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sábado, 9 de abril de 2011

“Los ideales de Arguedas no son arcaicos, apuntan al futuro”

Fuente La Republica

16 de enero de 2011

Este martes 18 de enero se cumplen cien años del nacimiento del escritor José María Arguedas (Andahuaylas 1911-Lima 1969). El autor de Los ríos profundos, Todas las sangres y El zorro de arriba y el zorro de abajo dejó un legado que ahora es revalorado con homenajes nacionales e internacionales y con el anuncio de la edición completa de sus estudios antropológicos. Carmen María Pinilla, estudiosa de su obra, hace aquí un acercamiento a sus ficciones, pero también a su vida atormentada, marcada por los contrastes.

Por Cynthia Campos

“Dicen que ya no sabemos nada, que somos el atraso, que nos han de cambiar la cabeza por otra mejor. Dicen que nuestro corazón tampoco conviene a los tiempos (...). Dicen que algunos doctores afirman eso de nosotros”, escribió  José María Arguedas en 1966 en un texto que tituló Llamado a algunos doctores. Líneas después, los desafiaría: “Saca tu largavista, tus mejores anteojos. Mira, si puedes. Quinientas flores de papas distintas crecen en los balcones de los abismos que tus ojos no alcanzan, sobre la tierra en que la noche y el oro, la plata y el día se mezclan”. Arguedas lanzaba así el reto: entender el ande con una nueva mirada, una que valore la riqueza de la cultura andina como la de todas las culturas que habitan el Perú, para lograr un país, como en el título de su novela, de todas las sangres.

El reto de repensar a Arguedas sigue vigente y fue el propio Mario Vargas Llosa quien recordó al autor en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura 2010. Vargas Llosa saldaba con él una deuda que tenía desde que publicó La utopía arcaica (1996) y los expertos de la obra de Arguedas, como Alejandro Ortiz Rescaniere y Rodrigo Montoya,  le salieron al encuentro. La especialista Carmen María Pinilla, miembro de la Comisión del Centenario de José María Arguedas, nos acerca a esta polémica y a la vida y obra del autor de Yawar Fiesta.

–¿Mario  Vargas Llosa ha cambiado su visión sobre la obra de José María Arguedas. Ya no la considera ‘arcaica’?

–En primer lugar, Mario Vargas Llosa admira a Arguedas. Es un admirador sincero de la obra de Arguedas y la ha estudiado a profundidad. Lo que pasa es que él considera que José María Arguedas siente alguna añoranza porque se está perdiendo la tradición andina, pero Vargas Llosa interpreta esta añoranza como un deseo de regresar a ese orden andino, de que no cambie, de que se quede congelado. Entonces, sí, pienso que con este último discurso Mario Vargas Llosa ha enmendado el calificativo de ‘arcaica’ a la utopía de Arguedas, o a los ideales de Arguedas. No son arcaicos porque los ideales de Arguedas no son regresar al pasado sino más bien utilizar valores del pasado, que existen todavía en las poblaciones actuales, herederas del pasado incaico, y que esos valores tengan una utilidad en el futuro. Por último, sería en todo caso la utopía de todas las sangres, como dijo Rodrigo Montoya.

–¿Qué hace al mensaje de la obra de Arguedas un discurso tan actual?

–Este proceso por hacer del Perú un país de todas las sangres sigue vigente y las expresiones culturales del ande también; no se opacan en absoluto con la llegada de las tradiciones occidentales. Aún ahora sucede eso. Mira, por ejemplo, en Gamarra, las creaciones de los empresarios de origen andino tienen todos los colores del ande. Fíjate en la música chicha. Nuestro idioma también está lleno de imposiciones de la cultura quechua. No es que se va a arrasar con el pasado; se está demostrando que eso no es así necesariamente. Además, Arguedas habla de segregación y discriminación, que son problemas que se viven aún ahora en todas partes del mundo, por eso lo estudian en España, en Alemania.

–Pero el mensaje arguediano ha sido aprovechado políticamente también. Alejandro Toledo, por ejemplo...

–Claro. Sin ir más lejos, también el gobierno de Fernando Belaunde. Belaunde apreció la obra de Arguedas y muchas veces se inspiró en ella, incluso lo invitó a ser director de la Casa de la Cultura. Esa es la propiedad y la actualidad de Arguedas, que es de todos y no puede ser apropiado por un partido político o un determinado sector, ya sea de derecha o de izquierda.  Es algo parecido a lo que sucedió también con la figura de Túpac Amaru en los tiempos de Juan Velasco Alvarado. Pero está bien que Toledo lo cite porque lo difunde, y en la medida que lo lees te das cuenta de que no es el mensaje de Toledo sino el de Arguedas.

Arguedas en su tiempo


–¿Cuáles son los hechos que marcan la escritura de José María Arguedas?

–Como dijo Alberto Flores Galindo, Arguedas vivió los procesos sociales más importantes del Perú en el siglo XX. Entre los 9 y 14 años vio nacer los grandes movimientos reivindicatorios del indio en la sierra. Entre los 20 y 23 años ve la serie de levantamientos de los indígenas en contra del gamonalismo, que había alcanzado altísimos niveles de explotación. Además, su padre era juez de primera instancia en Puquio y tenía que recorrer con él varias regiones en el país. Ello sin contar que, desde niño, el escritor estuvo expuesto a los contrastes. Mientras el padre salía de viaje, la madrastra en casa lo maltrataba y lo exiliaba al mundo de la cocina, con los indios. Cuando el padre regresaba, lo peinaban, lo limpiaban y lo sentaban en el comedor principal. Él pudo ver ambos mundos, del indio y del gamonal con todas las desigualdades y contrastes entre ambos, desde muy chico.

–En Lima también ve estos contrastes...

–Sí, en la década del 40 van a intensificarse los movimientos migratorios que cambian totalmente el rostro de las ciudades. Todo esto va a cambiar la situación en el ande y, coincidiendo con el empobrecimiento del agro, se produce el deseo de emigrar, de abandonar el campo, la agricultura tradicional. Esto significa un cambio total en la costa, donde Arguedas es testigo de cómo se van formando los pueblos jóvenes, las barriadas. Él frecuenta estas barriadas, tiene allí amigos músicos, folcloristas, y los visita frecuentemente. Por eso es que critica a Luis Felipe Angell (Sofocleto) cuando este publica su novela La tierra prometida, y –según Arguedas– las presenta como una realidad deformada y sin futuro. Arguedas dijo que no es así y quiso demostrarlo en su última novela El zorro de arriba y el zorro de abajo cuando presenta en el escenario del mercado a migrantes de distintas partes del Perú que caminan juntos y luchan por un proyecto común.

La realidad golpea como un río

–Se dice que uno de los mayores aportes de Arguedas ha sido revalorar la figura del indio...

–También lo creo, pero se ha prestado a exageraciones. Es un tema que le han achacado mucho, sin embargo el mismo Arguedas se defiende diciendo que él no retrata solo al indio. Él dice que para expresar al indio él tiene que expresar con la misma agudeza a los personajes que hacen del indio lo que es. Es decir, él trabaja con el mismo ímpetu al gamonal, al patrón, a los jueces, a los curas, al gendarme, etc, y los presenta a todos –incluyendo al indio– con sus virtudes y sus defectos. Su objetivo es otro. Él dice muchas veces qué es lo que le lleva a escribir. Dice que los dos grandes objetivos de su vida son mostrar una realidad desconocida –o mal conocida por los prejuicios– y luego golpear como un río la conciencia del lector. Por eso luego va a complementar su vocación literaria con la de científico social, de antropólogo.

–Una de las acciones en homenaje por el centenario es editar la obra completa de los estudios antropológicos de Arguedas. ¿Cómo va ese proyecto?

–Los esfuerzos han sido inmensos y finalmente se consiguió que el señor Humberto Damonte publique la obra antropológica de Arguedas este año, posiblemente a mediados de mayo. Mira qué importante es: la obra antropológica tiene 7 tomos, la literaria 5. Ha sido un gran trabajo, conseguir documentos de revistas, libros y archivos especializados del Perú y del extranjero.

Amistad poética

–Este año se cumple también el centenario del nacimiento del poeta Emilio Adolfo Westphalen, íntimo amigo de José María Arguedas. Usted estudió la correspondencia entre ambos. ¿Cómo era esta amistad?

–Maravillosa y alturada. En mi libro Apuntes inéditos. Celia y Alicia en la vida de José María Arguedas se reúnen numerosas cartas, muchas de ellas de Emilio Adolfo Westphalen. Y es que cuando ellos se escribían había siempre una parte dirigida a los amigos y otra parte para  las esposas. Se dirigían o bien a Celia o bien a Judith Ortiz Rescaniere, artista plástica, hermana de José Ortiz Reyes, otro gran amigo de Arguedas. En esas cartas se habla de literatura, de política. Además, cuando Arguedas está con sus alumnos quechuahablantes les da a leer poemas de Westphalen. Es un amigo muy tierno. Arguedas se preocupa mucho por las hijitas del poeta, Silvia e Inés. Se ayudan, se aconsejan.

–También se burlan de Pablo Neruda.

–(Ríe). Sí, les parece horroroso el poema que hace Neruda a Machu Picchu.

–Las mujeres jugaron un rol importante en la vida amorosa de Arguedas, pero parece quejarse siempre...

–Lo que pasa es que Arguedas era enamoradizo y enamorador. Su primer gran amor fue Celia Bustamante Vernal, pero antes tuvo varias relaciones, no tan fuertes. José María y Celia, que ya se habían conocido en la peña Pancho Fierro, se enamoran cuando ella lo visita y ayuda en la prisión El sexto, en compañía de su hermana Alicia, quien pertenecía a Socorro Rojo (organismo del Partido Comunista). Arguedas estaba preso por protestar contra un general fascista que visitó San Marcos. Viven 26 años de un matrimonio feliz para todos los que los conocieron. Pero él frecuentemente se queja de insatisfacción. A la par, tiene varios amoríos que no llegan a nada. Solo uno es importante, el romance que tiene con Vilma Ponce, en Apata (Junín), que lo ayuda a terminar Los ríos profundos. Finalmente, se enamora de Sybila Arredondo, pero también se queja de insatisfacción. Con todo, cuando él se siente decaído, enamorarse e ilusionarse le despierta la chispa de la vida.

–Pero la depresión le gana a la ilusión.

–Es característico de su tipo de personalidad. Esta personalidad que tiene sentimientos de muerte, que luego de la muerte de la madre vive en ambientes amenazantes. Con un padre casi ausente, tendrá luego problemas para mantener vínculos afectivos estables. Va siempre buscando a la mujer perfecta, virginal, algo que, evidentemente, no se puede alcanzar.

Las crisis

–Otra mujer, su terapista Lola Hoffmann, es fundamental también.

–Sí, a partir de los años 60 él comienza terapia con Lola Hoffman. Arguedas dice que es ella quien le da el empuje para terminar su matrimonio con Celia. Pero luego Lola entrará en crisis también; muere su pareja sentimental y luego tendrán que quitarle un ojo por un problema de glaucoma. Esto afecta a Arguedas profundamente; su temperamento es bastante sensible.

–Bastante sensible a las críticas también. La mesa redonda sobre Todas las sangres en el año 65 lo hirió de muerte...

–Esas críticas en el Instituto de Estudios Peruanos fueron devastadoras, pero no creo que hayan sido determinantes de su decisión de suicidio. Su situación afectiva, el problema de Lola Hoffmann –su ‘mama Lola’–, la situación política y social, el hecho de que siente que otros han hecho cosas mejor que él –como la traducción de los mitos de Huarochirí–, todo ello hace que no soporte más. Es curioso, en el psicoanálisis se ve que las personas que han tomado esta decisión radical sienten tranquilidad. Eso al parecer le ocurrió a Arguedas pues antes de morir hizo llamadas para despedirse de sus seres queridos, dio recomendaciones, escribió cartas.

Lo que dice en el último diario, incluido en El zorro de arriba y el zorro de abajo, lo corrobora. “He sido feliz en mis llantos y lanzazos porque fueron por el Perú; he sido feliz con mis insuficiencias porque sentía el Perú en quechua y en castellano (...). En la voz del charango y de la quena lo oiré todo”. Sí lo oyó. Pero fue después de que sus amigos trasladaron su cuerpo a escondidas para que fuera enterrado en su tierra, Andahuaylas. Lo oyó todo:  las danzas, los charangos, las quenas y los cantos.

En el Perú y el extranjero

El martes 18, el Congreso de la República realizará un homenaje a José María Arguedas, que será iniciado con la parte musical de Máximo Damián y Jaime Guardia. Seguirán las ponencias de expertos como Carmen María Pinilla. El miércoles 19, se inaugurará la muestra bibliográfica ‘Poética de un demonio feliz’, en la Biblioteca Nacional. Allí mismo se abrirá la mesa redonda ‘Literatura y realidad andina en la obra de José María Arguedas’. El mismo día, la Universidad Agraria de La Molina rendirá otro homenaje, también con mesas redondas y testimonios. La revaloración de la obra del autor de Agua también será internacional. En Cuba ya se alista otra serie de actividades, convocada por la Casa de las Américas. En Roma, la Asociación Cultural Nuevo Horizonte también prepara un homenaje.

lunes, 7 de febrero de 2011

Arguedas y El Sexto: literatura tras el encierro


Fuente:Blog Huella Digital de El Comercio

24 de enero de 2011

José María Arguedas fue un gran escritor peruano, reconocido por su brillante narrativa a lo largo de su vasta obra, es autor de grandes títulos como “Los ríos profundos, “Todas las sangres” o “El zorro de arriba y el zorro de abajo”, novela publicada en 1971, dos años luego de su penosa partida, el 28 de noviembre de 1969. Sin embargo, existe un libro en particular que guarda una relación especial con sus más célebres novelas y que nace del encierro al que fue sometido el escritor entre los años 1937-1938. El Sexto fue el reclusorio que albergó a Arguedas y que también inspiró el título del libro publicado en 1961.
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En el relato podemos encontrar diferentes matices sobre la realidad que vivía el Perú en aquella época y que siguen latentes en el contexto de las cárceles actuales. Los diferentes personajes son negros, mestizos, asiáticos o criollos pero comparten una característica esencial, la marginalidad. El Sexto transcurre en un espacio claustrofóbico, donde los bandos de limeños y chalacos se disputan el control del penal.
Así encontramos personajes como Puñalada, quien administra una “celda-burdel”; Maravi, un siniestro presidiario; Cámac, apresado por sus ideas políticas; El Piurano, conocido por su imponente fuerza; El Japonés y Pacasmayo, representando a los reos asiáticos y criollos, respectivamente.
Además de Gabriel, personaje principal de la obra y que personifica lo vivido por José María Arguedas en el penal. Estos reclusos también reflejan la crisis social de aquellos tiempos, cuando el militarismo ejercía el poder en nuestro país.
"Su ojo sano era como una estrella, por la limpieza y la energía” […] “–Sí –le dije–. Cámac era distinto; su único ojo tenía más poder y claridad que los dos de todos nosotros. Era tierno y enérgico como nuestras cordilleras”.
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Las ideas políticas son plasmadas en Alejandro Jiménez Cámac, un campesino obligado a trabajar en los socavones de Cerro de Pasco por el voraz avance de las empresas mineras. Se convierte en comunista, para luego empezar a organizar huelgas contra el imperialismo que le arrebató sus tierras.
Acusa a los poderosos de ser quienes inventaron falsos crímenes contra él para ponerlo tras las rejas. Su muerte en el reclusorio fue motivo de solidaridad con los otros presos políticos, los apristas.
“El coro de insultos me recordó de pronto uno de los días más grandes de mi infancia (...) Yo volví a ver en esos instantes, en la memoria, la marcha de los cóndores cautivos por las calles de mi aldea”.
El Sexto, a pesar de desarrollarse en medio de la ciudad limeña, tiene un singular nexo con la cosmovisión andina tan propia de Arguedas. Gabriel evoca su niñez serrana en algunos momentos de la obra, por ejemplo, cuando llueve en el presidio y rememora el lugar donde creció.
Los días de libertad acechan no sólo al protagonista, sino también a los demás presos que ven en sus remembranzas el mejor escape de la triste realidad penitenciaria.
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Es así como esta novela presenta una suerte de autobiografía del autor, en donde la cruda realidad de la cárcel se junta con la supervivencia de los reos que cobija en sus celdas.
José María Arguedas siempre será recordado por analizar con suma particularidad el mundo andino. Muchos críticos literarios coinciden en señalar la férrea relación entre su vida y obra, además de los contrastes entre sus personajes.
El escritor también hace uso de la antropología y etnología, dos grandes pasiones que se reflejan en sus escritos. En definitiva, Arguedas nos presenta un universo personal, con un lenguaje propio y único, una Utopía Arcaica como diría otro grande de la literatura peruana, Mario Vargas Llosa.
(Iván Gonzales Geldres)
Fotos: Archivo Histórico El Comercio

miércoles, 19 de enero de 2011

Arguedas y la mesa redonda del IEP


La República
19 de enero de 2011
Por Antonio Zapata

Poco después de publicar su famosa novela Todas las sangres, José María Arguedas participó de una mesa redonda en el Instituto de Estudios Peruanos (IEP), para discutir con un destacado grupo de críticos y científicos sociales. Con la excepción del lingüista Alberto Escobar, los demás participantes criticaron frontalmente la obra. El argumento más empleado fue que no reflejaba el presente ni el futuro del país, sino que constituía un trozo de su pasado.

Por ejemplo, el destacado antropólogo Henri Favre sostuvo que la novela estaba construida sobre temas de etnia y casta, cuando en la realidad peruana de esos días primaban los problemas de clase. Donde Arguedas veía indígenas, él observaba campesinos. Uno a uno los intelectuales lo fueron arrinconando y Arguedas se defendió como pudo.

Ante la silenciosa presidencia de Luis E. Valcárcel, Arguedas sostuvo que el Perú era muy diverso, que había regiones más desarrolladas que otras, pero que el gamonalismo a la antigua no había desaparecido ni de Cusco ni de Apurímac y que ahí estaba situada su novela. Pero se fue callando, hasta que Aníbal Quijano resumió las críticas y con su habitual consistencia demolió la visión de la sociedad peruana planteada por la novela. Antes de silenciarse, Arguedas en un momento exclamó: “¡Entonces he vivido en vano!”, expresando que si no entendía al Perú y su obra no era una contribución, sino lo contrario, se sentía sobrante en este mundo.

En realidad, esos eran sus sentimientos cuando esa misma noche anotó en su diario que estaba deshecho. Un grupo de científicos sociales le había explicado que no servía para nada, ni para novelista. Él sintió que le faltaban fuerzas y dio vueltas alrededor de la idea del suicidio, pidiéndole perdón tanto a Celia como a Sybilla. Pero no se mató esa noche, lo haría cuatro años después.

Por lo tanto, bastante se ha escrito sobre la relación entre los dos acontecimientos, la discusión en el IEP y el suicidio de Arguedas.

La segunda edición de la mesa redonda fue prologada por Guillermo Rochabrún, quien analiza cómo y por qué en el IEP no hubo un diálogo fecundo, sino más bien plagado de incomprensiones. Aparentemente todo está claro y no hay más que decir, la mayoría de los participantes ha fallecido y los que sobreviven no han querido abundar.

Pero quisiera plantear otra lectura de los hechos. Pienso que sí hubo creatividad. En todo caso, Arguedas les hizo caso y planteó su siguiente novela en la costa, en el puerto pesquero de Chimbote, donde se estaba dando la fusión entre el Perú criollo y el andino, que los científicos sociales le habían subrayado como el verdadero proceso social del país. Arguedas fue en busca de la problemática cuya ausencia le habían criticado.

Gracias a su sensibilidad, Alberto Escobar captó la conexión entre la mesa redonda y la última novela sobre los Zorros, en el prólogo que escribió para la primera edición de esa célebre reunión. Casi a la pasada menciona que Arguedas procesó el debate, al encarar la problemática de Chimbote. De esta manera, se habría sobrepuesto al mal sabor que le dejó esa tarde. Al suicidarse pocos años después, se quebraron sus fuerzas y se desataron viejas dolencias. Pero la mesa redonda no fue el acontecimiento que lo desmoronó, sino por el contrario, le dio alas a su última empresa intelectual.

El desgarro de esta novela postrera y la narración inconclusa –intercalada con los diarios que anuncian la muerte del autor–pueden leerse como una lucha final, una agonía, para emplear el término en su significado unamuniano. Por un lado, la racionalidad para comprender al nuevo Perú, y por el otro, sus crónicas angustias vitales, que se impusieron y lo llevaron al suicidio. Así, los Zorros de El zorro de arriba y el zorro de abajo serían los últimos vástagos de la mesa redonda del IEP. 

viernes, 14 de enero de 2011

He vivido en vano

Publicado en El Comercio, suplemento especial

Domingo 9 de Enero del 2011
J. M. Arguedas (1911-1969). Cuatro años después de las mesas redondas organizadas en 1965 por el Instituto de Estudios Peruanos (IEP) –donde se dijo que su novela “Todas las sangres” no era aprovechable sociológicamente–, Arguedas decidió quitarse la vida.
"Creo que hoy mi vida ha dejado por entero de tener razón de ser. Destrozado mi hogar por la influencia lenta y progresiva de incompatibilidades entre mi esposa y yo; convencido hoy mismo de la inutilidad o impracticabilidad de formar otro hogar con una joven a quien pido perdón; casi demostrado por dos sabios sociólogos y un economista, también hoy, de que mi libro “Todas las sangres” es negativo para el país, no tengo nada que hacer ya en este mundo.

Mis fuerzas han declinado creo irremediablemente.

Pido perdón a los que me estimaron por cuanto de incorrecto haya podido hacer contra cualquiera, aunque no recuerdo nada de esto. He tratado de vivir para servir a los demás. Me voy o me iré a la tierra en que nací y procuraré morir allí de inmediato. Que me canten en quechua cada cierto tiempo donde quiera se me haya enterrado en Andahuaylas, y aunque los sociólogos tomen a broma este ruego –y con razón– creo que el canto me llegará no sé dónde ni cómo.

Siento algún terror al mismo tiempo que una gran esperanza. Los poderes que dirigen a los países monstruos, especialmente a los Estados Unidos, que, a su vez, disponen del destino de los países pequeños y de toda la gente, serán transformados. Y quizá haya para el hombre en algún tiempo la felicidad. El dolor existirá para hacer posible que la felicidad sea reconocida, vivida y convertida en fuente de infinito y triunfal aliento.

Perdón y adiós. Que Celia y Sybila me perdonen,

José María Arguedas.

(El quechua será inmortal, amigos de esta noche. Y eso no se mastica, solo se habla y se oye)."