sábado, 30 de enero de 2010

Internet y la lectura

La República
Dom, 24/01/2010
Por Luis Jaime Cisneros

Bueno es meditar sobre la manera con que la escuela tiene que hacer frente al conocimiento en esta hora en que la globalización parece cubrir todas las perspectivas y en que los atractivos electrónicos parecen haberse convertido en competidores de la tarea escolar. Para empezar, debemos enfrentar la realidad con inteligencia, que es el arma esencial del ‘homus dialogicus’. Y debemos estar conscientes de que esa es la nueva realidad pedagógica.

Lo que los programas de televisión y los numerosos recursos de Internet pueden suministrar (y hasta en grados de excelencia) es información y nada más que información. Pero el objetivo fundamental de la escuela es entrenar para buscar y adquirir el conocimiento. Para lograr su cometido, la escuela ofrece instrucciones para aprender a buscarlo y para analizar las distintas etapas de tal aprendizaje. Mientras todavía muchos creen que el secreto del éxito lo tienen los libros, que aseguran la verdad (y doy fe de que así fue en mi época escolar), la escuela debe empeñarse en que los alumnos se ejerciten, a partir de lo que el libro dice, en discutir y analizar el qué y el porqué de cuanto se lee. Esto obliga a reconocer que además de servirse de la memoria es necesario convocar a la inteligencia, y valerse del provecho de todo lo anteriormente leído, para arriesgar el análisis de los textos. Si no analizamos el porqué y el cómo de todo avance, no estamos encaminados en la búsqueda del conocimiento.

No se trata de la ingenua creación de un curso de Crítica, que sería absurdo. La crítica no es un método que la escuela debe ofrecer. Es una actitud de la inteligencia que el alumno debe aprender a asumir, ejercitándose fundamentalmente en la lectura y el análisis de lo leído. Sin esa lectura, no hay posibilidad de pensar en una actitud crítica. Tampoco es función de la escuela crear ‘críticos’. Lo que hay que crear es buenos lectores: lectores profundos. La condición esencial para asumir una actitud crítica es haber comprendido el texto leído. Lo que a la escuela le interesa es que seamos capaces de comprender los textos más difíciles.

A la escuela corresponde explicarle al alumno que el progreso actual de las técnicas y las ciencias es fruto de la investigación. Y debe explicar asimismo que el triunfo de la investigación se debe a que todas las ciencias han descubierto que entre todas ellas había vasos comunicantes que explican por qué hoy se habla de interdisciplinariedad. Esa explicación es necesaria para que el alumno comprenda que en cada disciplina ha sido la actitud crítica la que incentiva el estudio y la investigación. Y que el fruto de ese esfuerzo intelectual asegura el progreso científico y tecnológico.

Ciertamente todas las disciplinas que a la escuela toca entrenar al estudiante no se prestan para eso. Por ahora, me parece que se prestan magníficamente para este entrenamiento los cursos de Literatura, Filosofía, Ciencias Sociales (para abrirse a la formación cívica). Si en los próximos años lo hemos puesto a prueba, estaremos en buen camino.

Cuando alguien me pide ilustrar con un ejemplo estas ideas, pongo el caso siguiente. Leo un fragmento de teatro: o un pasaje de La Dorotea o un pasaje de Bodas de Sangre, de García Lorca. Y pongo el texto leído abierto al criterio de los estudiantes. Eso los ayuda a descubrirse ‘lectores’ de verdad. Ese primer aspecto de ‘actitud crítica’ lo refuerzo de inmediato con la lectura de dos o tres juicios sobre el texto leído. Los alumnos descubren algún tipo de coincidencias con sus exposiciones, lo que ayuda a que se reconozcan ‘lectores de verdad’.

Al descubrir que un texto puede decir más de lo que aparenta su lectura descuidada, el alumno refuerza su capacidad de penetrar, con ayuda de la inteligencia, en el mundo del conocimiento. Y nosotros vamos a ayudándole a perfilar su actitud crítica. Se trata de comprobar que uno es capaz de comprender un texto aparentemente difícil si acierta con una correcta lectura. José Miguel Oviedo escribió: “Un crítico es un lector profesional que convierte lo que lee en un nuevo texto como parte de una tarea u oficio habitual”. La afirmación es válida y valiosa.

miércoles, 27 de enero de 2010

'Soy feísimo, se fijan en el escritor no en mí'

Diario Trome
Por Oscar Torres

Es uno de esos genios peruanos que aparecen cada cincuenta años. Alfredo Bryce Echenique, famoso escritor que hizo de Lima, de los limeños y sus peculiares convenciones sociales el tema principal de su obra, llegó al Perú esta vez para quedarse, según propia confesión. El creador de 'Un mundo para Julius' (que para muchos, es la mejor novela peruana de todos los tiempos) me recibió en la sala de su casa. Invitándome luego a pasear por el parque, ese en el que camina dos horas diarias todos los días y está enfrente de su hogar, y con una humildad que solo la tienen los grandes, me autorizó a tutearlo y empezar a pensar juntos...
En el calor de su hogar y en la frescura del Parque El Olivar, Alfredo Bryce Echenique se confiesa como nunca antes con TROME. Se lamenta por el matrimonio de  Reimond Manco y reconoce que le encanta el trago, 'porque los escritores tímidos se vuelven maravillosos con sus copas encima'


Alfredo, para mí es un lujo conversar contigo, sobre todo la posibilidad inédita de tener una charla extensa. El pueblo te lo agradece.

Muchas gracias, para mí también es un gusto grande y un lujo también, porque sé que esta entrevista no es frecuente y me van a dedicar la página del domingo que es el día que más se vende el diario. En fin, para mí es el placer.

El próximo 19 de febrero cumplirás 70 años, ¿estás preparado?

Yo nunca he estado preparado para ninguna edad de la vida, ni siquiera para nacer (sonríe).

Martín Romaña, protagonista de tu obra 'La vida exagerada de Martín Romaña', decía: "Quisiera prolongar la adolescencia hasta que me sorprenda la muerte", ¿en realidad piensas eso?

Sí, yo me siento adolescente todavía. La idea de la edad ha cambiado mucho y el hombre y mujer sigue siendo jóvenes mucho más que antes. Antiguamente, a la gente a los 50 años la consideraban vieja, pero ahora no sientes eso. Yo me siento muy joven, lleno de proyectos y cosas. Tengo una vida activa y en movimiento.

Hoy, ¿cómo encuentras Lima?

He regresado, ahora sí de forma definitiva, a vivir a mi país después de muchos años. Yo siempre he venido, incluso el 99 radiqué después de 34 años, pero ahora recién he aterrizado. Psicológicamente, digamos, no estoy instalado, no tengo un sitio dónde escribir. Mis cosas han llegado al Perú, pero están en un depósito. Mi biblioteca, mi mundo, mi música.

¿Qué tipo de música te gusta?

Es un amplio espectro que va desde la canción popular que puede ser el vals criollo, las rancheras, el tango, cómo no, el bolero. La música de un Joaquín Sabina, Joao Manuel Serrat, pero también es el jazz.

¿Bailaste las canciones del 'Grupo 5' o 'Bareto'?

Sí, lo sigo, pero no participo. Soy un seguidor pasivo, porque dicen que los hombres duros no bailan, ja, ja, ja. Yo me la trato de dar de duro...

Es verdad que eres 'crema' a muerte como Mario Vargas Llosa?*

Perdón, que es esto. De dónde me has sacado eso. Mi equipo ya no existe, era el Ciclista Lima, semillero de cracks.

Pero tapaste por la 'U' desde muy niño hasta los 17 años, ¿también lo niegas?

(sonríe) Es verdad, yo tapé hasta llegar a los juveniles. Recuerdo, incluso, de un partido entre la 'U' y el Independiente de Avellaneda. Yo tapé un penal y ganamos 1 a 0. En los años 50. Después me dediqué a estudiar.

Sé que tus ídolos son 'Lolo' Fernández y 'Toto' Terry, ¿pero qué vivencia tuviste con alguno de ellos?

Los traté. 'Lolo' era muy buena persona. Me entrenaba, me disparaba tiros libres, con la fama que tenía (de cañonero) uno se tenía que quitar del arco. El otro ('Toto' Terry) era un indisciplinado de porquería, carajo. Antes de ir al estadio, yo almorzaba en un lugar que se llamó 'El Superba', que quedaba en la avenida Petit Thouars. De repente llegaba Terry y decía: "Un tallarín, carajo". Se lo comía con tres 'chelas' grandes, ya había venido en tragos y se iba al Estadio Nacional. Un día que metió un maravilloso gol de cabeza, solo de genio y le preguntaron: "¿Cómo lo hizo?" Él respondió: "Yo solo sé que cabeceé un ladrillo" (risas).

Tulio Loza, una vez, declaró cachaciento: "Bryce Echenique, al afanar a una chica, se ponía más nervioso que monja cuando no le viene el período". ¿Es verdad que estabas templado de una cholita agraciada de Barrios Altos, amiga de Tulio?

Exagera bastante, pero hay mucho de verdad también. Quiero decir que Tulio era un gran cirio. Además, Tulio Loza ya era conocido... y muy gracioso. Pienso que fue mucho más gracioso en la vida cotidiana que en la televisión, donde poco a poco se fue quedando en la nada, un payaso de porquería. Tulio, en la universidad, tenía el humor más grande y fino que podía haber. Éramos muy amigos y es verdad que, a veces, me ayudaba a conquistar a una chica, porque yo no me atrevía a aventarme y él sí. Además, decía: "Amiga, te presento a mi amigo, Mister Bryce". Él me hizo popular en San Marcos.

¿Cuál es tu dicho con las mujeres?

Mi dicho es: "Siempre son más altas que yo" (sonríe).

En el caso de Ana, tu actual esposa, ¿la conquistaste o te conquistó?

Eso fue mutuo. La verdad, fue un amor a primera vista. Nos vimos y ella se me acercó. Yo estaba mirando unas fotos, me acuerdo, en la reunión de un amigo. Al primer momento no le hice caso, pero después la miré bien y me gustó mucho. La saqué a bailar y antes que acabara esa pieza le dije: "Nos vamos a casar". Eso fue el año 95, pero nos casamos hace cuatro años, en mayo los cumplimos

Alfredo Bryce Echenique, ¿se considera bello y rico?

No, ni bello ni rico. Soy feísimo. Salgo a la calle y nadie se fija en mí. Se fijan en el escritor, pero en mí, nadie.

¿Se puede creer que un chico de 18 años como 'Reimond Manco' se case con una joven de 23 años?

No pues, esas cosas no son normales. No es lo ideal.

No es el caso, ¿pero funcionan las relaciones donde la diferencia de edad es de 15 años o más?

En el caso de chicos jóvenes, cuando la diferencia es de un año o dos, pero de más de 15, es difícil pese a que mi mujer es 17 años menor que yo, pero bueno, los dos ya somos mayores. Ella ya tuvo antes una experiencia matrimonial y yo dos, pero estoy seguro que esta es la buena.

¿Cómo así nació la idea de casarse?

Me casé, porque mi suegro que era un hombre de edad quería mucho a su hija mayor (esposa de Bryce) y él prefería que su hija estuviera casada con un hombre por la legal.

¿Te arrepientes de haber ido hace unos años a una entrevista con César Hildebrandt con unas copitas de más?

No, con una copita de más, con varias. Al contrario, eso me desinhibió y lo puse muy en su sitio. La gente casi enloquece con la entrevista y el tipo tuvo que cambiar de estilo y todo. Yo venía de Europa, con el cambio de horario, mal sueño. Estaba sin dormir tres días, por decirlo de alguna forma. Ahí lo que pasó fue que él quiso hacer una trampa. En un momento me comenzó hacer preguntas desagradables, sobre temas que no se deben tocar y me dijo que no estaba en el 'aire'. Y su propia gente, los camarógrafos me dijeron: "Sí estamos en el 'aire', señor Bryce". Se pusieron de mi parte y ahí me envalentoné. Me burlé de él, le contesté a todo.

¿Qué hiciste con los 601 mil euros que recibiste al ganar el famoso Premio Planeta?

Lo que yo diga casi no importa por más de que sea la verdad, como dicen que soy un dilapidador, un loco y no me pierdo una sola juerga. Lo tomo como dicen: "Es bueno que hablen de uno aunque sea bien". La verdad venía de una desilusión con el Perú, había vuelto a Europa, algo incómodo y ese premio significó recibir una buena suma de dinero para invertir en la compra de un departamento, instalarme bien, comprar muebles y lo demás invertirlo para tener una pequeña renta.

Alfredo, hablemos claro, ¿qué tanto te gusta la juerga?

A mí me encanta, la verdad. Pasa que en el Perú ya no tengo amigos realmente 'juerguistas'. Mis amigos 'juerguistas' están en Madrid.

¿Es verdad que el vodka es tu trago predilecto?

A mí me gusta mucho el pisco sour, pero el vodka como trago largo, de combate. Yo descubrí el vodka tarde en mi vida, por un editor mío en Suecia, que es productor del vodka marca 'Absolute' que él lo hace. En esa época tomaba whisky, que me caía pésimo. Una noche de whisky, para mí, eran dos o tres días de caer enfermo. Nervios de punta, unos dolores de cabeza horribles. De pronto, el descubrimiento del vodka ha sido poderme acostar una noche tarde tomándome muchos vasos de vodka y no sentir nada al día siguiente.

¿Cada cuánto tiempo bebes alcohol?

En la noche, ya tarde, me tomo un par de copas con mi esposa. Oímos música, conversamos. No todos los días, porque estamos viajando, pero cuando nos quedamos en la casa, donde tenemos nuestras propias cosas y música, ahí lo hacemos. Los escritores tendemos a ser bebedores, porque es una forma muy grande de conversación, porque es una forma de acercamiento. Dentro de los escritores abundan los tímidos y se vuelven maravillosos con tragos. Se transforman.

¿Es cierto que te metiste más de una buena juerga con el talentoso Joaquín Sabina?

Con Joaquín sí más de uno. Yo lo quiero, lo respeto y admiro mucho. La juerga es con todo. Yo con vodka, él con whisky. También con mucho vino y nos hemos reído, cantado e imitado. Hemos sido absolutamente felices, pero con quien nos metimos una juerga de cinco días y terminamos en el hospital fue con el actor Paco Rabal. Encontrarme con él era un peligro.

En el hospital, ¿te metían suero para desintoxicarte?

Para pararnos nos metían al hospital (sonríe).

En la vida, ¿vale equivocarse?

En la vida vale mucho equivocarse. En el amor te puede costar caro, pero la gente que comete errores a mí me conmueve, la gente estúpida es la que no sabe reconocerlos.

Antes de hacerte esta pregunta, te quiero decir que me solidarizo contigo. ¿Qué reflexión haces de la denuncia que te hicieron donde supuestamente copiaste ilegalmente 16 artículos de diversos autores y que llevó al Indecopi a multarte con 177,500 soles?

Esperar, por ahora hay un juicio pendiente. Confío en que la justicia nuevamente me dé la razón. Yo lo que he hecho en falta es que aquellos acusadores me acusen con odio y, sin embargo, no den la noticia que había ganado un juicio. El otro día una periodista chilena, que jamás me da la cara, hace poco estuve en una rueda de prensa por la Feria del Libro de Chile, y lleva años persiguiéndome... esa persona dijo que había plagiado a un periodista peruano radicado en Francia, corresponsal de RPP, Fernando Carballo, a los quince días Fernando negó rotundamente ese hecho. Se lamenta de por qué no dicen eso los periódicos.

Pero hablemos de este caso específico, ¿el Indecopi se equivocó?

Ha fallado a mi favor, ahora hay un segundo proceso y falló en primera instancia. A mí lo que me ha llamado más la atención es que ni siquiera he sido notificado del comienzo de ese procedimiento. Como los periódicos me acusan incesantemente, no publican cuando se desmiente judicialmente el hecho.

¿Cuál es tu platillo predilecto?

Tengo tres: 'El seco de cordero' con arroz, el noctámbulo es el 'tacu tacu' ese que viene montado y un buen cebiche acompañado de su pisco sour (sonríe).

lunes, 25 de enero de 2010

El acoso a un poeta

Ernesto Cardenal

PRESIONADO POR LA CENSURA DEL GOBIERNO DE DANIEL ORTEGA, EL ESCRITOR NICARAGÜENSE CUMPLE 85 AÑOS ENTREGANDO NUEVOS POEMAS A LA IMPRENTA

El Comercio
Martes 19 de Enero del 2010

MANAGUA [DPA]. “A mí no me gusta hablar de mí, no me pregunte esas cosas”, responde el poeta frente a la grabadora, hastiado de que le pidan reflexiones de vida. Ernesto Cardenal, quien mañana 20 de enero cumplirá 85 años, prefiere hablar de las garzas y lagartijas que ha esculpido en madera o del nuevo libro de poemas escritos por niños con cáncer que presentará esta semana.

Se quita la boina negra y la pone sobre el escritorio en su despacho en la galería Casa de los Tres Mundos, en Managua, donde se exhiben libros de poesía y cuadros de artistas nicaragüenses. Su asistente, Luz Marina Acosta, entra a la oficina y escribe en una libreta sus teléfonos y correos electrónicos.

“Sí, mejor anote el correo de ella porque el mío está censurado por el gobierno”, señala el poeta. Acosta asiente. “Y también me sustrajeron mi computadora hace casi un año”, agrega.

Hace un año, desconocidos entraron a la Casa de los Tres Mundos y solo se llevaron la computadora de Cardenal, en la que guardaba sus documentos importantes. No robaron el televisor ni sus pinturas ni esculturas.

Con su típico atuendo de jeans, camisa blanca y sandalias de cuero, Cardenal se declara un perseguido político del gobierno de Daniel Ortega. El conflicto estalló hace casi dos años, cuando el sacerdote criticó en Paraguay a Ortega y a su influyente esposa, la poeta Rosario Murillo. Un juez local desempolvó entonces una querella por injurias entablada hace tiempo por un empresario alemán, y el autor de “Epigramas” fue obligado a pagar una multa de mil dólares.

Como se negó a hacerlo por considerarlo revancha política, el juez le congeló sus cuentas bancarias, incluyendo 2.500 dólares donados por un millonario nicaragüense para los talleres de poesía de niños con cáncer.

Rosario Murilllo, entretanto, arremetía contra los intelectuales de todo el mundo que se solidarizaban con Cardenal, como el uruguayo Eduardo Galeano, el argentino Juan Gelman o el portugués José Saramago.

Sin resolverse aún lo de las cuentas bancarias, en diciembre otro juez ordenó allanar el hotel Mancarrón, en la isla de Solentiname, cuya administración entregó a Nubia Arcia, ex empleada de Cardenal y esposa del alemán Inmanuel Zerger, el mismo de la demanda por injurias.

La propiedad pertenece a la Asociación para el Desarrollo de Solentiname (ADS), que Cardenal dirige y con la que gestiona fondos para financiar la educación secundaria de jóvenes de pocos recursos. “No sabemos en qué va a parar todo esto”, se lamenta el poeta.

sábado, 23 de enero de 2010

“Sin apoyo social no sería fácil para dictaduras”

La República
Tomás Eloy Martínez a propósito de purgatorio, su último libro. Novela ficciona hechos criminales del gobierno militar argentino de los 70.
28 de enero de 2009
Madrid. EFE.

En un ejercicio literario de imaginación con retazos de una dolorosa realidad, el escritor argentino Tomás Eloy Martínez desea contribuir con su última novela, Purgatorio, a concienciar al lector de que las dictaduras “más crueles” no son posibles sin la complicidad de la sociedad.

“Sin la complicidad de toda la sociedad las tiranías no tienen la vida fácil”, sostuvo ayer el escritor en una entrevista con Efe en Madrid, donde presenta Purgatorio, publicada por Alfaguara.

Avalado por el éxito que la obra ha obtenido en su país, el autor explicó que la novela alude a la necesidad que tienen los seres humanos de conocer el destino de los desaparecidos por “la fuerza”.

Se trata de una obra con un “lenguaje universal” que toca “las fibras más ricas” de la condición humana, por lo que su autor se mostró convencido de que puede interesar a cualquier lector.

Purgatorio retrata como después de treinta años de incesante búsqueda, Emilia Dupuy encuentra a su marido, desaparecido durante la dictadura argentina.

La protagonista ha buscado a Simón por todas partes, dejándose llevar a veces por la intuición, otras por los sueños, hasta encontrarlo sentado en un bar de New Jersey (EEUU).

La novela avanza en una historia de amor con el enigma de un protagonista que apenas ha cambiado tras el paso de tres décadas, conserva el mismo aspecto que cuando desapareció, con pantalón de pata de elefante y camisa estilo John Travolta en “Fiebre del sábado por la noche”.

“Escribí el libro para resolver ese enigma”, dijo el autor invitando al lector a adentrarse en una obra en la que los límites del género novela se expanden.

El autor, nacido en Tucumán en 1934, no “vivió ni un solo día” bajo la dictadura militar argentina, que gobernó el país de 1976 a 1983, exiliándose en Venezuela y México.

Recordó que cuando regresó del exilio sintió la necesidad de ejercer el rol del escritor “disconforme”. Tomás Eloy Martínez cree que el escritor “debe mostrar a la sociedad” lo que esta “no ve o no quiere ver”.

Y así la novela deja claro como “las dictaduras en su aspecto más cruel, más canallesco, no son posibles sin el apoyo mayoritario de la sociedad”. Se trata, reiteró el autor, de una “complicidad comunitaria gigantesca”.

Aunque está convencido de que las novelas “lamentable o afortunadamente” no cambian el mundo, sí expresa su confianza de que pueden contribuir a tomar conciencia.

Para meterse en el papel de los protagonistas, Tomas Eloy Martínez recorrió muchas librerías de viejo en Buenos Aires, donde compró las revistas y periódicos de la época.

Ávido observador de la realidad de su país, Tomás Eloy Martínez considera que el Gobierno de Cristina Kirchner comenzó con muchísimas esperanzas que están siendo defraudadas porque la realidad es “aciaga y dura”.

“No es una situación fácil, no la es para Cristina Kirchner, como no lo es la situación mundial para Obama o para Zapatero en España”, señaló el autor, que también ejerce el periodismo a través de sus artículos publicados en varios diarios.

Martínez, que ayer pronunció una conferencia en la Casa de América de Madrid, se muestra ilusionado con su vuelta a la docencia en una universidad estadounidense, mientras prepara un nuevo libro –por encargo de una editorial inglesa– dedicado al Olimpo, dentro de una serie mitológica.

Y mientras, trata de mantenerse al margen de las corrientes literarias –“porque arrastran en una dirección que puede no ser la tuya”– y disfruta como ávido lector de la literatura de ambas orillas del Atlántico, especialmente, de la que surge de las plumas de los más jóvenes.

Perfil
El autor. Nació en Tucumán, Argentina, en 1934. Estudió en la Universidad de Tucumán. Ganó el premio Alfaguara 2002 con El vuelo de la reina. Ha publicado La novela de Perón (1985) y La mano del amo (1991) y, por supuesto, Santa Evita (1995). En 1996, publicó Las memorias del general, una crónica sobre los años 70 en Argentina.

Juan Carlos Onetti:Un perdedor de cien años

Tomás Eloy Martínez

Para LA NACION  
Sábado 6 de junio de 2009

Que Juan Carlos Onetti cumpla cien años es una redundancia, porque ya los tenía cuando nació, en Montevideo, el 1º de julio de 1909. Pasaba la mayor parte del tiempo en la cama y la inmovilidad centenaria era su manera de entenderse con el mundo. En sus años finales recibió todos los honores que de sobra había merecido mucho antes, por una obra narrativa áspera y desilusionada como no hay otra en América latina. Era una personalidad difícil de tratar, desdeñoso aun con lo que le gustaba, malhumorado y de una timidez sin límites. Esas cualidades se reflejan en "el estilo crapuloso" que Mario Vargas Llosa analiza en su reciente ensayo sobre Onetti, El viaje a la ficción .

Cree Vargas Llosa que esa oscuridad, esa amalgama vertiginosa de historias trágicas y excrecencias del cuerpo, fracasos y humillaciones, desesperados y explotadores es más que una vena narrativa. "[Es] una protesta contra la condición que, dentro de la inconmensurable diversidad humana, hacía de él una persona particularmente para eso que, con metáfora feroz, se llama «la lucha por la vida»". El propio Onetti se lo dijo a María Esther Gilio: "Todos los personajes y todas las personas nacieron para la derrota. Uno puede detener la trayectoria del personaje en un instante de triunfo pero, si continuamos, el final es siempre Waterloo". Tal vez por eso llegó segundo a casi todos los premios a los que se presentó. Pero el último, y el más importante en lengua castellana, el Cervantes que recibió en 1980, le sirvió como conjuro.

Primero, quedó finalista del premio Farrar y Reinhart, de Nueva York, con la novela Tiempo de abrazar : le ganó Ciro Alegría con El mundo es ancho y ajeno . Luego, el argentino Marco Denevi lo derrotó en el concurso Life en Español: su cuento "Ceremonia secreta" se impuso sobre el extraordinario "Jacob y el otro", que al comienzo no había quedado siquiera entre los seleccionados. Algo curioso, dado que es fácil reconocer allí la grandeza narrativa de Onetti. La historia ocurre en su ciudad mítica, Santa María, y varias marcas de su estilo -la monotonía y la asfixia de la vida cotidiana, la cruel explotación entre personas- se suceden. Al parecer, ni siquiera lo notó el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, uno de los jurados. Alguien debió de advertírselo porque en el fallo final "Jacob y el otro" fue agregado a una nómina de finalistas que lo omitía en su primera versión.

El premio Fabril ignoró El astillero -una obra maestra- y prefirió El profesor de inglés , una ya olvidada novela del argentino Jorge Masciángioli. Poco después, en 1967, cuando Vargas Llosa recibió el Rómulo Gallegos por La casa verde , señaló en su discurso que le parecía injusto distinguir esa novela sobre su competidora Juntacadáveres . Los otros finalistas del período, 1962-1966, eran Julio Cortázar por Rayuela , Carlos Fuentes por La muerte de Artemio Cruz y Gabriel García Márquez por El coronel no tiene quien le escriba .

Ese destino es una ironía para alguien que, cuando debió juzgar, lo hizo con una arbitrariedad casi pueril. Lo vi castigar a autores valiosos, entre ellos a Manuel Puig en el concurso Primera Plana-Sudamericana de 1969, para el que fue jurado con María Rosa Oliver y Severo Sarduy. Había consenso para premiar Boquitas pintadas , que Puig presentó con el título Tangos y boleros , pero Onetti la rechazó sin contemplaciones. "Quiero saber cómo escribe de verdad el coso ese cuando no copia cartas, fragmentos de calendarios, informes burocráticos, conversaciones telefónicas, informes policiales y avisos fúnebres", dijo. Y en 1974, cuando, junto con la escritora Mercedes Rein y el crítico Jorge Ruffinelli concedió el premio anual de narrativa de la revista Marcha al cuento "El guardaespaldas", de Nelson Marra, exigió que se aclarase en el fallo: "El jurado Juan Carlos Onetti hace constar que el cuento ganador, aun cuando es inequívocamente el mejor, contiene pasajes de violencia sexual desagradables e inútiles desde el punto de vista literario".

A la dictadura que dominaba Uruguay no le importó: supuso que el cuento se burlaba de un comisario muerto años antes por la guerrilla Tupamaros y envió a la cárcel a Onetti (de sesenta y seis años en ese momento), a Rein (enferma de cáncer), al director de Marcha Carlos Quijano y a Nelson Marra, quien fue condenado por la Justicia Militar y sufrió cuatro años de torturas antes de salir al exilio. Ruffinelli se hallaba en México en el momento del escándalo; quedó prófugo con una orden de captura por diez años.

Sin el complemento habitual de whisky y cigarrillos, Onetti leyó novelas policiales durante su reclusión en una celda y su posterior traslado a un neuropsiquiátrico, gracias a la presión internacional. El encierro desquició en más de una ocasión a este autor de tantos personajes suicidas y, cuando llegó a España, meses más tarde, creía que lo había perdido todo y que su futuro era un páramo. "De hecho, ya no me interesaba mi vida como escritor", dijo al recibir el Cervantes. Había pasado mucho tiempo sin escribir y sólo un año antes del premio, en 1979, volvió a publicar: Dejemos hablar al viento . Hasta su muerte, el 30 de mayo de 1994, nunca regresó a Uruguay. José María Sanguinetti, el primer presidente de la recién recuperada democracia, le llevó a Madrid su Gran Premio Nacional de Literatura.

No fue más amable con las mujeres. Se casó cuatro veces, las dos primeras con primas que eran hermanas entre sí: María Amalia Onetti y María Julia Onetti. Cuando se separó de la tercera esposa, Elizabeth María Pekelharing, se casó para siempre -los cuarenta años de vida que le quedaban- con la violinista Dorotea Muhr. La frase con que le dedicó, en 1960, La cara de la desgracia (un librito parco, de 50 páginas, editado por Alfa en Montevideo, con la fotografía de una bicicleta abandonada y una orla verde en la portada), fue para el lector tan cruel y misteriosa como el propio relato: "Para Dorotea Muhr, ese ignorado perro de la dicha". La enigmática declaración de amor o compasión o cólera resumía sus tortuosos vínculos con la realidad.

Rara vez las historias personales de un escritor sirven para iluminar su obra. En el caso de Onetti, las formas ácidas de sus amores son, sin embargo, el preciso complemento de las mujeres estériles, mutiladas o vejadas por la vida que desfilan en sus ficciones implacables. Ciertas frases rápidas como látigos definen esas relaciones. El verso final de un célebre poema de Idea Vilariño -con la que Onetti vivió una desdichada y larga historia sentimental- es el eco de las infinitas amarguras que compartieron. "No te veré morir", profetiza Idea. No hay peor condena que ésa en el amor: vivir de espaldas a la muerte de alguien a quien alguna vez se le dio todo.

Cuando en julio de 1967, el Instituto de Cultura y Bellas Artes de Venezuela, que estaba a punto de conceder por primera vez el premio Rómulo Gallegos, concentró en Caracas a unos veinte escritores y críticos latinoamericanos, Onetti llegó temprano y se encerró en su habitación del hotel Tampa. Se tumbó en la cama, se negó a salir y no hizo otra cosa que escribir, beber whisky, fumar y leer novelas policiales. El diario El Nacional envió a la más brillante de sus redactoras literarias, Marie-Jose Fauvelles, una joven poeta nacida en Francia que firmaba con el seudónimo de Miyó Vestrini. Desde luego, jamás logró que le atendiera el teléfono. Se instaló entonces en el vestíbulo del Tampa y empezó a enviarle poemas junto con insistentes pedidos de entrevista. Al tercer día, Onetti cedió a la curiosidad y aceptó hablar con ella, pero no más de veinte minutos. Fueron cinco días.

Dolly lo amó como era: con su bohemia, su desasosiego y su insaciable apetito por otras mujeres. Le aseguró a Vargas Llosa que fue feliz a su lado. Ahora la ilusiona que se lo esté leyendo más: "Estos homenajes lo traen a la vista pública", dijo la semana pasada, cuando inauguró el Año Onetti en Uruguay con la lectura de fragmentos de El pozo , la primera novela. Logró, de algún modo, reconciliarlo con sus orígenes: en la cúpula del legendario teatro Solís, una foto que el artista Hermenegildo Sábat le tomó a Onetti, retrabajada por el fotógrafo Juan Carlos Urruzola, lo muestra, gigante, mirando a la Montevideo de sus infinitas derrotas.

El novelista de Hitler


Un autor que vuelve a la luz y ayuda a entender el fenómeno nazi


Tomás Eloy Martínez

Para LA NACION  
Sábado 18 de julio de 2009

Tal vez el mejor vehículo para entender los delirios del poder autoritario sean las ficciones que nacen al amparo de los dictadores o de sus cómplices letrados. La Italia de Mussolini prohijó al enorme poeta Ezra Pound. La Francia ocupada de Laval y del mariscal Pétain tuvo en Pierre Drieu La Rochelle a un predicador sincero de sus glorias racistas. El ínfimo dictador José Félix Uriburu desdeñó el apoyo espontáneo de otro poeta grande: Leopoldo Lugones. Hitler y Goebbels confiaron su posteridad a la arquitectura y al cine. Albert Speer y la épica Leni Riefenstahl no los defraudaron. Ambos eran heraldos de la belleza aria y sus obras exponen con eficacia el credo de la superioridad racial.

Aunque Hitler contaba también con la servidumbre de un músico de genio, Richard Strauss, necesitaba un narrador que lo glorificara. Ninguno lo satisfizo hasta que leyó algunos cuentos de Hanns Heinz Ewers. Hanns Ewers (así, con doble ene) fue un escritor olvidado durante muchos años y todavía lo es, aunque algunos editores europeos empiezan a rescatarlo, al amparo de ese frenesí arqueológico que ahora sirve para desempolvar tanto a viejos servidores del fascismo como a creadores censurados por la paranoia de Stalin o perdidos en las ruinas del viejo imperio austro-húngaro.

Ewers dejó de escribir hace ya setenta años y murió cinco años después, el 12 de junio de 1943. Su resurrección actual no se entendería si las ficciones que compuso no ayudaran a descifrar la misteriosa entrega de Alemania en los brazos del nazismo y la fascinación que el Mal sigue ejerciendo sobre artistas mayúsculos, como Francis Bacon, Diane Arbus y Philip Roth, ya no para confundirse con él, sino para exorcizarlo.

Ewers perteneció a esa raza de idealistas enfermos que creyeron en la razón de los fuertes y en la salvación nacida de la espada. Como Pound y como Céline, fue también un apátrida: se llamó a sí mismo "ciudadano del mundo" y vivió en casi todas las latitudes. Desde que nació, el 3 de noviembre de 1871, paseó por las tres Américas, Asia y las islas del Pacífico. Entre 1903 y 1904, logró conservar una casa y una biblioteca en Capri, donde compuso los cuentos de Das Grauen ("Lo horroroso"). Entre 1916 y 1918, vagó, nervioso, por Iquitos y por Belo Horizonte, a la espera de que lo repatriaran. La derrota de Alemania en la Gran Guerra lo sorprendió mientras regresaba en un barco de carga. Desde entonces, empezó a segregar un delirante orgullo patriótico que lo arrastró al nazismo.

Sus biógrafos admiten dos explicaciones para el fanatismo de Ewers: en 1923, el Partido Nacional Socialista -todavía embrionario- imaginó un programa que parecía saciar todos los sueños de reivindicación patriótica alimentados por el escritor; luego, a fines de la década, el Orden Negro de Hitler y el renacimiento del paganismo alemán expresaron a la perfección la filosofía esotérica en la que Ewers había creído y sobre la que, por otra parte, estaban basadas sus dos obras maestras: La Mandrágora ( Alzaune , 1910), y El aprendiz de brujo ( Der Zauberlehrling , 1911).

La Mandrágora refiere una historia que finge ser inofensiva. Sucede en una comunidad de intelectuales burgueses, universitarios, abogados y médicos que aman el vino, las palabras y los duelos. Debajo del aburrimiento, el mal asume sus más astutas formas, aun las de la ingenuidad. La intriga es precaria, casi inexistente. El profesor Bronken, investigador científico que sacrifica a niños en sus experimentos, es persuadido por su sobrino Frank Braun de crear una criatura infernal. La fórmula de que se vale es precursora de los delirios de Josef Mengele. Consiste en inyectar en el útero de una "prostituta vocacional" el esperma de un condenado a muerte.

De la fecundación nace una hembra maligna, la Mandrágora, que ya en el parto destroza las vísceras de la madre. Ese es su primer crimen. Adoptada por el viejo Bronken, quien se enriquece gracias a los consejos de su pupila, la satánica niña va convirtiéndose en una mujer de encantos letales. Los que se enamoran de Mandrágora sucumben. La excepción es Frank Braun, quien logra seducirla y provocar su muerte. Una noche de luna llena, en un acceso de sonambulismo, Mandrágora se desploma desde un tejado invocando a Frank.

Contar sólo la intriga de esta novela es traicionarla, porque pone al descubierto la ingenuidad y la torpeza del narrador, mientras escamotea sus lujos verbales y la eficacia con que cristaliza la atmósfera de cada situación en una sola frase perfecta. Quien se detenga sólo en la defectuosa trama puede distraerse luego ante hallazgos descriptivos como la visión de Mandrágora montando desnuda una burra blanca en un campo de claveles o la sensualidad de su baño en las fuentes barrocas del viejo Brinken, junto con tritones que escupen agua por los mofletes. La descripción en la que Ewers pone lo mejor de su talento es el baile de gala al que Mandrágora llega vestida de caballero mientras su enamorado prefiere un disfraz de doncella. Es un fragmento digno de Proust o de Henry James.

Cuando Hitler tomó el poder, Ewers creyó que la Alemania mitológica de Sigfrido y del Walhalla había llegado finalmente. Si bien no se afilió al partido nazi, participó en los desfiles de antorchas de los SA (Tropa de Asalto) y en las fiestas paganas de su caudillo Ernst Röhm.

Desde que el escritor se sometió a la disciplina militar de las SA, abandonó las creaciones fantásticas. Entre 1922 y 1932, compuso apenas un puñado de textos que aspiraban a ser históricos, pero que eran sólo ramplona propaganda de las liturgias de las SA. El más célebre fue Reiter in Deutscher Nacht ("Jinetes en la noche alemana"), que enumera las hazañas raciales del Führer. Goebbels lo convirtió en su escritor de cabecera y lo expuso a una fama que en esos tiempos era peligrosa. Fue el principio del fin.

El 3 de noviembre de 1933, Hitler lo invitó a la residencia oficial de Berghof, en los Alpes bávaros. Faltaban siete meses para la desenfrenada matanza que acabó con Röhm y con las SA, la célebre "noche de los cuchillos largos" que tan bien ha narrado Luchino Visconi en El crepúsculo de los dioses .

Louis Pauwels -fuente no siempre digna de confianza- afirma que "el Führer sentía por Ewers una sincera amistad. El y Albert Speer eran los únicos intelectuales a los que toleraba. Impregnadas de sangre y de tinieblas, las palabras de Ewers ejercían una atracción intensa sobre el espíritu atormentado del dictador autodidacta". Ninguna de esas noticias puede probarse. Speer no menciona a Ewers en su minucioso Diario, pese a que Hitler tuvo otras dos entrevistas con el escritor.

Aquel 3 de noviembre de 1933, Ewers salió del Berghof con el mandato de crear un modelo para los SA y para la juventud alemana, un mártir de perfil heroico. En los archivos de los diarios berlineses, creyó encontrar lo que necesitaba. Su mártir era Horst Wessel, un rufián que había organizado en 1925 las fuerzas de choque nazis y que un año más tarde fue abatido en un combate callejero con los comunistas.

El personaje no era convincente, pero Ewers no se arredró y se aplicó encarnizadamente al cumplimiento de lo que él llamaba "mi querido deber". Escribió una apasionada biografía de Horst Wessel que se publicó en 1933 con un éxito clamoroso. Goebbels ordenó de inmediato una adaptación cinematográfica. Pero casi todos los santos cruzados a los que el autor veneraba en ese libro cayeron asesinados durante la sangrienta purga de los SA. Cuando Hitler y Goebbels asistieron a la proyección privada de Horst Wessel, el 13 de diciembre de 1934, vetaron el film por incurrir en presuntas falsedades históricas. El estreno quedó anulado y el nombre de Ewers se convirtió en peste. El personaje heroico que imaginó sobrevivió, sin embargo, a todas las desgracias. Cuando los rusos entraron en el devastado búnker de Hitler, en Berlín, los dos himnos patrióticos que aún se oían eran Deutschland über Alles y el Horst Wessel Lied .

A partir de 1935, todas las obras de Ewers fueron prohibidas en el Reich, con excepción de Jinetes... , pero aun ésta era de venta limitada. A comienzos de 1936, también se le impidió escribir y salir de su refugio bávaro. Para un viajero como Ewers, la inmovilidad equivalía a la muerte. Un cáncer lo abatió en Munich. Kurt Desch, su editor, ordenó que sobre la tumba se inscribiera la última frase de La Mandrágora , en la cual cabe entero el destino de Ewers: "Quiero entrar en mí. Me espera mi madre".

Cortázar y sus lecciones de libertad



A 25 años de la muerte del escritor en Francia


Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION   
Sábado 14 de febrero de 2009

El 12 de febrero de 1984, un domingo del que se acaban de cumplir veinticinco años, Julio Cortázar murió en el hospital St. Lazare, en París. Un mes antes había atravesado por última vez la puerta de la casa de la rue Martel, donde se refugió tras la pérdida de Carol Dunlop, el gran amor de su vida. En diciembre había regresado a Buenos Aires para celebrar en las calles la reconquista de la democracia. Pidió una audiencia con el presidente Raúl Alfonsín, pero regresó a París después de esperar en vano una respuesta.

Más de una vez hablé del tema con Aurora Bernárdez, su primera y devota esposa, a quien el escritor confió el cuidado de su obra. Aurora, que lo conoció como nadie y estuvo junto a su cama en los días finales, recibió por terceros una explicación del incidente, según la cual nadie le avisó a Alfonsín que Julio quería verlo. Un literato notorio habría sugerido a los asesores que el presidente no lo recibiera, porque la figura de Cortázar, demasiado identificada con los movimientos revolucionarios de Cuba y de Nicaragua, irritaría a los militares que aún no se habían retirado por completo. Aurora supone que debió de ser así y desliza el nombre de alguien que, según ella, jamás le perdonó a Julio el lugar de privilegio que ocupaba junto a otros grandes como Fuentes y García Márquez.

Cortázar nunca se repuso de esa herida. Sabía que no iba a regresar, que la leucemia le dejaba pocas incertidumbres sobre la proximidad de la muerte. Se llevó, al menos, el cariño de los jóvenes que lo reconocieron por la calle, los recuerdos de un par de jueves de ronda con las Madres de Plaza de Mayo, los aplausos que lo hicieron llorar en una función de Teatro Abierto.

Por medio de un amigo dejó un mensaje al presidente de la democracia recuperada: "Ojalá que todo le salga bien". Se dirigía a Alfonsín, pero también a su país. Porque, como siempre creyó, su país era la Argentina: "Mis lectores me consideran un escritor argentino, incluso muy argentino", le dijo a Luis Harss en la entrevista que se incluye en Los nuestros , el libro que dio forma al boom. "Creo que ser argentino es participar en una serie de valores y disvalores, en los planos más diversos, en asumirlos o rechazarlos, en entrar en el juego o tirar la pelota afuera."

Entre los papeles inéditos que Alfaguara publicará a comienzos de mayo -cinco cajones repletos que Aurora encontró a fines de 2006 en la vieja casa de Grenelle, donde ambos vivieron durante más dos décadas-, hay una entrevista a sí mismo en la que Cortázar se refiere a su identidad.

Al dictador Roberto Viola le habían pedido una opinión sobre argentinos exiliados a los que él consideraba enemigos del país, agentes de la subversión y otros cargos por el estilo. Cuando se mencionó el nombre de Cortázar, Viola fingió sorpresa: "Que yo sepa", dijo, "ese señor es francés y no tiene nada que ver con nosotros." Luego de treinta años de vivir en París y de dos rechazos a su petición de ciudadanía, el gobierno socialista de François Mitterrand al fin le había concedido a Cortázar la doble nacionalidad, para ahorrarle nuevos trastornos burocráticos.

Julio se sintió en la necesidad de distinguir entre "lo que va del patriotismo legítimo al nacionalismo de consignas y arengas". En la entrevista -entregada al semanario brasileño Veja - declaró que el pasaporte francés lo hacía sentir más argentino y más latinoamericano que nunca, puesto que lo proveía "de nuevos medios y de nuevas fuerzas para seguir luchando contra los regímenes que infaman el Cono Sur".

En París, Cortázar había escrito una decena de libros en castellano dedicados al público de la Argentina y de América latina. Que eso importara menos que un documento de tapas azules le parecía pura lógica de cuartel. "Sé dónde tengo el corazón -escribió- y por quiénes late."

Siempre lo había sabido, o acaso sea más preciso decir que lo descubrió en su lenguaje al pasar de Los reyes (1949), poema dramático muy torre de marfil y muy laberinto griego, a los cuentos de los tres libros siguientes, Bestiario (1951), Final de juego (1956) y Las armas secretas (1959). Quizás importe precisar que, en ese tránsito, se graduó de traductor y se mudó a París, donde tomó conciencia de su argentinidad esencial.

La amistad con Fuentes y Vargas Llosa le permitió entender que las raíces de su país estaban en América latina, décadas antes de que la crisis económica le revelara a la Argentina que su realidad se parecía más a las realidades mestizas del continente al que pertenecía que a las de la Europa que la había educado.

Escribía desde niño, aunque sólo para sí mismo. "Como tengo una idea muy alta de la literatura -le dijo a Harss-, me parecía muy estúpida la costumbre de publicar cualquier cosa como se hacía en la Argentina de entonces." Los reyes le pareció, a los treinta y cinco años, un texto serio. Y lo era, pero también era un texto anacrónico. Poco a poco le fue perdiendo respeto a la literatura, entró en confianza y terminó burlándose de ella.

Estaba a un paso de cumplir medio siglo cuando publicó Rayuela . En los Papeles inesperados de Alfaguara se incluye una evocación que hizo diez años más tarde, en la que declara su asombro porque los personajes individualistas de su novela, absortos en búsquedas metafísicas, hubieran sido capaces de atraer a una generación que soñaba con cambiar el mundo, no para ellos sino para todos. "Mientras los «viejos», los lectores lógicos de ese libro, escogían quedarse al margen, los jóvenes y Rayuela entraron en una especie de combate amoroso, de amarga pugna fraterna y rencorosa al mismo tiempo, e hicieron otro libro de ese libro, que no les había estado conscientemente destinado."

Ese libro, sin embargo, iba a deslumbrar a más lectores de los que Julio se atrevía a imaginar. E iba a hacerlo durante más tiempo que cualquier otro libro de la época, llevándose por delante a viejos y jóvenes y a las generaciones para las que él sigue siendo el autor muerto de una obra viva, al que se relee en estado de incesante sorpresa.

Estos Papeles inesperados rescatan tres nuevas historias de cronopios, famas y esperanzas, y un capítulo omitido de Libro de Manuel , junto con reflexiones sobre su obra y sobre la política de aquellos años, desventuras de su álter ego Lucas en lucha con las erratas, y hasta un juvenil Discurso del Día de la Independencia que su madre guardó desde 1938.

Esas ráfagas del más puro Cortázar coinciden con los homenajes que le tributa la ciudad de sus amigos y a la que dedicó una maravillosa elegía sobre los paisajes perdidos para siempre: "las lecherías abiertas en la madrugada", "el superpullman del Luna Park", "la fealdad de plaza Once", "el reloj de la torre de Retiro", "los olores de la platea del Colón", "las aceras mojadas de la calle Corrientes".

Recuerdo que en 1972, cuando volvió a Buenos Aires por muy pocos días, me habló de los movimientos incesantes del lenguaje nacional: "Antes -dijo, mostrando un billete de mil pesos- a esto se lo llamaba «fragata» y ahora se le dice «luca»". Le respondí que la constante devaluación del peso iba a librarnos pronto de esa desorientación lingüística, pero al leer en sus nuevos textos la expresión "diez guitas" advertí cuán alerta se mantenía ante esa lengua que era suya, la de su país y la de su obra.

Si Borges dejó en la literatura argentina el lujo de una escritura inteligente en la que cabía el universo, Cortázar enseñó a trastrocar todos los órdenes del lenguaje y a recuperar el desdeñado acento latinoamericano. Rayuela fue, en muchos sentidos, la cifra de generaciones. Es una felicidad rebelarse contra el mandato que Cortázar inscribe en el Tablero de Direcciones de la primera página y releer la novela en desorden, abriéndola en cualquier parte. El autor aconsejaba seguir cierto orden en los capítulos, pero no se habría quejado de la desobediencia, porque estaba a favor de todas.

En la Argentina, y me consta que también en otras partes, Cortázar fue el resumen de su época. Los sesenta y las décadas que siguieron le deben la libertad para hablar de sexo, criticar las costumbres pequeñoburguesas, quitarles el almidón a las palabras y a las cosas. Libertad era su consigna, el santo y seña de su generosa vida. Y porque la aspiración de ser libre está en el aliento de la especie humana, la obra de Cortázar se sigue leyendo con pasión, a veinticinco años de su muerte, como si todavía estuviera escribiéndola.

Retrato de un renacentista



La Nación de Argentina
A cincuenta años de su primera publicación, acaba de reeditarse La región más transparente (Alfaguara), quizás la novela más destacada del autor de Gringo viejo y una de las más sobresalientes de la narrativa en español del siglo XX. Tomás Eloy Martinez analiza en este texto, publicado originalmente en francés, en los prestigiosos Cahiers de I´Herne , la importancia literaria del escritor mexicano y el papel que éste desempeña como intérprete y profeta de las aspiraciones latinoamericanas. La voz de Fuentes ha pusto siempre en primer plano, sin dogmatismos ni mordazas, los problemas y ambiciones de Iberoamérica
Sábado 5 de abril de 2008
Por Tomás Eloy Martínez

El siglo XX está poblado de intelectuales emblemáticos. Ninguno de ellos ha reflejado tan bien como Carlos Fuentes las atmósferas, los humores, las obsesiones y los cambios de piel de América latina. No es por condescendencia o por instinto que, en los Estados Unidos, los senadores, los editores de periódicos y los diplomáticos subrayan con lápiz rojo los escritos políticos de Fuentes ni es por rendirse al magnetismo de su lenguaje -elegante, preciso, henchido de ideas como un viñedo en las semanas de cosecha- que las opiniones de Fuentes son citadas tan a menudo en los despachos de los ministros de Cultura de Francia, España y el Reino Unido, al tiempo que las repiten las páginas de Le Monde y Libération , de El País y The Guardian . Desde hace más de treinta años los centros de poder y de opinión perciben que América latina se expresa por boca de Fuentes y que los deseos apagados del continente, los delirios amordazados por la sensatez, así como el afán de justicia, los sueños insatisfechos, los miedos milenaristas, el mestizaje, la mulatería, los duelos interminables de la civilización y la barbarie, todos esos magmas de lo que se entiende, mal o bien, por identidad latinoamericana han encontrado siempre en Fuentes a su vocero y su profeta. De tanto en tanto, América latina suele "pasar de moda" -como se dice frívolamente- en los países industriales. Las ideas de Fuentes, no: siempre consiguen reabrir discusiones que ya se daban por clausuradas.

En el primer número de la revista Mundo Nuevo , el aún joven novelista, que acababa de publicar Cambio de piel , dio a conocer un credo intelectual del que nunca abjuraría. Para que la palabra sea "reveladora y liberadora", decía entonces, debe también ser disidente. "Nuestras grandes enajenaciones son el paternalismo y el personalismo: la abdicación y la expectativa. Vivimos ansiosos de que nos protejan. El escritor de derecha, obviamente, por los poderes constituidos. Lo malo es que el escritor de izquierda, con demasiada frecuencia, también se protege bajo una sombrilla ideológica que lo exime de pensar con independencia, se disfraza con el decálogo del apocalipsis venidero y deja de escribir, de someterlo todo a juicio a través de la palabra y de la imaginación, que es nuestro mester."

Treinta y cinco años después, en En esto creo -su mayor obra de pensamiento y a la vez uno de sus grandes libros-, Fuentes dirá más o menos lo mismo, aunque ahora con el acento de un clásico: "Libertad es la búsqueda de la libertad. Nunca la alcanzaremos completamente". A las certezas de la juventud siguen las dudas de la madurez: el universo puesto en duda; la realidad, también, puesta en duda. "La revolución, a veces, es la fidelidad a lo imposible."

Enarbolar las banderas de la herejía, asumir el lenguaje como único medio de acción y no la acción como único lenguaje, desacatar, incomodar, mostrarse insatisfecho, antiprovidencial: tales han sido siempre, para Fuentes, las consignas irrenunciables del escritor latinoamericano. La historia ha dado muchas vueltas impredecibles, las grandes causas han cambiado de signo pero, ante todas esas mudanzas, Fuentes ha mantenido siempre los mismos principios. En nombre de ellos defendió la revolución cubana durante la década del 60 y se alzó contra la guerra de Vietnam y la invasión de los marines a la República Dominicana. La misma intransigencia contra los dogmas y el autoritarismo determinó que le volviera las espaldas a Fidel Castro después de las diatribas que éste lanzó contra los intelectuales en marzo de 1971, punto casi final del escandaloso "caso Padilla". Y fue por preservar intactos sus ideales que renunció como embajador de México ante el gobierno francés, cuando el presidente Luis Echeverría encomendó la embajada en Madrid al ex presidente Gustavo Díaz Ordaz, responsable mayor -según se creía entonces- de las matanzas de Tlatelolco. Nadie más alejado que Fuentes del conformismo político, como lo prueban las invectivas que suscitó su adhesión a la causa del sandinismo en la década del 80 y la renovada fe en el papel crítico del socialismo que siguen expresando sus discursos. Ningún otro latinoamericano, tampoco, ha refutado con tanta inteligencia las insensateces imperiales de George W. Bush, cuya idea de la "democratización universal" es una perversión de la palabra democracia, según lo demuestra Contra Bush , su libro más militante.

En todas las sinuosas vueltas del siglo xx y en lo que va del XXI, Fuentes no incurrió en una sola contradicción ideológica. Aferrado al palo mayor de sus principios, mientras la tempestad rugía por los cuatro costados, se mantuvo fiel a las mismas ideas de la juventud. Hizo repetidas profesiones de fe contra el servilismo, la explotación, el autoritarismo, los dogmas, el provincianismo, las teologías políticas y económicas. Y se pronunció a favor de la autoderminación de los pueblos, de la democracia, del derecho de los latinoamericanos a bañarse en las aguas de todas las tradiciones culturales ("Puesto que hemos sido los últimos en llegar, la cultura de cualquier parte es también nuestro patrimonio"). Apoyó los desacatos del lenguaje, vinieran de donde viniesen, los alzamientos contra el conformismo literario, la duda metódica ante cualquier verdad indisputable.

Hubo un momento, a mediados de los años 80, en que Fuentes parecía estar en todas partes: justificando la loca imaginación latinoamericana, desenmascarando el cinismo que Ronald Reagan había entronizado en la Casa Blanca, estimulando a los lectores de The New York Times Book Review a sumirse en los laberintos de las grandes novelas de Augusto Roa Bastos o de Fernando del Paso, con una generosidad rara entre los escritores de primera línea. Se lo veía también prodigarse en las universidades grandes y pequeñas de México y Estados Unidos para abrir las puertas de la lengua española y contribuir a que los infinitos dones de la inteligencia latinoamericana fueran redescubiertos.

Por la originalidad y honestidad de lo que decía, acabó convirtiéndose -sin que él lo buscara y sin que casi se diera cuenta- en la conciencia estética y el emblema moral de América latina, en el termómetro con que los poderes de cualquier signo medían las temperaturas del continente. El novelista que había encandilado a dos generaciones con los fantasmas de Aura , con el ascenso hercúleo de Cortés al Popocatépl en Terra Nostra y con las zancadillas políticas sin fin de La Silla del Águila parecía haber descubierto la perdida piedra filosofal de la América precolombina: el arte de transformar a las multitudes por la hipnosis de la palabra. Como no estaba comprometido con otra causa que no fuera la de sus convicciones ni tenía más ambición que la de mantenerse leal a sí mismo, las ideas de Fuentes fueron atentamente seguidas tanto por senadores ultramontanos como Jesse Helms -uno de los conservadores más extremos de los Estados Unidos- como por el eterno Fidel Castro. Los reyes de España y el primer ministro Felipe González lo invitaban a cruzar el Atlántico en sus aviones para discutir el lenguaje común con el que España y la América española podían hablarle al planeta en las décadas por venir, y los presidentes de México no se perdían ni una sola de sus advertencias sobre las hecatombes de la venalidad política y los riesgos de la integración con los vecinos de más al norte. Fue el rey Juan Carlos quien lo ordenó caballero de la lengua castellana en Rosario, Argentina, cuando citó -él, que es tan parco en dar nombres propios- a Fuentes y su feliz expresión "Somos todos hijos de la Mancha". Eligió esa frase porque resume un linaje, un mandato, y también un símbolo: respiramos el mismo idioma y soñamos el mismo sueño redentor de Don Quijote.

Interesado por todo lo que tenga el aroma de la vida (¿acaso no dijo él alguna vez, en los remotos años 60, que "se escribe con todo lo que está vivo para uno: el amor, la violencia, el sexo, las drogas, la pérdida, la familia, el trabajo, la derrota"?), Fuentes es el último de los renacentistas en un continente intolerante con los renacimientos. Al despuntar el año 2000, concibió la idea de reunir en un foro de discusión constante a los más importantes políticos, hombres de empresa e intelectuales de América latina, España y Portugal. Por primera vez, seres lúcidos con intereses a menudo antagónicos se encerraron en un mismo ámbito -primero en la Ciudad de México, luego en Buenos Aires, Toledo, Campos de Jordao en Brasil y Cartagena de Indias- para cotejar puntos de vista sobre temas tan sensibles como las relaciones de los países del área entre sí y con los Estados Unidos, las derivaciones sociales de la economía de mercado, la corrupción, los gastos militares, los declives de la educación y la salud. Lo que Fuentes bautizó como Foro Iberoamérica se convirtió en una formidable máquina de pensar una realidad aquejada por disputas históricas y recelos nacionales, hasta convertirla en una curiosa fraternidad de ideas. La institución, ahora perdurable, acaso prevalecerá como una de las mayores creaciones de Fuentes y, a la vez, como la más insólita reunión de personajes sin tiempo libre que entregan más de tres días de su vida, todos los años, al acto puro de reflexionar sobre el continente sin otro interés que ese: descubrir otras miradas inteligentes sobre un mismo paisaje.

La indomable energía de Fuentes, lejos de menguar con los años, se multiplica. Desde 1991 ha publicado una docena de obras, entre las que están algunas de sus novelas más notables. 1991 deparó La campaña, una formidable exploración del siglo XIX -que puede también leerse, igual que Terra Nostra y Cristóbal Nonato , como una interrogación a las claves del Milenio naciente-; en abril de 1993 dio a conocer los relatos de El naranjo o los círculos del tiempo , en los que juega diestramente con los puntos de vista y los pronombres personales. En 1992 dio a conocer El espejo enterrado , que se interna en las fuentes de la cultura precolombina para interrogar el presente. Del 2003 es su monumental reflexión sobre la pintura, Viendo visiones .Hacia 1994 terminó los relatos de La frontera de cristal , al mismo tiempo que publicaba Diana o la cazadora solitaria , una de sus ficciones más complejas. Siempre hay uno o dos libros de él asomándose en el horizonte, por lo que no hay inquinas ni elogios capaces de darle alcance.

"La escritura de novelas largas me deja exhausto", dijo Fuentes a comienzos de la última década del siglo XX, luego de pasar revista a las 570 páginas de Cristóbal Nonato , las 550 de Cambio de piel y a las casi 800 -muy apretadas- de Terra Nostra . Y sin embargo, ya estaba trabajando en la red de historias sin fin de Los años con Laura Díaz , que se extienden en 600 páginas de caja grande. Publicada once meses antes del fin del siglo, esa obra maestra es un acabado resumen del país que asistió a la agonía del porfiriato, a la revolución de Villa y de Zapata, a las luces de los emigrados españoles y latinoamericanos y a la oscuridad de Tlatelolco. Como en La Silla del Águila (2003), otro prodigio de arquitectura narrativa, el tema central es el tiempo, pero el tiempo de México, es decir, un tiempo cíclico, a menudo inmóvil: un perpetuo regreso a los pasados. En Tiempo mexicano , Fuentes se preguntaba si "podemos, simultáneamente, hacer presentables todos nuestros pasados y utilizarlos para la comprensión y la justificación tanto de la vida como del orden externo de las cosas". Es decir, si es posible rehacerse, reconstruirse, recuperarse. No siempre la respuesta es la misma: el tiempo se mueve, y la dirección en que lo hace -la ilusión constante es que se mueve hacia adelante, pero a veces no es así- determina la redención o la perdición.

La edad del tiempo ha llamado Fuentes a la gran comedia humana de sus ficciones. Y edad, allí, significa también identidad. En el vaivén de las parejas, en el juego incesante de la pasión, advierte que somos lo que somos, pero a la vez somos otros cuando se nos sitúa en relación con alguien. En otra de sus grandes novelas, La muerte de Artemio Cruz , ese ajedrez de la identidad es nítido. Artemio muda de piel cuando está con Padilla o con Catalina, y vuelve a mudarla con su hijo Lorenzo. Los otros, como el tiempo, nos rehacen.

Conocí a Carlos Fuentes en Buenos Aires, la primavera austral de 1962, cuando él volvía del Congreso de Intelectuales organizado por la Universidad de Concepción, en Chile. Allí había deslumbrado a todo el mundo, desde Pablo Neruda hasta el arisco José María Arguedas. Lo recuerdo de pie en un frágil balcón de la calle Arenales, en el séptimo piso de un departamento elegante, a la caída de la tarde, admirando las espaldas de una mujer espléndida que escuchaba, extasiada, una disertación de Ernesto Sabato sobre la decadencia de la novela francesa. Junto a Fuentes estábamos Augusto Roa Bastos, Enrique Pezzoni, José Bianco y yo mismo, sin abrir la boca. Siempre creí que también estaba allí Julio Cortázar, quien había llegado a Buenos Aires en esos días. Fuentes me ha corregido la memoria: no era Cortázar sino Francisco Petrone, el actor argentino por quien él sintió desde el principio una admiración que nunca declinó. En Buenos Aires acabábamos de leer Aura y ya habíamos releído La región más transparente . A todos nos parecía imposible que alguien tan joven fuera a la vez tan maduro, tan dueño del instrumento que tañía y, a la vez, tan sabio, con un sentido del humor tan veloz. Fue la primera vez que lo oí hablar de un proyecto de varias novelas sobre dictadores, compuestas por los jóvenes recién llegados a la literatura latinoamericana, cuyo irónico título común debía ser Los padres de la patria . Allí mismo trató de convencer a Roa Bastos para que se hiciera cargo del volumen dedicado al doctor Francia y a Bianco para que se ocupara de Rosas o de Perón. Bianco contestó, con aterrada cortesía, que la novela histórica no le interesaba pero que de todos modos iba a pensarlo. Roa estaba metido de narices en los libretos de cine con los que se ganaba la vida y la idea de Yo el Supremo , que ni siquiera le rondaba por la cabeza, brotó tal vez de aquella inesperada invitación. Fuentes reclutaba adictos por todas partes: en Chile había convencido (o al menos así lo creía) a José Donoso para que escribiera sobre Balmaceda y a Jorge Edwards para que se ocupara de Melgarejo. ...l mismo hablaba con fruición de la enorme novela que pensaba consagrar al dictador Antonio López de Santa Anna, héroe de Tampico y de El Álamo, quien había enterrado con increíble pompa, hacia 1838, la pierna perdida mientras disparaba sus cañones contra la flota francesa en Veracruz.

En un continente provinciano, que canonizaba el regionalismo y abjuraba -todavía, a un año apenas de su consagración en Formentor- de los espejos y laberintos de Borges, a la vez que ignoraba (o simulaba ignorar) la voz en sordina de Rulfo, las pesadillas de Felisberto Hernández y el barroquismo elegante de Alejo Carpentier, Fuentes fue el primero que se propuso imponer a la narrativa latinoamericana la conciencia de que era única, universal, libre de falsas tradiciones telúricas y de fantasmas campesinos; el primero que la salvó de su secular complejo de inferioridad y la forzó a respirar el oxígeno del mundo. A él, más que a ningún otro, se debe la idea de que el lenguaje común y la naciente fe común en América latina podía convertir el continente en el laboratorio de un mundo mejor.

Para los argentinos, que llevábamos décadas oyendo hablar, con supremo engolamiento, de las esencias "invisibles" de la nacionalidad, y que nos habíamos pasado los últimos años discutiendo, con toda seriedad, si escribir no era un modo de conjurar el terror que nos imponía "el silencio de Dios", las implacables reflexiones sobre lo mexicano que Fuentes ponía en boca de sus personajes, como quien no quiere la cosa, vertían sobre nosotros una naturalidad y un aire fresco con el que lavábamos el almidón de nuestros próceres literarios. Recuerdo la marca de fuego que nos había dejado en la imaginación la divisa de Ixca Cienfuegos, uno de los inolvidables personajes de La región más transparente : "Sé tú mismo, con todas las condiciones de tu vida", y también el entusiasmo con que se la repetí a Fuentes aquella tarde, en el balcón de Buenos Aires.

Volví a encontrarlo muchas otras veces en los años que siguieron, tanto en su casa de Hampstead, Londres, como en la que le alquiló al novelista James Jones en la isla de Saint-Louis, París; durante el festival de Cannes de 1975 y en la embajada de México ante el gobierno de Francia, donde tuvo la generosidad de cobijarme algunos días cuando yo, exiliado reciente, andaba en busca de un país al que huir de la barbarie argentina. Luego nos vimos en nuestras propias casas vecinas de Washington, durante las semanas en que ambos coincidimos como fellows del Wilson Center, y hasta en algún desayuno en el hotel Carlyle de Nueva York, mientras él corregía las pruebas de la edición norteamericana de Cristóbal Nonato . Y tres o más veces por año en el ya difunto hotel Delmónico de Manhattan o en las asambleas del Foro Iberoamérica. En cada una de esas ocasiones sentí que estaba ante una inteligencia única, siempre en guardia, y ante un ser humano generoso con sus dones e insólitamente generoso en el reconocimiento de los dones ajenos.

Uno de los placeres de su compañía son sus infatigables juegos intelectuales, que pueden aludir a una novela perdida del perdido Halldór Laxness o a versos de juventud de José Gorostiza, Salvador Novo y Jaime Torres Bodet: lo he oído enhebrarlos y entreverarlos al azar, hacia arriba y abajo, hasta componer la música de un poema que es de ninguno de los tres. Lo he oído también improvisar corridos mexicanos sobre el tema que se le pusiera por delante, sin vacilar en las rimas ni en las cadencias, con un arte que resucita a los rapsodas griegos y -en versión menos educada- a los payadores argentinos o a los albureros de su país natal.

Cada nuevo libro de Fuentes ha sido siempre una sorprendente aventura verbal, en la que todo se pone a prueba: desde la estructura del relato hasta el incesante hacerse y deshacerse de los personajes. Esa búsqueda sin tregua lo ha llevado a defender otros osados experimentos narrativos como si en ello le fuera la vida, ya sea en la obra de Milan Kundera o en la de Paul Auster como en la de Gabriel García Márquez y la de Salman Rushdie. Esa pequeña comunidad internacional de revolucionarios del relato ha terminado por ser, también, una comunidad que está enseñándole al mundo a imaginarse y a leerse de otro modo. Y la increíble respuesta no es ya el interés, el respeto, la adicción o la indiferencia que siempre se ha dispensado a los escritores. En este caso hay también devoción.

Fuentes es, por un lado, un personaje seductor, hacia quien -dondequiera esté, y con frecuencia muy a su pesar- apuntan los reflectores de la fama, y por el otro, un novelista disciplinado, extremadamente laborioso, que jamás ha querido hacer concesiones a la comodidad del lector o a las exigencias del mercado. Narrador refinado, casi de culto (como en los años 50 lo fue Julio Cortázar y en los 90, W. G. Sebald), él mismo definió en una de sus obras, Cristóbal Nonato , el abismo que media entre el convencional "lector" y el "elector" inteligente. Aunque sus ficciones venden miles de ejemplares - y aun algunas de las más complejas, como La muerte de Artemio Cruz, Terra Nostra y Los años con Laura Díaz , llegan a varios cientos de miles- , leer a Fuentes es una ceremonia de encantamiento privado, en la que "hay que dejarse caer hasta el fondo de uno mismo", como solía decir Ixca Cienfuegos. El influjo ejercido por su obra tiene que ver no solo con la radiante fascinación de su escritura y la imponencia de sus temas, sino también con la nobleza de sus ideas. En las nervaduras que van uniendo una ficción de Fuentes con otra, se observa siempre la misma voluntad por desenmascarar la hipocresía, comprender y aceptar la infinita diversidad de la especie, poner en evidencia las irrisiones de los dogmas y de los prejuicios.

La memorable experiencia de oír a Fuentes hablando en Rosario sobre la historia mestiza de la lengua castellana quizá solo sea comparable a la de su discurso en Alcalá de Henares, cuando recibió el premio Cervantes 1987. Las dos veces, Fuentes rescató -enriqueciéndolas- algunas de las ideas a las que no ha cesado de ser fiel desde que se las oí por primera vez, en el mítico balcón de Buenos Aires: las que definen a la novela como un género inseguro, contaminado, en perpetua situación de búsqueda, y a sus artífices como seres insumisos, incómodos, a los que el poder oirá siempre con temor y desconfianza. O bien las que convocan a la unidad de las Españas dispersas y a la aceptación de una identidad cristalizada por la historia y por la lengua.

Aunque Fuentes haya negado, una y otra vez, los dones de profecía que se atribuyen a sus novelas -sobre todo a dos de las más extensas, Terra Nostra y Cristóbal Nonato - , y prefiera decir que quien asume el riesgo de imaginar puede, a veces, crear involuntariamente un cierto futuro, su enorme talento de observador para vislumbrar los horizontes de la pasión humana convierte sus conjeturas literarias en adivinaciones certeras de lo que está por venir.

Recuérdense las últimas páginas de Terra Nostra , en las que el planeta exhibe sus llagas milenaristas. Cuando quince años después Fuentes repasó esos problemas en el discurso que pronunció en México durante el llamado Coloquio de Invierno, pudo verificar que algunos de los vaticinios ya estaban allí. Los temores del pasado están regresando -dijo-: los ídolos de las tribus, el fanatismo, la supresión de la crítica. Al mismo tiempo, sin embargo, la sociedad civil se expresa, "de abajo arriba y de la periferia al centro", algo inédito en países donde las cosas sucedían a la inversa. El mundo se ha tornado peligroso -confirmó-, pero América latina, por el hecho mismo de que su identidad ha sido construida sobre la diversidad, está destinada a ser la mediadora ejemplar entre "economía global y nacionalismos resurrectos, separatismos y balcanizaciones políticas, multipolaridad y unipolaridad, norte contra sur". Dado que América latina no tiene una uniformidad racial que proteger ni tradiciones imperiales que preservar; puesto que su riqueza básica es la imaginación y su destreza mayor la libertad para usarla, está en condiciones de aportar las ideas que hacen falta para engendrar un mundo donde la libertad no esté reñida con la justicia. Parecería utópico atribuir ese papel transformador a comunidades aún empobrecidas, afligidas por dictaduras y agobiadas por índices alarmantes de analfabetismo y de mortalidad infantil. Y sin embargo, América latina es el lugar mejor preparado para conferir un nuevo sentido a los ciclones de la historia.

En un comienzo de milenio donde los intelectuales se jactan de su cinismo y suponen que las tragedias de la condición humana deben abandonarse a los predicadores, Fuentes es de las pocas grandes voces que siguen creyendo en el poder liberador de la imaginación y de la cultura. Cada uno de sus libros es un acto de fe en el hombre, una deslumbradora piedra en la interminable edificación del mundo. Por eso no dejará de ser oído ni leído: porque desde el principio de los tiempos, la especie no ha sabido vivir en paz sin que un virtuoso le cuente historias en las que todo vuelve a comenzar.

El regreso de Elías Canetti

Sus obras, reeditadas, reaparecen en Buenos Aires


Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION   
Sábado 5 de setiembre de 2009


Pocos autores dejan una impresión de genio tan inmediata como Elías Canetti. Apenas el lector se aventura en las primeras páginas de sus libros, se siente iluminado por una sabiduría más antigua que el tiempo. Fue en su ensayo sobre la supervivencia y el poder donde por primera vez leí una reflexión clara (y extrañamente original) sobre la sensación de superioridad y de alivio que sienten los que están de pie ante alguien que ha muerto. Escrito así parece una simpleza, pero cuando Canetti lo enuncia, se advierte qué poca atención ponemos los seres humanos en el significado profundo de gestos y movimientos que se repiten todos los días. Fue también Canetti quien explicó mejor que nadie por qué, para sentirse "el centro de todo", Kafka se refugiaba en la pequeñez, en el silencio, en la liviandad. Cuando estudia los diarios y la correspondencia de Kafka, Canetti lo revela como un escritor nuevo, recién descubierto. Lo sorprendente es que lo consigue empleando muy pocas palabras.

Llevaba yo más de veinte años sin dar con sus libros en las librerías de Buenos Aires cuando, hace pocas semanas, lo vi reaparecer en ediciones importadas y caras, aunque no lujosas, lo que me parece injusto con los lectores de estas épocas de crisis. Su obra completa está ahora en Galaxia Gutenberg y en las ediciones más accesibles publicadas por DeBols!llo.

Lo primero que leí de él fue una extraordinaria colección de ensayos, La conciencia de las palabras , en la que analiza con perspicacia la influencia que sobre Hitler ejerció su arquitecto Albert Speer y la inteligencia con que el periodista Karl Kraus abrió los oídos de la Viena anterior al nazismo. La conciencia de las palabras es también un ejemplo de la generosidad con la que Canetti juzgaba a sus pares: Hermann Broch, George Büchner, Robert Musil. En el discurso de aceptación del Premio Nobel, que con toda justicia le concedieron en 1981, reconoce la deuda con todos ellos.

Antes del golpe militar de 1976, sus libros se encontraban con facilidad en las librerías de Buenos Aires gracias, sobre todo, al empeño del editor Mario Muchnik, quien publicó seis o siete de sus obras mayores. Muchnik tuvo la audacia de salir al paso de Canetti en el Grand Hotel de Estocolmo la misma tarde de la ceremonia del Nobel. Lo tomó del brazo y se quedó un rato conversando con él. Canetti no concedía entrevistas pero no podía negarse al diálogo con uno de sus editores. Muchnik publicó los detalles de esa conversación en su autobiografía de 1999. Pintor, fotógrafo, creador de enorme talento visual, incluye en su retrato una imagen inolvidable. Al abrirse la puerta del ascensor del Grand Hotel, Canetti está quitándose la gorra de invierno y dejando al descubierto una blanca melena leonina, "que arde como una llamarada de hielo".

Los candidatos al Nobel de 1981 eran Canetti, Borges y García Márquez, quien lo recibiría al año siguiente. García Márquez ha sido siempre muy discreto y ha evitado pronunciarse sobre el hecho de que Borges fuera un postergado perpetuo. Ha citado, sí, que algunos académicos de Estocolmo valoraban mucho sus poemas y desdeñaban, en cambio, sus ficciones. Según Muchnik, algo parecido dijo Canetti aquella víspera de gloria: "Yo no le daría el premio a Borges. Y no por razones políticas, que no son pocas, incluso la medalla que recibió de manos de ese tal Pinochet. No se lo concedería porque su literatura es trivial, bien escrita pero superficial como el ajedrez". Canetti era un genio y, como ha escrito Susan Sontag, "era también parcial e injusto con los pueblos sin historia". Por eso entendía tan mal a Borges, quien, como provenía de un pueblo sin historia, sentía la necesidad de crearle una.

Todo lo que a Canetti le pasó en su larga vida parece desmesurado. Oriundo de Rustschuk, un pueblo búlgaro del bajo Danubio, vivió mudándose desde los cinco años. En 1911 lo llevaron a Manchester, Inglaterra; en 1913 -tras la muerte del padre- a Viena; entre 1916 y 1920 anduvo entre Zurich y Lausanne; a fines de los años 20 se instaló en Berlín; luego regresó a Viena, se detuvo en París, y por fin en 1938, se asentó definitivamente en Londres, de donde raras veces se movió hasta su muerte en Zurich, en 1994, a los 89 años.

A diferencia de casi todos los hombres, que disponen de una sola lengua para el amor, para los recuerdos y la desdicha, Canetti tuvo por lo menos cuatro lenguas de infancia: el alemán, que sus padres le prohibieron hablar y leer hasta los siete años; el inglés de sus primeras lecturas; el ladino, "mi lengua de la cocina", como él decía, y el búlgaro de su adolescencia.

Podría haber escrito en cualquiera de esos idiomas, pero decidió hacerlo en alemán como una afirmación de su ser judío. Canetti seduce con palabras, porque el lector adivina en él, más allá de su humildad auténtica, una rara capacidad para entenderlo todo. Parece estar regresando de las culturas más remotas, de los sentimientos más primarios, de las experiencias más revolucionarias: como si fuera el sobreviviente de un lugar en el que han sucedido ya todas las cosas.

Empezó a escribir su primera novela, Auto de fe , en abril de 1927, cuando aún estudiaba química y vivía en una habitación vienesa cuyas ventanas daban al zoológico y al asilo de locos Steinhof.

La obra de su vida es el monumental ensayo Masa y poder (1960), de lectura imprescindible para quienes quieren entender el populismo, la demagogia y el desprecio que los hombres de poder sienten por las masas a las que manipulan. Cada vez que el autor se acerca a cualquier versión de la masa (el trigo, el bosque, el fuego, la lluvia), pone simultáneamente en movimiento las disciplinas más dispares. De la antropología salta con naturalidad a la historia de las religiones, de allí a la poesía y a la anatomía patológica, alcanzando en cada caso el milagro (¿cómo llamarlo de otro modo?) de transfigurar esa inmensidad en una criatura viva, pequeña, verificable, con la cual el lector puede identificarse fácilmente. La historia, abrazada por el lenguaje de Canetti, acaba siendo como la última plegaria de una tribu de sobrevivientes, la letanía de un loco que se cree invulnerable. Y que quizás es invulnerable.

Dos de los capítulos finales estudian el extraño delirio paranoico, entre místico y racial, narrado en las Memorias de un neurópata, de D. P. Schreber, ex presidente del Senado de Dresde. Esas Memorias son también la fuente principal del ensayo sobre la paranoia, que Freud publicó en 1910 y que Canetti no menciona, por razones no explicadas.

Pese a la imponencia de Masa y poder , cuyas 500 páginas nunca citan a Marx e incluyen sólo una mínima referencia a Freud (una nota casual a pie de página), el texto más revelador sobre Canetti es, sin duda, La lengua salvada (1977), primer volumen de su autobiografía, que deja en el lector la sensación de que el lenguaje ha sido agotado, vaciado de sus mejores sustancias y que ya no es posible decir nada con esas mismas palabras. Es una memoria a la que nunca se le ven las costuras. La naturalidad de los significados es tal, las frases respiran con tanta soltura, que no es fácil explicar de qué está hecho ese universo tan familiar y al mismo tiempo tan ajeno: qué entrega tan absoluta ha sido necesaria para que los sentimientos de Canetti operen un inmediato contagio.

Son inolvidables la fascinación que el narrador siente por las mejillas coloradas de una aldeana, el terrible grito de la madre en el jardín cuando el padre muere, la mansa aceptación del sexo como un tabú, y el descubrimiento, en Zurich, de que el prejuicio antijudío ya no se apartará de su vida.

Otra obra de destilación verbal, Cincuenta caracteres (1974), cuenta en dos a tres páginas historias que son la semilla de grandes novelas. Una de esas historias, "El bibliófago", es un resumen prefecto de Auto de fe, a la vez que una demostración de los límites a los que Canetti sabe llevar el lenguaje. La lengua salvada es irresistible de otra manera: se parece a esos viejos folletines cuya lectura uno querría recomenzar, impaciente, apenas se vislumbra la última página.

Cuando recibió la noticia del Premio Nobel, estaba en la casa de sus suegros bávaros, almorzando. A su esposa, Hera, se le resbaló el cucharón con el que servía la sopa y salpicó el mantel. Canetti masticaba un trozo de pan y, por el asombro, dejó caer el bocado al plato. Al advertir que la vida familiar no volvería ya nunca a ser la misma, sintió que el Nobel lo empobrecía, lo esclavizaba. Los dioses lo habían señalado con su dedo de luz, y ser un elegido lo atormentaba. Enfrentó la adversidad de la gloria recluyéndose en su casa de Londres, de la que no salió hasta que viajó a Zurich para morir.

Borges y Judas

Antiguas maldiciones y la redención divina


Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION   
3 de octubre de 2009



Hace dos mil años, y aun algunos siglos después, la religión era una pasión absorbente y avasalladora. Estaba en juego algo mucho más trascendental que la supremacía de los apóstoles depositarios de la doctrina, que habían escuchado las enseñanzas del Maestro después de la Resurrección, cuando Jesús ya se había desprendido de su cuerpo mortal y su alma estaba en relación directa con Dios.

Para las primeras pequeñas comunidades cristianas eran intolerables las desviaciones heréticas que se expandían entonces velozmente en el territorio de Palestina y las tierras adyacentes. Simonianos, ebionitas y nazarenos no tardaron en ser aplastados. El fuego de la piedad era aplacado por rencillas incesantes. Aunque la memoria de la pasión y muerte de Cristo era el lazo que unía a todos los fieles, había pasado menos de un siglo desde la crucifixión y las disputas no tenían fin.

Se discutía sobre el perdón de los pecados, sobre la virginidad de María, sobre la salvación o la perdición del alma inmortal y sobre el significado oculto de las palabras de Jesús, que, en definitiva, eran revelaciones de Dios. La autoridad de las profecías de la Biblia hebrea disiparon muchas de las dudas. Miles de cristianos iban a la guerra y sucumbían para imponer la idea de que Jesús era una encarnación humana de Dios y para negar o afirmar que Dios era uno y trino. En cada soldado había un teólogo. Cada capitán defendía un dogma que se declaraba el único verdadero y consideraba que las otras creencias eran blasfemias o herejías que debían ser castigadas con la muerte.

En el siglo II, la cristiandad distaba de ser unánime. Se dividía en facciones enemigas, cada una de las cuales apoyaba sus creencias en cinco o más evangelios. Todos ellos se presentaban como los únicos intérpretes fieles de las enseñanzas de Jesús. Las luchas implacables se prolongaron durante siglos. A fines de la cuarta centuria, un grupo al que se conoció después como los protoortodoxos impuso una voz única. Si bien se aceptó que sólo cuatro evangelios formarían el cuerpo central de la doctrina, durante muchos años más esos textos fueron sometidos a supresiones y correcciones para eliminar anacronismos y contradicciones.

Los evangelios canónicos fueron escritos entre 65 y cien años después de la crucifixión. Se supone que el primero fue el de Marcos, y que Mateo y Lucas completaron los suyos hacia esa época. Los cuatro cuentan, con pocas variantes, las mismas historias sobre la vida, las enseñanzas y la pasión de Jesús. En los cuatro, la figura de Judas, el apóstol traidor, es estigmatizada cada vez con más énfasis. Juan, el último de los cuatro, no puede ocultar la cólera que le produce el delator. Lo describe aferrado a la bolsa del dinero, marchándose furtivamente de la Cena hacia su castigo infernal.

Fuera del canon quedaron los relatos de evangelistas como Santiago, Bartolomé, Felipe, Tomás y Pedro. Se los consideraba apócrifos, palabra que en los primeros tiempos de la Iglesia significaba secretos u ocultos. Todos coincidían en señalar que, sin la traición de Judas Iscariote, sin los latigazos, sin la corona de espinas y la muerte en la cruz, la Redención no habría sido posible. Con esos actos se cumplían las Escrituras, en las que también se anticipa que el traidor va a recibir treinta monedas de plata.

La sombra satánica de Judas se arraigó a tal punto en la imaginación de la cristiandad que la iconografía medieval y la renacentista lo representan con la mirada huidiza, apartándose de la mesa de la Ultima Cena, separado de los otros apóstoles y aferrando la bolsa con el pago ignominioso por su crimen. En el último canto de la Commedia , Dante lo describe desgarrado por los dientes de Satanás en el círculo más hondo del infierno y, para artistas como Caravaggio y Leonardo, la fealdad de su cara y la hipocresía de su expresión fueron un reflejo de las tinieblas de su alma.

Como todos los educados en la cultura de la Iglesia de Roma, recuerdo haber leído con incrédulo asombro las Tres versiones de Judas, que Borges publicó en 1944. Es uno de los cuentos de su libro Ficciones . Allí Borges atribuye al teólogo escandinavo Nils Runeberg el descubrimiento de un Judas distinto del de los cuatro evangelios. Runeberg observa que el beso de Judas para marcar a su Maestro es un acto superfluo, por no decir inútil. No había por qué identificar a un Rabbi que predicaba con frecuencia en la sinagoga y obraba milagros ante millares de hombres. Pero, como bien señala Borges, "suponer un error en las Escrituras es intolerable". La traición de Judas, por lo tanto, dista de ser casual, y debe leerse como uno de los actos más misteriosos en la economía de la Redención.

Judas es el único de los apóstoles que intuye la divinidad de Jesús. Se rebajó a cometer la peor de las infamias sólo para que el Verbo se hiciera carne en la cruz y salvara a la humanidad. Para un joven de veinte años, los que yo tenía entonces, era una audacia, casi un escándalo, leer que el Supremo Mal se transformaba, por un malabarismo de la inteligencia, en un camino necesario para el Supremo Bien. Comenté ese estupor con algunos predicadores de mi provincia. Todos ellos coincidieron en que la tesis de Borges, creada con las armas de la razón, debía mantenerse en extremo secreto. Si por azar salía a la luz, era preciso refutarla de inmediato con las armas de la fe.

En 1978, un grupo de campesinos que buscaba tesoros enterrados en las cuevas del Egipto Medio descubrió algo mucho más valioso que el oro. Eran los libros del que más tarde sería conocido como Códice Tchacos, compuestos por un grupo de cristianos gnósticos que valoraban el conocimiento como camino esencial para llegar a Dios. Restaurar esos textos, poner un orden mínimo en el complejo rompecabezas, exigió una década de paciencia. Los papiros, resecos por la falta de cuidado, eran una parva de fragmentos minúsculos, ennegrecidos, casi ilegibles. Entre esos desechos estaba el Evangelio de Judas. Después de que National Geographic lanzó una primera edición en inglés, fue traducido a todas las lenguas occidentales.

Que el Evangelio de Judas haya sobrevivido a tantas negligencias y saqueos de los mercaderes es un prodigio. Más asombroso aún es que coincida casi letra por letra con las especulaciones de Borges.

¿Cómo pudo el autor de Ficciones adelantarse cuatro décadas a las revelaciones de un relato que, en 1944, no sólo era desconocido, sino que a la vez no estaba en la imaginación de nadie? ¿Cómo, además, fue capaz de hilar tan fino en la vislumbre de un problema teológico extremadamente complejo? Una respuesta posible es que Borges, lector atento como ninguno, pudo haber conocido, en la edición de Cambridge, los volúmenes de Adversus haereses , una minuciosa refutación de todas las herejías escrita por el obispo Ireneo de Lyon, quien, por supuesto, menciona el texto de Judas.

Según los gnósticos, que recibían su inspiración del apóstol infiel, el problema fundamental de la vida humana no es el pecado, sino la ignorancia. El único camino válido para llegar a Dios es el del conocimiento, no el de la fe, que es propia de los hombres simples y primitivos.

En el Evangelio de Judas, el apóstol se acerca a Jesús, quien lo instruye en el Gran Secreto. El Maestro no es un simple mortal. Procede de un mundo superior, situado más allá de toda comprensión. El cuerpo de Jesús no tiene una apariencia única, sino que adopta distintas formas, a voluntad. Para regresar al mundo perfecto del Espíritu, Jesús debe morir. Judas hará lo necesario para ayudar a Jesús en su tránsito a la eternidad. Al conocer el Secreto, Judas es el único discípulo que sabe. Está unido al Maestro no por las simplicidades de la fe sino por la firmeza del conocimiento. Dios es un infinito tan sublime que ninguna palabra puede describirlo. Hasta la palabra Dios es insuficiente e inadecuada para designar la Deidad.

Desde el siglo IV, el nombre de Judas quedó ligado a "judío" y "judaísmo". Se lo presentaba como el judío malvado que, con su beso traidor, había desatado los tormentos del Gólgota. Su paso fugaz por el Nuevo Testamento enciende las llamas de un antisemitismo que se prolongará por más de mil novecientos años. Susan Gubar, profesora de la Universidad de Indiana y autora de una excelente biografía de Judas, cree que la imagen del apóstol traidor y codicioso, repetida incansablemente durante centurias, fue el antecedente que permitió a los nazis justificar el exterminio de los judíos, a tal punto que, según Gubar, Judas fue para ellos "la musa del Holocausto".

Borges no aprueba ni justifica las herejías, aunque su relato, al enumerar las blasfemias, las reproduce sin censuras. Con clarividencia, advierte que sobre Judas convergen antiguas maldiciones divinas y se lamenta porque esas maldiciones, que deberían haber servido para glorificar la Redención, oscurecieron la santidad de su sentido.

El balcón que volvió del pasado

Roa Bastos, Pezzoni, bianco, francisco petrone y fuentes, 47 años atras, en Buenos Aires

Tomás Eloy Martínez
LA NACION
Sábado 28 de noviembre de 2009

Tantas veces he contado cómo conocí a Carlos Fuentes a fines de la primavera austral de 1962, en un balcón de Buenos Aires vencido por los años, que ya la anécdota se ha convertido en una leyenda con la que el tiempo hace lo que quiere. A veces la vuelvo a oír tan desfigurada que me pregunto si de verdad estuve en ese balcón, y si todos los que coincidimos allí éramos tan jóvenes y felices como se empeña en creer nuestra memoria.

Por eso, cuando Fuentes volvió a pasar por Buenos Aires a fines de este noviembre, le propuse que recuperáramos el balcón para mostrárselo a Silvia Lemus, su esposa. Nos costó dar con él porque no encontrábamos balcón alguno que amenazara precipitarse sobre la calle. Con buen tino, Silvia dijo que sin duda ya lo habían restaurado y propuso que dejáramos el recuerdo allí donde la vida lo había dejado: con las grietas de otros tiempos, melancólico, empañado por el aura de una Buenos Aires que ya no existe.

La casa del balcón -en verdad, el séptimo piso de un lujoso edificio de departamentos en la zona de la Recoleta- estuvo para mí siempre en la calle Arenales. Ahora Fuentes lo ubicó en la avenida Quintana, a pocos pasos del hotel Alvear -su refugio favorito en los viajes a la Argentina-, y contó que los invitados éramos unos quince o veinte: escritores, músicos, actores de cine. Yo carecía de méritos para estar entre ellos: desde hacía un año no era ya crítico de cine del diario LA NACION, sobrevivía colaborando con Augusto Roa Bastos en los diálogos de sus películas y escribía desde la medianoche hasta el amanecer una novela que nunca terminé. Durante años supuse que fue Roa Bastos quien me había llevado al balcón, aunque José Bianco me dijo, la última vez que lo vi, que fue él quien llamó esa mañana por teléfono a mi casa de Adrogué para que no olvidara la invitación.

Llegué al departamento de la calle Quintana cuando caía la tarde. Aunque Carlos Fuentes era el centro de atención, advertí que la conversación fluía distraída, como si la dispersaran otros imanes que no estaban a la vista. Todos los invitados habíamos leído y admirado La región más transparente en la única edición que circulaba entonces en Buenos Aires -la de la Colección Popular del Fondo de Cultura Económica-, y aún puedo oír la voz de Enrique Pezzoni repitiendo algunas frases del monólogo inicial de Ixca Cienfuegos con artificial entonación mexicana: "Tus héroes no regresarán a ayudarte. Has venido a dar conmigo, sin saberlo, a esta meseta de joyas fúnebres. Aquí vivimos".

La conversación de Fuentes era ingeniosa, deslumbrante, llena de fuego político, de pasión por la justicia y de una sabiduría intelectual asombrosa para sus años. En las reuniones de Buenos Aires era habitual entonces lanzar al aire citas de Sartre, de Breton, de Jean Génet, de las grandes películas que amábamos -Fellini, Billy Wilder, Ingmar Bergman-: Fuentes nos las devolvía todas, enriquecidas siempre con algún detalle que habíamos pasado por alto. Nos habló con entusiasmo de Pedro Páramo y nos deslumbró entretejiendo al azar versos de juventud de José Gorostiza, Salvador Novo y Jaime Torres Bodet hasta componer la música de un poema que era de ninguno de los tres, pero que en modo alguno los desmerecía.

En el balcón coincidimos Roa Bastos, Enrique Pezzoni, José Bianco y el gran actor Francisco Petrone, al que Fuentes admiraba desde que lo vio en Prisioneros de la tierra , el clásico film de Mario Soffici, y en La fuga , una joya rara de Luis Saslavsky. Aunque yo también compartía la admiración por esas obras, apenas abrí la boca. Las había visto muchas veces, pero Fuentes y Bianco las conocían mejor. A pocos pasos del balcón, en el enorme living, Ernesto Sabato se afanaba explicándole a la dueña de casa las teorías del nouveau roman reflejadas en las novelas de Alain Robbe-Grillet. Ella daba la impresión de no entender una sola palabra, pero Sabato lograba mantenerla suspendida en el éxtasis de un lenguaje lleno de citas francesas y de referencias científicas.

Casi enseguida advertí que Petrone, hipnotizado por la belleza celestial de aquella mujer, trazaba en el aire la silueta de su nuca perfecta, del lánguido pelo esponjoso que le caía hasta la cintura, suspiraba sin recato, y muy pronto todos, incluyendo a Fuentes, clavamos nuestros ojos en ella. Luego la vimos perderse en la penumbra de la tarde, guiada por un Sabato solícito. Eso fue todo.

Creí que el encantamiento se había disipado para siempre hasta que muchos años después, hacia 1998, la historia salió de su letargo y reapareció con las mismas melodías del pasado. Una mañana de otoño, cuando caminábamos con Fuentes por una calle cercana a Gramercy Park, en Manhattan, descubrimos al mismo tiempo, en el décimo piso de un edificio de los años 20, varios balcones abombados, de mampostería, que parecían colgar peligrosamente sobre el abismo.

"Esos balcones -dijo Fuentes-, ¿no son exactamente iguales al balcón de Buenos Aires donde toda la literatura latinoamericana se enamoró al mismo tiempo de las espaldas de mujer más hermosas del mundo?" No eran iguales (los de la avenida Quintana son rectangulares), pero la invocación bastaba para que la escena de treinta y seis años antes volviera intacta a mi memoria. Recordé el lugar, recordé la luz dorada del atardecer, la tierna brisa de noviembre que acariciaba la ciudad.

Declinaba, como dije, la primavera de 1962. Fuentes acababa de llegar a Buenos Aires luego de asistir al Congreso de Intelectuales, organizado por la Universidad de Concepción, en Chile, donde había deslumbrado a colegas cuyo lenguaje habitual -entonces como ahora- es el lenguaje del desdén. Serían las siete, tal vez las ocho de la tarde. El crepúsculo tardaba en volverse noche. Fue entonces cuando vimos pasar, bajo esa luz imprecisa, a la mujer con las espaldas más hermosas del mundo. Eramos (yo no lo sabía) huéspedes de su casa. La mujer había enviudado un año antes del investigador médico Carlos Galli Mainini, discípulo del fisiólogo Bernardo Houssay. Galli se había hecho famoso al crear un nuevo método para el diagnóstico precoz del embarazo, inyectando orina de mujer en batracios machos. Lo que ahora suena vetusto y anacrónico entonces era revolucionario. El investigador estuvo casado menos de dos años con aquella diosa inolvidable. Murió cuando acababa de cumplir 47. Las fotos que han quedado de él lo revelan buenmozo y feliz.

Fuentes recuerda las espaldas de la viuda con tanta nitidez como yo: el dibujo suave de las venas bajo la piel traslúcida, el coqueteo de los bucles dorados sobre las orejas. Tenía un pelo largo, fino y melodioso, que se plegaba y desplegaba al compás de sus movimientos, como el telón de un teatro prodigioso. Las espaldas, que el vestido dejaba al descubierto, son difíciles de describir: sensuales, cálidas, inolvidables.

Bianco reveló entonces su nombre: "Se llama Laura", dijo (o Beatrice, o Francesca, cualquier apelativo mítico da lo mismo). Y a continuación enunció un apellido que no supimos retener. "Es famosa por su belleza", nos dijo Bianco. "Más de una vez las revistas de modas de París han enviado corresponsales para tomarle fotos, pero ella siempre se ha negado."

Todos sentimos unos deseos irreprimibles de verla y quizá la hubiéramos perseguido por aquellos salones espaciosos si la pintora Lea Lublin, que andaba por allí y la conocía desde la adolescencia, no nos hubiera dicho: "Se ha encerrado en su cuarto. Todas las tardes, a esta hora, tiene un ataque de pena. Nunca vuelve hasta que se le pasa la melancolía".

Fue lo último que supimos de ella. Culpamos a Sabato por habérnosla arrebatado y durante algún tiempo no se lo perdonamos. Cuando caminamos con Silvia Lemus en busca del balcón, alcé los ojos, volví a ver las luces de aquella tarde de primavera, y detrás de las celosías reapareció la espalda después de su largo exilio en el paraíso. Reconocí el pelo de lluvia de la viuda bellísima, las nubes tiernas de su nuca, el perfil huidizo que temí perdido para siempre. Y en silencio le di las gracias por los dones de una memoria que seguía dentro de mí, por los amigos de aquel día, por las novelas y las películas con que me enriquecieron la vida.

La historia de los hombres se escribe con esos fragmentos hechos de viento. Siempre hay un instante de la vida en el que volvemos a ser lo que fuimos o en el que somos, misteriosamente, lo que nunca pudimos ser.

© LA NACION