pecados, sobre la virginidad de María, sobre la salvación o la perdición del alma inmortal y sobre el significado oculto de las palabras de Jesús, que, en definitiva, eran revelaciones de Dios. La autoridad de las profecías de la Biblia hebrea disiparon muchas de las dudas. Miles de cristianos iban a la guerra y sucumbían para imponer la idea de que Jesús era una encarnación humana de Dios y para negar o afirmar que Dios era uno y trino. En cada soldado había un teólogo. Cada capitán defendía un dogma que se declaraba el único verdadero y consideraba que las otras creencias eran blasfemias o herejías que debían ser castigadas con la muerte.
En el siglo II, la cristiandad distaba de ser unánime. Se dividía en facciones enemigas, cada una de las cuales apoyaba sus creencias en cinco o más evangelios. Todos ellos se presentaban como los únicos intérpretes fieles de las enseñanzas de Jesús. Las luchas implacables se prolongaron durante siglos. A fines de la cuarta centuria, un grupo al que se conoció después como los protoortodoxos impuso una voz única. Si bien se aceptó que sólo cuatro evangelios formarían el cuerpo central de la doctrina, durante muchos años más esos textos fueron sometidos a supresiones y correcciones para eliminar anacronismos y contradicciones.
Los evangelios canónicos fueron escritos entre 65 y cien años después de la crucifixión. Se supone que el primero fue el de Marcos, y que Mateo y Lucas completaron los suyos hacia esa época. Los cuatro cuentan, con pocas variantes, las mismas historias sobre la vida, las enseñanzas y la pasión de Jesús. En los cuatro, la figura de Judas, el apóstol traidor, es estigmatizada cada vez con más énfasis. Juan, el último de los cuatro, no puede ocultar la cólera que le produce el delator. Lo describe aferrado a la bolsa del dinero, marchándose furtivamente de la Cena hacia su castigo infernal.
Fuera del canon quedaron los relatos de evangelistas como Santiago, Bartolomé, Felipe, Tomás y Pedro. Se los consideraba apócrifos, palabra que en los primeros tiempos de la Iglesia significaba secretos u ocultos. Todos coincidían en señalar que, sin la traición de Judas Iscariote, sin los latigazos, sin la corona de espinas y la muerte en la cruz, la Redención no habría sido posible. Con esos actos se cumplían las Escrituras, en las que también se anticipa que el traidor va a recibir treinta monedas de plata.
La sombra satánica de Judas se arraigó a tal punto en la imaginación de la cristiandad que la iconografía medieval y la renacentista lo representan con la mirada huidiza, apartándose de la mesa de la Ultima Cena, separado de los otros apóstoles y aferrando la bolsa con el pago ignominioso por su crimen. En el último canto de la Commedia , Dante lo describe desgarrado por los dientes de Satanás en el círculo más hondo del infierno y, para artistas como Caravaggio y Leonardo, la fealdad de su cara y la hipocresía de su expresión fueron un reflejo de las tinieblas de su alma.
Como todos los educados en la cultura de la Iglesia de Roma, recuerdo haber leído con incrédulo asombro las Tres versiones de Judas, que Borges publicó en 1944. Es uno de los cuentos de su libro Ficciones . Allí Borges atribuye al teólogo escandinavo Nils Runeberg el descubrimiento de un Judas distinto del de los cuatro evangelios. Runeberg observa que el beso de Judas para marcar a su Maestro es un acto superfluo, por no decir inútil. No había por qué identificar a un Rabbi que predicaba con frecuencia en la sinagoga y obraba milagros ante millares de hombres. Pero, como bien señala Borges, "suponer un error en las Escrituras es intolerable". La traición de Judas, por lo tanto, dista de ser casual, y debe leerse como uno de los actos más misteriosos en la economía de la Redención.
Judas es el único de los apóstoles que intuye la divinidad de Jesús. Se rebajó a cometer la peor de las infamias sólo para que el Verbo se hiciera carne en la cruz y salvara a la humanidad. Para un joven de veinte años, los que yo tenía entonces, era una audacia, casi un escándalo, leer que el Supremo Mal se transformaba, por un malabarismo de la inteligencia, en un camino necesario para el Supremo Bien. Comenté ese estupor con algunos predicadores de mi provincia. Todos ellos coincidieron en que la tesis de Borges, creada con las armas de la razón, debía mantenerse en extremo secreto. Si por azar salía a la luz, era preciso refutarla de inmediato con las armas de la fe.
En 1978, un grupo de campesinos que buscaba tesoros enterrados en las cuevas del Egipto Medio descubrió algo mucho más valioso que el oro. Eran los libros del que más tarde sería conocido como Códice Tchacos, compuestos por un grupo de cristianos gnósticos que valoraban el conocimiento como camino esencial para llegar a Dios. Restaurar esos textos, poner un orden mínimo en el complejo rompecabezas, exigió una década de paciencia. Los papiros, resecos por la falta de cuidado, eran una parva de fragmentos minúsculos, ennegrecidos, casi ilegibles. Entre esos desechos estaba el Evangelio de Judas. Después de que National Geographic lanzó una primera edición en inglés, fue traducido a todas las lenguas occidentales.
Que el Evangelio de Judas haya sobrevivido a tantas negligencias y saqueos de los mercaderes es un prodigio. Más asombroso aún es que coincida casi letra por letra con las especulaciones de Borges.
¿Cómo pudo el autor de Ficciones adelantarse cuatro décadas a las revelaciones de un relato que, en 1944, no sólo era desconocido, sino que a la vez no estaba en la imaginación de nadie? ¿Cómo, además, fue capaz de hilar tan fino en la vislumbre de un problema teológico extremadamente complejo? Una respuesta posible es que Borges, lector atento como ninguno, pudo haber conocido, en la edición de Cambridge, los volúmenes de Adversus haereses , una minuciosa refutación de todas las herejías escrita por el obispo Ireneo de Lyon, quien, por supuesto, menciona el texto de Judas.
Según los gnósticos, que recibían su inspiración del apóstol infiel, el problema fundamental de la vida humana no es el pecado, sino la ignorancia. El único camino válido para llegar a Dios es el del conocimiento, no el de la fe, que es propia de los hombres simples y primitivos.
En el Evangelio de Judas, el apóstol se acerca a Jesús, quien lo instruye en el Gran Secreto. El Maestro no es un simple mortal. Procede de un mundo superior, situado más allá de toda comprensión. El cuerpo de Jesús no tiene una apariencia única, sino que adopta distintas formas, a voluntad. Para regresar al mundo perfecto del Espíritu, Jesús debe morir. Judas hará lo necesario para ayudar a Jesús en su tránsito a la eternidad. Al conocer el Secreto, Judas es el único discípulo que sabe. Está unido al Maestro no por las simplicidades de la fe sino por la firmeza del conocimiento. Dios es un infinito tan sublime que ninguna palabra puede describirlo. Hasta la palabra Dios es insuficiente e inadecuada para designar la Deidad.
Desde el siglo IV, el nombre de Judas quedó ligado a "judío" y "judaísmo". Se lo presentaba como el judío malvado que, con su beso traidor, había desatado los tormentos del Gólgota. Su paso fugaz por el Nuevo Testamento enciende las llamas de un antisemitismo que se prolongará por más de mil novecientos años. Susan Gubar, profesora de la Universidad de Indiana y autora de una excelente biografía de Judas, cree que la imagen del apóstol traidor y codicioso, repetida incansablemente durante centurias, fue el antecedente que permitió a los nazis justificar el exterminio de los judíos, a tal punto que, según Gubar, Judas fue para ellos "la musa del Holocausto".
Borges no aprueba ni justifica las herejías, aunque su relato, al enumerar las blasfemias, las reproduce sin censuras. Con clarividencia, advierte que sobre Judas convergen antiguas maldiciones divinas y se lamenta porque esas maldiciones, que deberían haber servido para glorificar la Redención, oscurecieron la santidad de su sentido.
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