miércoles, 16 de diciembre de 2009

El buen uso del idioma

Aula Precaria.
La República
Por Luis Jaime Cisneros
26 de octubre de 2008


En América y en Europa se ha puesto recientemente de relieve el idioma como elemento importante de nuestro ritmo vital. Halago en Europa, protesta en Buenos Aires, innovaciones en Brasil. Al iniciarse la 64 asamblea de la SIP, Pedro Luis Barcia, presidente de la Academia Argentina de Letras, se quejó amargamente del empobrecimiento que venía sufriendo el uso del español en su país. Llegó a calificarlo como un lastre para la democracia. Lo afirmó ante el director de la Academia Española y del director de la Mexicana, que pasan por ser los más preocupados por el buen uso idiomático. La insistencia del ataque alcanzaba ciertamente a la prensa, cuyo lenguaje "dejaba mucho que desear". Contra el uso mediático orientó el académico Barcia su condena.

Tiene su pizca de razón esa protesta. Admitiremos que el periódico no es hoy, en el continente, modelo de lenguaje. Hay el uso depurado en periodistas de alto nivel y hay, inevitablemente, el reporte noticioso a cargo de eventuales reporteros, no todos esmerados en el buen uso, y cuyo trabajo no parece estar sujeto a conveniente revisión. Circunscribiéndonos a nuestro ámbito, ¿qué es lo que oscurece el lenguaje de nuestra prensa? El manejo de la sintaxis, en dos aspectos medulares: subordinación y sintaxis verbal. Muy raras veces advertimos acá confusión léxica, que fue pasto de las llamas del académico argentino. Según afirmó, 10 años atrás la prensa argentina manejaba una media de 1.200 palabras, y ahora se veía reducida a unas escasas 600.

"Esos son los rasgos que tenemos que combatir", argüía como preámbulo de su sentencia final: "La democracia se funda en la palabra compartida. Si no hay palabras para compartirla, la democracia se va a pique". Se irá a pique, en realidad, si esas palabras no responden a un núcleo de ideas fundamentales. De palabras, es verdad, estamos hartos: sirven para prometer, para acusar, para halagar, para engatusar. Pero es verdad: el lenguaje es arma viva de la democracia, y sería impropio preguntar si debemos acostumbrarnos a perfeccionar el uso del lenguaje en la prensa diaria y, cuanto antes, en el Parlamento y en los grandes centros de la vida comunal.

La siguiente noticia refuerza, sin proponérselo, la anterior. En Brasil, dentro del marco de la celebración del centenario del poeta Machado de Assis, el presidente Lula ha aprobado la reforma ortográfica, por la que se consagra, a partir del 2009, una serie de cambios destinados a unificar el registro escrito, en coincidencia con otros países de lengua portuguesa. Bueno es reconocer que una reforma ortográfica no se consagra de la noche a la mañana, por más que lo imponga un decreto de urgencia. Necesita tiempo y caviloso trabajo en la escuela y en la comunidad. Por eso se ha previsto que desde enero próximo hasta fines del 2012 la ortografía vigente convivirá en el Brasil con las nuevas normas, y sólo un año después la reforma será obligatoria. Una medida importante apunta a la política educativa: a partir del 2010, todo texto escolar habrá acatado los nuevos cambios. Sin duda, se ha aprendido mucho tras la reforma ortográfica implantada en China por Mao.

En realidad, esta reforma estaba pendiente desde que en 1990 los europeos comenzaron a preocuparse por lograr una reforma del registro escrito. Firmaron en Lisboa un acuerdo, previendo ponerlo lentamente en práctica. Fracasó. En el 98, se insistió, con mira en el 2004; ese año se incorporaron al acuerdo los otros territorios africanos y se anexó Portugal. Brasil cierra hoy el círculo de la hermandad escrita.

Vale meditar sobre lo que significa una reforma ortográfica. En español hemos tenido rebeldes famosos, y sólo quiero recordar a Domingo Sarmiento, a Juan Ramón Jiménez y a Manuel González Prada. Nuestra ortografía nos ha acostumbrado a asociar letras y sonidos, y muchos la califican de fonética. Don Ramón Menéndez Pidal la calificó de privilegiada "por su exactitud, por su precisión, por su sencillez". En realidad nuestra ortografía es etimológica, con tendencia fonética. Y ni siquiera muy etimológica: nos basta con ver cómo escribimos invierno y maravilla.

Y el broche de oro europeo. El francés Le Clézio, reciente Nobel de Literatura, afirma: "la lengua francesa es mi único país, el único lugar donde vivo". Aplaudo: ¡le jour de gloire est arrivé!

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