Publicado en La Primera
14 de febrero de 2010
Por César Hildebrandt
El peruano Jorge Miota fue quien, según diversos testimonios, acuñó y difundió la palabra “huachafo” como sinónimo aproximado de cursi o de mal gusto.
El otro día, en busca de un libro perdido, encontré aquel que escribió Willy Pinto Gamboa, colaborador cercano de Luis Alberto Sánchez, sobre Miota y la huachafería.
Pinto lo tituló “Lo huachafo: trama y perfil” y añadió este paréntesis: “(Jorge Miota: vida y obra)”.
El ejemplar que encontré me está dedicado y sólo mi distraída ingratitud pudo ponerlo en el estante del tercer piso, donde están los libros aparentemente menos necesarios.
Willy Pinto Gamboa fue una de las mejores personas con las que me he tropezado.
Era bastante mayor que este cronista, había estudiado en España, amaba la poesía de Pedro Salinas, era catedrático universitario y se había casado con una hermosa española que adoraba y con quien vivía en la urbanización Palomino.
Pinto me visitaba en “Caretas” cada semana y charlábamos de aquello que hoy escasea tanto: lecturas, autores, fobias y filias literarias. Era ameno, divertido y muchas veces certero y coincidíamos en nuestra adicción por el siglo de oro español.
Hace algunos años –lo supe estando lejos, como casi siempre: lejos- a este escritor, crítico e investigador se le murió la mujer, que sufría de un mal crónico del corazón.
Me contaron que, poco tiempo después, a Pinto lo mató una tristeza disfrazada de algún tipo de Cáncer. Porque, como ustedes saben, el Cáncer es muchas veces un seudónimo de la depresión.
Recordando a este hombre ejemplar que pasaba por mi oficina para hablar de literatura, he leído recién, de cabo a rabo, este libro sobre Miota publicado en 1981 (uno de los mejores trabajos de Pinto, a pesar de los innumerables descuidos del corrector).
Miota es uno de esos personajes que a Pinto le encantaba resucitar. Porque Pinto escarbaba en el olvido y de allí sacaba a los marginados, los preteridos, los pequeños malditos que a nadie entusiasmaban.
Miota fue el primero en usar la palabra “huachafo” y eso sucedió alrededor de 1908 en la revista “Actualidades”.
Todo indica que se trata de un préstamo creativo tomado del Colombianismo “guachafa”, que describe el bullicio, la bronca y el desorden y que, en algún momento no demasiado precisable, significó también algo así como fiesta ruidosa.
Y el origen de todo esto, según lo que le contó Estuardo Núñez a Martha Hildebrandt, tiene barrio y sede limeños.
Sucede que a comienzos de 1890 se afincó en Lima, cerca del cuartel Santa Catalina, una familia Colombiana de clase media más o menos arruinada.
Sucedió también que las muchachas casaderas de esa familia numerosa organizaban fiestas, entre estruendosas y desmedidas, que llamaban “guachafas”. Mucho más temprano que tarde “guachafas” ya no eran las veladas sino quienes las planeaban.
De modo que los solteros próximos al solar eran asiduos de estas “guachafas” deseosas de prosperar o establecerse por su cuenta.
De cualquier modo, pocos son los que le niegan a Miota el mérito de suavizar el diptongo original con una “h” y de oficializar el término “huachafo” para describir, fundamentalmente, aquello que imita sin éxito, que exhibe sin rubor, que pretende ser lo que no es (ni puede ser: de allí el carácter violento y condenatorio del término).
Jamás pensó Miota que la palabra adquiriría tal autoridad e involucraría a universos tan amplios y diversos.
Porque, como alguna vez reconoció el mismísimo Mario Vargas Llosa en un magistral artículo, es imposible, para cualquier peruano, librarse por completo de la huachafería, entendida como ese modo histriónico de aparentar.
Cuando Vargas Llosa escribió ese artículo –agosto de 1983-, Lima no tenía a “Eisha” como “capital del verano” –qué frase más huachafa-, ni a “Tongo” como emblema de la Telefónica –una de las empresas más huachafientas en cuanto a su publicidad-, ni a los hermanitos Yaipén como símbolos, ni a Bayly como expresión liberal.
Hoy Vargas Llosa tendría que reeditar y ampliar su Atlas de la huachafería. Hoy el Perú es tan huachafo, tan repulsivamente huachafo a veces, que el buen gusto parece una melancolía.
En 1983 hasta la pretensión de no ser huachafo pasaba por huachafería. Hoy los huachafos han salido del armario y han tomado el poder. Nadie huye hoy de la huachafería. Al contrario: se la ha adoptado porque se ha impuesto y porque es rentable. La prensa “no huachafa”, por ejemplo, parece condenada a la miseria. La TV “no huachafa” ha dejado, sencillamente, de existir.
¿Qué no es huachafo en el Perú? Nada. Hasta Dios es huachafo en el Perú del siglo XXI. Y basta con encender uno de esos programas religiosos perpetrados por sectas cristianas para entender que el cielo también ha sido tomado por asalto.
Pero volviendo a Miota, ese desconocido, habría que decir algunas cosas.
Miota González nació en Apurímac en 1870. Su padre fue militar y murió, con el grado de teniente coronel, en la heroica resistencia de San Juan y Miraflores de enero de 1881.
Miota, de ascendentes vascos, escribió numerosos artículos de tono modernista en “Actualidades”, “El Comercio”, “Prisma” y “Monos y monadas”.
Fue coetáneo y amigo de los hermanos García Calderón, de Enrique Carrillo (“Cabotín”), de José de la Riva Agüero, de Leonidas Yerovi y, entre otros, de Clemente Palma.
Fue Palma, precisamente, quien en 1913 escribió un artículo titulado “El caso del escritor señor Miota”.
La solemnidad del título tenía más de compasión que de avaricia. Porque se trataba de ventilar, por primera vez en público, la locura irremediable que había terminado por minar a Miota.
Dos años antes, en 1911, Miota se había presentado ante la embajada peruana en París y le había pedido a su amigo Francisco García Calderón, segundo secretario, una carta de recomendación para Rubén Darío. García Calderón, benévolo y distante, le dio gusto.
En su mensaje, Miota le pedía a Darío el pago de una mensualidad inverosímilmente “prometida” por el nicaragüense.
En enero de 1913, en Lima, Miota tocó la puerta de la legación diplomática de Francia y solicitó la nacionalidad francesa.
Cuando el representante del gobierno francés le preguntó en qué basaba su solicitud, Miota le contó que “en París, tiempo atrás, había sido víctima de un encantamiento” y que, por lo tanto, “merecía alguna compensación”.
Cuando Clemente Palma trató el tema ya Miota había Estado internado en un manicomio y su caso había derivado al terreno judicial porque el escritor había acusado a su madre y a un par de doctores “de secuestro”.
Nadie sabe cómo hizo Miota para convencer a su doliente madre de que debían viajar a Buenos Aires. Eso fue en 1916 y a partir de allí su rastro se pierde por completo.
Hasta la fecha de su muerte resulta incierta –unos la sitúan en 1925 y otros al año siguiente-, aunque no parece haber duda de que jamás se recuperó y que debió pasar muchas penurias. Tantas, en todo caso, como las que le amargaron la infancia a raíz de la muerte de su padre.
En el libro de Pinto hay una especie de homenaje final, entre irónico y sombrío, al acuñador del concepto “huachafo”.
Como no se sabe si Miota murió en un hospital general o en una casa de salud mental de Buenos Aires, Pinto plantea la duda citando palabras sacadas del propio paciente:
“...aunque es muy posible –escribe Pinto- que su vida se haya extinguido ‘entre negras rejas, delante de las cuales Hipócrates y Galeno marmorizados hacen su perpetua guardia’,... o ‘entre las paredes de una casa de insania, que regula a extraños autómatas’...”
Frases tan decoradas y chirriantes pertenecen a un artículo de Miota escrito para “El Comercio” 25 años antes de su muerte. El tema central de ese artículo era el manicomio estatal de Lima.
Profecía huachafa y trágica a la vez.
domingo, 14 de febrero de 2010
miércoles, 10 de febrero de 2010
TODOS VUELVEN...A PLAGIAR
Martes, mayo 15, 2007
Por Jose Alejandro Godoy
Blog Desde el Tercer Piso
Se descubre otro plagio más de Alfredo Bryce Echenique
Perú.21 sigue en su investigación sobre las evidencias que apuntan a que el escritor Alfredo Bryce Echenique ha cometido varios plagios a lo largo del último año, en que se desempeñó como columnista del diario El Comercio.
Hoy hemos podido conocer que Bryce plagió un artículo del diario La Vanguardia de España, escrito por Jordi Urgell García, quien es investigador de la Escuela de Cultura de Paz de la Universidad Autónoma de Barcelona. Este artículo era una opinión sobre las pretenciones reeleccionistas de ex gobernantes cuestionados en América Latina, cuyo título nos debe sonar familiar: Fujimori no es la excepción. El texto fue publicado el 5 de diciembre de 2005.
El artículo de Bryce, denominado Todos Vuelven, fue publicado en febrero de 2007 en El Comercio. Palabras más, palabras menos, copia párrafos enteros del texto de Urgell, como he podido verificar de la comparación de ambos textos.
Este constituye el noveno caso de plagio encontrado al escritor peruano en el último año. Anteriormente, diarios y blogs habían señalado la existencia de ocho artículos copiados de textos publicados con anterioridad. La única declaración extensa de Bryce ha sido penosa: acuso de un complot fujimontesinista a quienes pusieron al descubierto los engaños.
Como diría su gran amigo, Joaquín Sabina, llueve sobre mojado.
MAS SOBRE EL TEMA:
Carta de Alfredo Bryce, donde sigue esgrimiendo la tesis de la campaña en su contra.
Ivan Thays defiende a Bryce en el reaparecido Notas Moleskine.
martes, 9 de febrero de 2010
La deuda con Tomás Eloy Martínez
Por Juan Gargurevich
La Primera
No tuve la fortuna de tratar personalmente al maestro Tomás Eloy Martínez, cuyas biografías inundan las páginas de periódicos de todo el mundo. Y con justa razón porque pocos como él hicieron tanto por el desarrollo del periodismo moderno latinoamericano.
Pero sí lo conoció y fue su alumno mi hijo literato, Eduardo, en los años ochenta en la Universidad de Maryland. Martínez dictaba el curso de historia de la literatura latinoamericana pero sus clases, charlas, iban más hacia la pasión por la escritura y su proyecto que culminaba por entonces y que llamaría finalmente “La novela de Perón”. Con su esposa, la escritora venezolana Susana Rotker, encandilaban a sus alumnos con sus historias, anécdotas y reflexiones sobre la novelística. Y por supuesto, Perón era muchas veces el personaje central de la charla. “No olvidaré” –me escribe Eduardo- “cuando nos contó en detalle, entre emocionado y divertido, aquel momento en que según Perón, Evita le tocó la manga y le susurró: “Coronel… gracias por existir” con lo que conquistó su corazón”.
El mismo Tomás Eloy Martínez gustaba de citar a Sartre cuando describía los ánimos de los lectores: “El texto se convierte en otro cuando alguien lo lee” y el caso de La Novela de Perón cae como anillo al dedo como ejemplo de lecturas personales. Sin duda, los argentinos lo leyeron desde su amplia gama de visiones de la historia, desde ultraderechistas hasta Montoneros radicales; los otros como nosotros, periodistas nomás, encontramos en ese texto las bases para decidir cuánto de Nuevo Periodismo había en la práctica latinoamericana desde el siglo diecinueve partiendo con José Martí, pasando por Mariátegui y Valdelomar, Tealdo, Thorndike…
Ya el epígrafe que eligió fue una declaración significativa porque citó el prefacio de Hemingway a “París era una fiesta”, donde dice: “Si el lector lo prefiere, puede considerar este libro como una obra de ficción. Siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción deje caer luz sobre las cosas que antes fueron narradas como hechos”.
Por eso nos interesó tanto el planteamiento del periodista que insistía en que una cosa es usar las herramientas del periodismo -entrevista, reportaje- de tal manera que podía hacer creer que lo que se contaba era cierto; pero no, decía, no era cierto, era una manera de contar.
Pero Martínez contaba cosas, sucesos verdaderos, que habían sido de tal complejidad que era imposible hacerlo con una narración lineal. Lean, por ejemplo, la descripción del alucinante escenario de la espera del retorno de Perón, en Ezeiza, el aeropuerto bonaerense. Una masa inmanejable de casi tres millones de fanáticos en episodio que culmina con una masacre de peronistas radicales por militares enloquecidos.
En fin, hay mucho que leer de Tomás Eloy Martínez. Pueden comenzar con este texto "La Novela de Perón" Aquí
La Primera
No tuve la fortuna de tratar personalmente al maestro Tomás Eloy Martínez, cuyas biografías inundan las páginas de periódicos de todo el mundo. Y con justa razón porque pocos como él hicieron tanto por el desarrollo del periodismo moderno latinoamericano.
Pero sí lo conoció y fue su alumno mi hijo literato, Eduardo, en los años ochenta en la Universidad de Maryland. Martínez dictaba el curso de historia de la literatura latinoamericana pero sus clases, charlas, iban más hacia la pasión por la escritura y su proyecto que culminaba por entonces y que llamaría finalmente “La novela de Perón”. Con su esposa, la escritora venezolana Susana Rotker, encandilaban a sus alumnos con sus historias, anécdotas y reflexiones sobre la novelística. Y por supuesto, Perón era muchas veces el personaje central de la charla. “No olvidaré” –me escribe Eduardo- “cuando nos contó en detalle, entre emocionado y divertido, aquel momento en que según Perón, Evita le tocó la manga y le susurró: “Coronel… gracias por existir” con lo que conquistó su corazón”.
El mismo Tomás Eloy Martínez gustaba de citar a Sartre cuando describía los ánimos de los lectores: “El texto se convierte en otro cuando alguien lo lee” y el caso de La Novela de Perón cae como anillo al dedo como ejemplo de lecturas personales. Sin duda, los argentinos lo leyeron desde su amplia gama de visiones de la historia, desde ultraderechistas hasta Montoneros radicales; los otros como nosotros, periodistas nomás, encontramos en ese texto las bases para decidir cuánto de Nuevo Periodismo había en la práctica latinoamericana desde el siglo diecinueve partiendo con José Martí, pasando por Mariátegui y Valdelomar, Tealdo, Thorndike…
Ya el epígrafe que eligió fue una declaración significativa porque citó el prefacio de Hemingway a “París era una fiesta”, donde dice: “Si el lector lo prefiere, puede considerar este libro como una obra de ficción. Siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción deje caer luz sobre las cosas que antes fueron narradas como hechos”.
Por eso nos interesó tanto el planteamiento del periodista que insistía en que una cosa es usar las herramientas del periodismo -entrevista, reportaje- de tal manera que podía hacer creer que lo que se contaba era cierto; pero no, decía, no era cierto, era una manera de contar.
Pero Martínez contaba cosas, sucesos verdaderos, que habían sido de tal complejidad que era imposible hacerlo con una narración lineal. Lean, por ejemplo, la descripción del alucinante escenario de la espera del retorno de Perón, en Ezeiza, el aeropuerto bonaerense. Una masa inmanejable de casi tres millones de fanáticos en episodio que culmina con una masacre de peronistas radicales por militares enloquecidos.
En fin, hay mucho que leer de Tomás Eloy Martínez. Pueden comenzar con este texto "La Novela de Perón" Aquí
Tomás Eloy: el escritor que nos acercó a la verdad
El Nuevo Día de Puerto Rico
Carlos Fuentes da testimonio de un encuentro de extensa vida con su homólogo argentino.
Por Carlos Fuentes / La Nación/GDA
México- Conocí a Tomás Eloy Martínez en el lejanísimo verano de 1962 y en un balcón suspendido sobre la avenida Quintana. En Buenos Aires. En compañía de Augusto Roa Bastos, Ernesto Sábato y Francisco Petrone. Admirando a nuestra anfitriona, la bellísima señora de Galli Mainini. Temerosos de que el balcón no aguantara nuestro peso. Porque, como la República Argentina, el balcón crujía.
Lo abandonamos en aras de la supervivencia, pero también porque nuestra juventud estaba llena de proyectos de vida y trabajo que no merecían terminar destrozados en las aceras de la bella capital argentina. Para mí, la más bella ciudad de América latina.
Gracias a que el balcón no se cayó pudimos disfrutar, durante el siguiente medio siglo, de una obra, la de Tomás Eloy Martínez, terrible y hermosa, puntual e imaginativa, recreación literaria de esa interrogante humana y política que llamamos “la Argentina”.
De “La novela de Perón” a “Purgatorio”, pasando por “Santa Evita”, “El vuelo de la reina” y “El cantor de tango”, Tomás Eloy nos indica que si sólo pudiéramos vernos dentro de la historia, sentiríamos terror. Para superarlo, el novelista que fue -que es- Tomás Eloy no niega la historia, sino que la resucita, la transforma, la reinventa para hacerla no sólo visible, sino comprensible.
Tomás Eloy Martínez escribió la historia de un país latinoamericano autoengañado, que se imaginó europeo, racional, civilizado, y un día amaneció sin ilusiones, tan latinoamericano como México o Venezuela, tan brutalmente salvaje como sus dictadores militares, tan brutalmente corrupto como sus políticos, tan ciego como todos ante las poblaciones de la miseria que fueron bajando hasta las avenidas porteñas, donde hoy recogen basura a la medianoche para comer.
Por decir esto, en “La pasión según Trelew”, Tomás Eloy fue perseguido y debió exiliarse. Su última novela, “Purgatorio”, viene siendo un espléndido resumen del terror, la imaginación y la esperanza argentinos.
En “Purgatorio”, Tomás Eloy Martínez se propuso darle relevancia literaria a un tema que pesa sobre la política argentina: los desaparecidos, las prácticas brutales de la dictadura militar de los años 1976 a 1981; prácticas llamadas, con eufemismo delirante, Proceso de Reorganización Nacional. Apresar disidentes; torturarlos en presencia de sus mujeres e hijos; asesinar a toda persona sospechosa de leer, pensar o actuar de una manera desaprobada por la dictadura; secuestrar niños, darles otro nombre y familia distinta.
Tan odiosa violación de la persona puede ser denunciada en un diario, en un discurso, en una manifestación. ¿Cómo incorporarla a una ficción, cuando la realidad rebasa cuanto la literatura puede imaginar?
“Purgatorio” relata la historia de una mujer, hija de un magnate argentino que apoya a la dictadura y participa de sus diversiones, hasta el grado de invitar a Orson Welles a filmar el campeonato mundial de fútbol, como Leni Riefensthal filmó los juegos olímpicos de Berlín en 1936, bajo el régimen nazi. Emilia Dupuy, la hija del magnate, está casada con un cartógrafo, Simón Cardoso, obligado profesionalmente a recorrer el país, midiéndolo. La policía de la dictadura lo confunde con un terrorista y lo hace desaparecer.
¿Dónde buscar a un “desaparecido”? Desesperada, Emilia sigue todos los itinerarios que su marido pudo tomar: Brasil, Venezuela, México y, al cabo, los Estados Unidos, hasta el día en que, establecida en una pequeña ciudad universitaria de Nueva Jersey, Emilia reencuentra a su marido perdido.
Sólo que él sigue siendo un hombre de 30 años y su reaparición va a destruir la costumbre de Emilia: vivir recordando la ausencia del único hombre que amó y que, ahora, regresa con “una sonrisa llegada de muy lejos”.
No diré más. Sólo añadiré que Orson Welles pone como condición para aparecer en la película que los militares hagan aparecer a los desaparecidos, ya que, en la novela, como en el cine, se pueden crear todas las realidades posibles, imaginar lo que aún no existe y detener el tiempo.
Tomás Eloy Martínez buscó -y encontró- en la novela la realidad de lo que la historia ha olvidado. Y puesto que la historia ha sido lo que ha sido, la literatura nos ofrece lo que la historia no siempre ha sido y, a veces, lo que nunca ha dicho. En la obra de Tomás Eloy, el lenguaje, portador de duda frente a la ideología, la certeza religiosa, el conformismo moral o la mascarada política, no puede dejar de lado ni a la ideología, ni a la religión, ni a la moral ni a la política. La diferencia estriba en que la novela no puede ser dominada por ninguna de las cuatro. Por el contrario, puede presentar ideología, religión, moral o política como problemas, abriéndole la puerta a la interrogación, elevando el techo de la imaginación, descendiendo al sótano de la memoria y, sobre todo, dejando la ventana abierta a la palabra de Pascal: “Vengo a proponerles una duda”.
La riqueza de la cultura argentina contrastaba con la pobreza de su vida política y económica. Tal es el enigma de esa gran nación, planteado una y otra vez en la obra de Tomás Eloy: ¿por qué, teniéndolo todo, la Argentina acaba teniendo nada? ¿Por qué la cultura vigorosa e ininterrumpida de la República del Plata no le da vigor y continuidad a su vida política?
Quizá Tomás Eloy Martínez nos advierta, desde su vida, desde su muerte, que cuando al cabo entendemos nuestra miseria, podemos entender sus abismos y sus cumbres y, a partir de ello, conocer la verdad.
Tomás Eloy Martínez, como pocos, nos acercó a la verdad. Huidiza, interminable. Como la libertad misma.
El autor es escritor; su última novela es Adán en Edén
Con Tomás Eloy
La República
Dom, 07/02/2010
Por Federico de Cárdenas
Ocurrió en 1998. Unos 15 colegas del continente asistimos a un taller de periodismo narrativo organizado por la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) en Cartagena. Por el Perú, además de quien escribe, estaba Marco Zileri. Lo que más me interesó fue que estaría a cargo de Tomás Eloy Martínez. Por entonces había leído, fascinado, La novela de Perón y Santa Evita, en las que volcaba su oceánico conocimiento del peronismo hacia la ficción. Pero conocía también la impecable trayectoria de su autor, antiguo crítico de cine y hombre progresista vinculado a los mejores medios surgidos en su país a partir de los 60 y que tuvo que partir amenazado de muerte. Tomás pasó los años de la dictadura en Venezuela, donde fundó El Diario de Caracas, como luego Siglo XXI de Guadalajara y otros.
Nunca se sabe si los autores coinciden con la imagen que el lector se hace de ellos a través de sus libros. En el caso de Tomás, la continuidad era absoluta y la simpatía y sencillez de su trato conservaban algo de su nativa provincia tucumana. Se preciaba de haber podido mantener la amistad de GGM y MVLL y seguía intacta su afición por el cine (proyectó Los olvidados como parte del cursillo). Estaba instalado en la U. de Rutgers (Nueva Jersey) en la que dirigía la sección de Estudios Latinoamericanos y encontraba tiempo para escribir. De Cartagena traje la primera entrevista que se publicó con él en un medio local y nos despedimos hasta Lima.
Ese viaje nunca se concretó , pero seguí leyéndolo: su novela El vuelo de la reina y su notable libro de crónicas Lugar común la muerte. Ahora que el cáncer se lo ha llevado a los 75 engarzo estos recuerdos. Fue un buen escritor, un maestro del periodismo y un espléndido ser humano.
Dom, 07/02/2010
Por Federico de Cárdenas
Ocurrió en 1998. Unos 15 colegas del continente asistimos a un taller de periodismo narrativo organizado por la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) en Cartagena. Por el Perú, además de quien escribe, estaba Marco Zileri. Lo que más me interesó fue que estaría a cargo de Tomás Eloy Martínez. Por entonces había leído, fascinado, La novela de Perón y Santa Evita, en las que volcaba su oceánico conocimiento del peronismo hacia la ficción. Pero conocía también la impecable trayectoria de su autor, antiguo crítico de cine y hombre progresista vinculado a los mejores medios surgidos en su país a partir de los 60 y que tuvo que partir amenazado de muerte. Tomás pasó los años de la dictadura en Venezuela, donde fundó El Diario de Caracas, como luego Siglo XXI de Guadalajara y otros.
Nunca se sabe si los autores coinciden con la imagen que el lector se hace de ellos a través de sus libros. En el caso de Tomás, la continuidad era absoluta y la simpatía y sencillez de su trato conservaban algo de su nativa provincia tucumana. Se preciaba de haber podido mantener la amistad de GGM y MVLL y seguía intacta su afición por el cine (proyectó Los olvidados como parte del cursillo). Estaba instalado en la U. de Rutgers (Nueva Jersey) en la que dirigía la sección de Estudios Latinoamericanos y encontraba tiempo para escribir. De Cartagena traje la primera entrevista que se publicó con él en un medio local y nos despedimos hasta Lima.
Ese viaje nunca se concretó , pero seguí leyéndolo: su novela El vuelo de la reina y su notable libro de crónicas Lugar común la muerte. Ahora que el cáncer se lo ha llevado a los 75 engarzo estos recuerdos. Fue un buen escritor, un maestro del periodismo y un espléndido ser humano.
La nueva gramática española
La República
Dom, 07/02/2010
Por Luis Jaime Cisneros
Tras una larga espera de varias décadas, ha aparecido, por fin, la Nueva gramática de la lengua española, que publican la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, autores y editores de estos dos volúmenes (prometedores y voluminosos). Ya está nuestra lengua con una gramática a la altura de la italiana, de tres volúmenes, de 1995, y haciendo par con la gran gramática francesa de Damourette-Pichon y con la holandesa de Nijhoff (1997). Ahora, entre los grandes tratados, podemos celebrar esta Nueva gramática.
Ya en la época en que Dámaso Alonso presidía la casa madrileña, con el Esbozo de 1972, la academia española había ofrecido un anuncio de lo que significaba ‘una nueva gramática’ en intención y en realidad. Sí, varios son los signos de que se trata de un texto ‘nuevo’. Por lo pronto, ahora la responsable no es la RAE, sino que la exposición teórica es fruto del trabajo mancomunado de la casa madrileña con la Asociación de Academias. Y es por eso por lo que figura en las páginas iniciales el nombre de todos los colaboradores (entre ellos, por cierto, algunos profesores peruanos). Y es ‘nueva’ esta gramática, bien distinta de todas las ediciones académicas anteriores, porque confirma haber superado todo intento de ignorar cuánto se ha avanzado en el campo gramatical.
Por eso vale reconocer especialmente acá la extraordinaria labor desarrollada, como ponente, por Ignacio Bosque, de cuyo puntual saber y sólida información teníamos valiosos testimonios en esos tres tomos de la Gramática descriptiva que dirigió Violeta Demonte en 1999. Razón tuvo entonces Fernando Lázaro Carreter, director de la RAE a la sazón, de reconocer anticipadamente cuánto le debería esta actual ‘nueva gramática’ que la Academia y la Asociación tenían entre manos. Los dos tomos ahora publicados se esmeran en la sintaxis y prometen para marzo el último volumen dedicado a la fonética, bajo la vigilancia de don Manuel Blecua. Haber dedicado un tomo a este campo confirma los renovados aires que caracterizan a esta edición.
Claro es que esta nueva generación académica tiene en la mira no solamente al español peninsular. Y esta es singular característica. Si el texto nos da clara idea del territorio realmente inmenso cubierto por la lengua española, es porque los académicos han tomado en cuenta las contribuciones (decisivas, a veces) del español de América. Sí, ciertamente aciertan los editores en titular como Nueva gramática a esta edición. Si comparamos, por ejemplo, la última edición de la gramática académica, de 1931, advertiremos que era en realidad copia de la de 1928. Nueva, entonces, también porque esta gramática actual ha tenido en cuenta todo cuanto se ha dicho y estudiado precisamente sobre gramática, y todo cuanto se ha escrito sobre sintaxis y fonética, los terrenos en que tanto se ha avanzado en el siglo pasado. Razones hay, por lo tanto, para festejar esta edición como la nueva cara con que la Academia de Madrid muestra los frutos de la labor conjunta.
Si juzgamos la distancia con nuestras viejas gramáticas escolares, nuestro primer descubrimiento será advertir la poca importancia que tiene la palabra aislada. Lo importante es la agrupación, el sintagma, la frase. Y es que, si nos hemos de preocupar de la ‘comunicación’, debemos prestar atención a ese instrumento arquitectónico y a la vez melódico con el que aseguramos la ‘construcción’ de lo que decimos. Eso explicará el campo extraordinario que han adquirido los temas de sintaxis. La construcción es ahora lo importante, porque es la que asegura la verdadera fisonomía de la frase; y al asegurarla, robustece la significación. Las páginas se abren generosas en información para revelarnos muchos de los guardados secretos que todavía mantiene en reserva el sistema verbal, que tanto tiene que hacer con el tiempo, ese dolor de cabeza que nos persigue en todas las lenguas. Ahora sí, el español dispone de una gramática que lo reorienta en la serie de grandes tratados gramaticales.
Dom, 07/02/2010
Por Luis Jaime Cisneros
Tras una larga espera de varias décadas, ha aparecido, por fin, la Nueva gramática de la lengua española, que publican la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, autores y editores de estos dos volúmenes (prometedores y voluminosos). Ya está nuestra lengua con una gramática a la altura de la italiana, de tres volúmenes, de 1995, y haciendo par con la gran gramática francesa de Damourette-Pichon y con la holandesa de Nijhoff (1997). Ahora, entre los grandes tratados, podemos celebrar esta Nueva gramática.
Ya en la época en que Dámaso Alonso presidía la casa madrileña, con el Esbozo de 1972, la academia española había ofrecido un anuncio de lo que significaba ‘una nueva gramática’ en intención y en realidad. Sí, varios son los signos de que se trata de un texto ‘nuevo’. Por lo pronto, ahora la responsable no es la RAE, sino que la exposición teórica es fruto del trabajo mancomunado de la casa madrileña con la Asociación de Academias. Y es por eso por lo que figura en las páginas iniciales el nombre de todos los colaboradores (entre ellos, por cierto, algunos profesores peruanos). Y es ‘nueva’ esta gramática, bien distinta de todas las ediciones académicas anteriores, porque confirma haber superado todo intento de ignorar cuánto se ha avanzado en el campo gramatical.
Por eso vale reconocer especialmente acá la extraordinaria labor desarrollada, como ponente, por Ignacio Bosque, de cuyo puntual saber y sólida información teníamos valiosos testimonios en esos tres tomos de la Gramática descriptiva que dirigió Violeta Demonte en 1999. Razón tuvo entonces Fernando Lázaro Carreter, director de la RAE a la sazón, de reconocer anticipadamente cuánto le debería esta actual ‘nueva gramática’ que la Academia y la Asociación tenían entre manos. Los dos tomos ahora publicados se esmeran en la sintaxis y prometen para marzo el último volumen dedicado a la fonética, bajo la vigilancia de don Manuel Blecua. Haber dedicado un tomo a este campo confirma los renovados aires que caracterizan a esta edición.
Claro es que esta nueva generación académica tiene en la mira no solamente al español peninsular. Y esta es singular característica. Si el texto nos da clara idea del territorio realmente inmenso cubierto por la lengua española, es porque los académicos han tomado en cuenta las contribuciones (decisivas, a veces) del español de América. Sí, ciertamente aciertan los editores en titular como Nueva gramática a esta edición. Si comparamos, por ejemplo, la última edición de la gramática académica, de 1931, advertiremos que era en realidad copia de la de 1928. Nueva, entonces, también porque esta gramática actual ha tenido en cuenta todo cuanto se ha dicho y estudiado precisamente sobre gramática, y todo cuanto se ha escrito sobre sintaxis y fonética, los terrenos en que tanto se ha avanzado en el siglo pasado. Razones hay, por lo tanto, para festejar esta edición como la nueva cara con que la Academia de Madrid muestra los frutos de la labor conjunta.
Si juzgamos la distancia con nuestras viejas gramáticas escolares, nuestro primer descubrimiento será advertir la poca importancia que tiene la palabra aislada. Lo importante es la agrupación, el sintagma, la frase. Y es que, si nos hemos de preocupar de la ‘comunicación’, debemos prestar atención a ese instrumento arquitectónico y a la vez melódico con el que aseguramos la ‘construcción’ de lo que decimos. Eso explicará el campo extraordinario que han adquirido los temas de sintaxis. La construcción es ahora lo importante, porque es la que asegura la verdadera fisonomía de la frase; y al asegurarla, robustece la significación. Las páginas se abren generosas en información para revelarnos muchos de los guardados secretos que todavía mantiene en reserva el sistema verbal, que tanto tiene que hacer con el tiempo, ese dolor de cabeza que nos persigue en todas las lenguas. Ahora sí, el español dispone de una gramática que lo reorienta en la serie de grandes tratados gramaticales.
lunes, 8 de febrero de 2010
El hombre que hacía llegar tarde al trabajo
Foto: Archivo Cambio
Por Carlos Dáguer,
Subeditor general de CAMBIO.
08 de febrero de 2010
Aun cuando al día siguiente los periódicos solo sirvieran para madurar los aguacates, Tomás Eloy Martínez no perdía la esperanza de encontrar en ellos un reportaje -"un solo reportaje", insistía- que hipnotizara tanto a los lectores como para que llegaran tarde a sus trabajos o como para que se les quemara el pan en la tostadora del desayuno.
"Un periodista no es un novelista, aunque debería tener el mismo talento y la misma gracia para contar de los novelistas mejores -escribió el periodista y escritor argentino fallecido el pasado 31 de enero-. Un buen reportaje tampoco es una rama de la literatura, aunque debería tener la misma intensidad de lenguaje y la misma capacidad de seducción de los grandes textos literarios".
Por eso no es de extrañar que gracias a él y a su esposa Susana Rotker (fallecida en 2000) varios periodistas latinoamericanos descubrieran que antes de que Tom Wolfe y compañía fundaran el Nuevo Periodismo Norteamericano en los años sesenta, el cubano José Martí ya había narrado la realidad con herramientas literarias en el siglo XIX. La crónica, ese género que es al periodismo lo que la poesía es a la literatura, fue un invento latinoamericano potenciado después por varios de los escritores del Boom.
Tomás Eloy alentaba a sus pupilos a enorgullecerse por esa invención y, como apelando a un mito fundacional, insistía en la necesidad de cautivar a los lectores con la buena prosa aun cuando vivieran en un tiempo en el que los editores abogan por el lenguaje telegráfico.
Y como predicaba y aplicaba, antes de saltar a la fama como novelista con La novela de Perón (1985) y Santa Evita (1995), en sus libros periodísticos La pasión según Trelew (1974) y Lugar común la muerte (1979) quiso mostrar que los hechos reales también podían ser narrados con un lenguaje rico en metáforas. Con literatura.
La tentación de la ficción
Quizás porque detrás de los periodistas a menudo se esconden novelistas en potencia -o frustrados-, Tomás Eloy Martínez -que vistió la camiseta amarilla en las dos carreras- se convirtió en un modelo a seguir, en un maestro, característica que consolidó en los talleres que dictaba en la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, creada en Cartagena por Gabriel García Márquez.
El estilo que promulgó no goza, sin embargo, del aplauso generalizado: las ambiciones literarias -léase el gusto por las historias redondas, cargadas de un simbolismo ausente en la realidad y donde el narrador tiene la urgencia de ver hasta la más recóndita intimidad de sus personajes- con frecuencia ha sido una tentación a caer en la ficción en el periodismo.
"Las opiniones de Tomás Eloy Martínez son un ejemplo a seguir para todos aquellos que han convertido al periodismo en un ejemplo de insustancialidad fáctica y en un dudoso ejercicio moral", dice a CAMBIO el periodista español Arcadi Espada, una de las voces más radicales contra el influjo de Truman Capote -recordar A sangre fría- o García Márquez en las redacciones de los diarios.
En efecto, Tomás Eloy consideraba que ciertos toques de ficción contribuían a hacer más contundente la descripción de la realidad. Cuando hablaba de la ya clásica crónica de 'Gabo' titulada Caracas sin agua (1957), el periodista y escritor de Tucumán no ponía reparos en el hecho de que su amigo de Aracataca hubiera creado un protagonista llamado Samuel Burkart: "Una cosa es mentir y otra cosa es usar un elemento figurado -argumentó en uno de sus talleres en Cartagena-. A veces no se puede abarcar toda la realidad de modo breve y sucinto. Entonces se acude a una figura, a un elemento metafórico o simbólico. Es ficticio, por supuesto, pero no del todo. Este personaje resume la historia de cientos de personas".
¿El lenguaje por encima de los hechos? ¿La estética por encima de la ética? Una frase de José Fernández Díaz, escrita en el obituario que publicó en La Nación, de Argentina, parece salir en defensa del modelo que enseñó Tomás Eloy: "Suele haber más verdad en la ficción que en la realidad".
Y, por supuesto, también obra en su defensa el hecho de que muchos lectores llegaron tarde al trabajo y muchos panes se quemaron en la tostadora por culpa de sus crónicas.
La herencia
Nelson Fredy Padilla,
editor de Domingo de 'El Espectador'
"De Tomás Eloy me gusta más el periodista, pero lo que hizo en literatura, ese trabajo por la memoria, es muy valioso: los latinoamericanos no olvidarán el tránsito del peronismo a la dictadura en Argentina. De su trabajo periodístico destacaría ocho o diez conferencias, así como las memorias de los talleres que dictó. Escribió mucho sobre el oficio, como aquel discurso que pronunció en Zacatecas en 1997 sobre cómo debería ser la narración en el siglo XXI, en donde, a pesar de ser clásico, mostró ser uno de los primeros en hacer conciencia de la transformación de los medios y cómo asimilar los cambios multimedia".
Carmen Caffarel,
directora del Instituto Cervantes
"Tomás Eloy Martínez pertenece a la categoría de los autores que convirtieron el periodismo en obra literaria y la literatura en deudora del mejor periodismo".
Arcadi Espada,
periodista, Premio Espasa de Ensayo 2002.
"Las opiniones de Eloy Martínez son un ejemplo a seguir para todos aquellos que han convertido al periodismo en un ejemplo de insustancialidad fáctica y en un dudoso ejercicio moral. Pero desgraciadamente la realidad no se puede inventar y solo podemos contar y repetir que el escritor está muerto, y que hemos de organizar los protocolos humanos habituales".
Por Carlos Dáguer,
Subeditor general de CAMBIO.
08 de febrero de 2010
Aun cuando al día siguiente los periódicos solo sirvieran para madurar los aguacates, Tomás Eloy Martínez no perdía la esperanza de encontrar en ellos un reportaje -"un solo reportaje", insistía- que hipnotizara tanto a los lectores como para que llegaran tarde a sus trabajos o como para que se les quemara el pan en la tostadora del desayuno.
"Un periodista no es un novelista, aunque debería tener el mismo talento y la misma gracia para contar de los novelistas mejores -escribió el periodista y escritor argentino fallecido el pasado 31 de enero-. Un buen reportaje tampoco es una rama de la literatura, aunque debería tener la misma intensidad de lenguaje y la misma capacidad de seducción de los grandes textos literarios".
Por eso no es de extrañar que gracias a él y a su esposa Susana Rotker (fallecida en 2000) varios periodistas latinoamericanos descubrieran que antes de que Tom Wolfe y compañía fundaran el Nuevo Periodismo Norteamericano en los años sesenta, el cubano José Martí ya había narrado la realidad con herramientas literarias en el siglo XIX. La crónica, ese género que es al periodismo lo que la poesía es a la literatura, fue un invento latinoamericano potenciado después por varios de los escritores del Boom.
Tomás Eloy alentaba a sus pupilos a enorgullecerse por esa invención y, como apelando a un mito fundacional, insistía en la necesidad de cautivar a los lectores con la buena prosa aun cuando vivieran en un tiempo en el que los editores abogan por el lenguaje telegráfico.
Y como predicaba y aplicaba, antes de saltar a la fama como novelista con La novela de Perón (1985) y Santa Evita (1995), en sus libros periodísticos La pasión según Trelew (1974) y Lugar común la muerte (1979) quiso mostrar que los hechos reales también podían ser narrados con un lenguaje rico en metáforas. Con literatura.
La tentación de la ficción
Quizás porque detrás de los periodistas a menudo se esconden novelistas en potencia -o frustrados-, Tomás Eloy Martínez -que vistió la camiseta amarilla en las dos carreras- se convirtió en un modelo a seguir, en un maestro, característica que consolidó en los talleres que dictaba en la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, creada en Cartagena por Gabriel García Márquez.
El estilo que promulgó no goza, sin embargo, del aplauso generalizado: las ambiciones literarias -léase el gusto por las historias redondas, cargadas de un simbolismo ausente en la realidad y donde el narrador tiene la urgencia de ver hasta la más recóndita intimidad de sus personajes- con frecuencia ha sido una tentación a caer en la ficción en el periodismo.
"Las opiniones de Tomás Eloy Martínez son un ejemplo a seguir para todos aquellos que han convertido al periodismo en un ejemplo de insustancialidad fáctica y en un dudoso ejercicio moral", dice a CAMBIO el periodista español Arcadi Espada, una de las voces más radicales contra el influjo de Truman Capote -recordar A sangre fría- o García Márquez en las redacciones de los diarios.
En efecto, Tomás Eloy consideraba que ciertos toques de ficción contribuían a hacer más contundente la descripción de la realidad. Cuando hablaba de la ya clásica crónica de 'Gabo' titulada Caracas sin agua (1957), el periodista y escritor de Tucumán no ponía reparos en el hecho de que su amigo de Aracataca hubiera creado un protagonista llamado Samuel Burkart: "Una cosa es mentir y otra cosa es usar un elemento figurado -argumentó en uno de sus talleres en Cartagena-. A veces no se puede abarcar toda la realidad de modo breve y sucinto. Entonces se acude a una figura, a un elemento metafórico o simbólico. Es ficticio, por supuesto, pero no del todo. Este personaje resume la historia de cientos de personas".
¿El lenguaje por encima de los hechos? ¿La estética por encima de la ética? Una frase de José Fernández Díaz, escrita en el obituario que publicó en La Nación, de Argentina, parece salir en defensa del modelo que enseñó Tomás Eloy: "Suele haber más verdad en la ficción que en la realidad".
Y, por supuesto, también obra en su defensa el hecho de que muchos lectores llegaron tarde al trabajo y muchos panes se quemaron en la tostadora por culpa de sus crónicas.
La herencia
Nelson Fredy Padilla,
editor de Domingo de 'El Espectador'
"De Tomás Eloy me gusta más el periodista, pero lo que hizo en literatura, ese trabajo por la memoria, es muy valioso: los latinoamericanos no olvidarán el tránsito del peronismo a la dictadura en Argentina. De su trabajo periodístico destacaría ocho o diez conferencias, así como las memorias de los talleres que dictó. Escribió mucho sobre el oficio, como aquel discurso que pronunció en Zacatecas en 1997 sobre cómo debería ser la narración en el siglo XXI, en donde, a pesar de ser clásico, mostró ser uno de los primeros en hacer conciencia de la transformación de los medios y cómo asimilar los cambios multimedia".
Carmen Caffarel,
directora del Instituto Cervantes
"Tomás Eloy Martínez pertenece a la categoría de los autores que convirtieron el periodismo en obra literaria y la literatura en deudora del mejor periodismo".
Arcadi Espada,
periodista, Premio Espasa de Ensayo 2002.
"Las opiniones de Eloy Martínez son un ejemplo a seguir para todos aquellos que han convertido al periodismo en un ejemplo de insustancialidad fáctica y en un dudoso ejercicio moral. Pero desgraciadamente la realidad no se puede inventar y solo podemos contar y repetir que el escritor está muerto, y que hemos de organizar los protocolos humanos habituales".
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