lunes, 7 de diciembre de 2009

Stalin en Cuba

sábado 5 de diciembre de 2009

La Primera
César Hildebrandt

El mayor poeta cubano de su generación, Heberto Padilla fue obligado por Fidel Castro a balbucear el siguiente monólogo de autoabominación. Era abril de 1971. La Revolución Cubana había adoptado las fórmulas del estalinismo y Padilla, que había obtenido el premio literario más importante de la isla por su libro “Fuera de juego”, era un peligroso ejemplo de independencia de criterio. Días antes de su detención, producida el 14 de marzo de 1971, había leído ante unos escritores fragmentos de un libro que ya no editaría en su país: “Provocaciones”. Castro lo mandó apresar, lo acusó de ser agente de la CIA, logró la retractación que aquí publico e instaló en Cuba, definitivamente, el modelo soviético del Comisariato Cultural. Intelectuales de la talla de Susan Sontag y Jean Paul Sartre protestaron por lo sucedido con Padilla, quien murió en el exilio en el año 2000. Su mujer, Belkis Cuza Malé, dijo que Padilla jamás se repuso de la vergüenza y del deshonor de haber sido empujado a esta “confesión”, tan parecida a la de los juicios de Moscú y a la que describió Arthur London en su “L’Aveu”, libro que Costa-Gravas llevó al cine con enorme éxito. El documento que van a leer es la transcripción taquigráfica de las palabras pronunciadas por Padilla en la Unión Nacional de Escritores de Cuba. El recinto estaba colmado de escritores y policías.

HEBERTO PADILLA:

Desde anoche, a las doce y media, la dirección de la Revolución me puso en libertad y me ha dado la oportunidad de dirigirme a mis amigos y compañeros sobre una serie de aspectos... Ustedes saben que, desde el pasado 20 de marzo, yo estaba detenido por la Seguridad del Estado... por contrarrevolucionario... Esa acusación estaba fundamentada por una serie de actitudes, por una serie de críticas... No, no, no. Críticas no es una palabra adecuada a mi actitud, sino por una serie de injurias y difamaciones a la Revolución que constituyen y constituirán siempre mi vergüenza...

Yo, bajo el disfraz de un escritor rebelde, lo único que hacía era ocultar mi desafecto a la Revolución... Se me dirá que eran críticas privadas, que eran críticas personales, que eran opiniones, pero eso para mí no tiene importancia... Porque no podía ser que se mantuviera esa duplicidad, que en público yo me manifestase como un vulgar contrarrevolucionario objetivo... Esos fueron mis errores, de los que yo he hablado durante este mes en la Seguridad del Estado...

Yo asumí posiciones y, además, lo que es peor, llevé esas posiciones al terreno de la poesía… Ustedes saben que me estoy refiriendo a Fuera de juego… ¿Ustedes piensan, si pueden leer este libro, que es un libro revolucionario?... Ese libro está lleno de amargura, está lleno de pesimismo... Ese libro expresa un desencanto... Yo he tenido muchos días para discutir esos temas, y los compañeros de la Seguridad del Estado no son policías elementales, son gente muy inteligente, mucho más inteligente que yo ... Y así me fui separando de mis amigos Fernández Retamar, Lisandro Otero, Edmundo Desnoes, Ambrosio Fornet, para citar sólo algunos....

Después, ¿quiénes fueron mis amigos? Periodistas extranjeros que venían a Cuba, como K. S. Karol. ¿Y qué buscaban esos periodistas? ¿Venían a admirar la grandeza de la Revolución? No. Ellos buscaban al desafecto Heberto Padilla, al resentido marginal. .. Ellos sabían el juego en que yo estaba, me halagaban, me entrevistaban, hacían de mí semblanzas adorables, y yo me beneficiaba con este juego, mi nombre estaba en circulación…

Yo me consideraba un intocable típico, como esos escritores en los países socialistas que escriben libros, los publican clandestinamente fuera de su país y se convierten en intocables, en hombres que el Estado no puede tocar... Y no digamos las veces que he sido injusto e ingrato con Fidel, de lo cual nunca realmente me cansaré de arrepentirme...

Estoy convencido de que muchos de los que yo veo aquí delante de mí, mientras yo he estado hablando, se han sentido consternados de cuánto se parecen sus actitudes a mis actitudes; de cuánto se parece mi vida, la vida que yo he llevado, a la vida que ellos llevan; de cuánto se parecen mis defectos a los suyos, mis opiniones a las suyas... Y estoy seguro de que, al oír estas palabras ahora dichas por mí, pensarán que con igual razón la Revolución no puede seguir tolerando esa situación de conspiración venenosa de todos los grupitos desafectos de las zonas intelectuales y artísticas...

Porque si yo mencionara, por ejemplo, ahora, a mi propia mujer, Belkis, que tanto ha sufrido con todo esto, y le dijese, como le podría decir, cuánto grado de amargura, de desafecto y de resentimiento ella ha acumulado inexplicablemente durante estos años, ella sería incapaz de ponerse de pie y desmentirme. Porque ella sabe que yo estoy diciendo la verdad.

Y lo mismo podría decir de un amigo entrañable, que tantas cosas positivas ha hecho por la Revolución en otros momentos, pero que últimamente se ha mostrado amargado, desafecto y contrarrevolucionario, como es Pablo Armando Fernández. Y yo sé que Pablo Armando, qué está aquí, sería incapaz de levantarse y desmentirme, porque Pablo Armando sabe que muchas veces hemos hablado de estos temas...

Y lo mismo, compañeros, podría decir de otro querido amigo como es César López, a quien yo admiro y respeto. César López ha hecho conmigo análisis derrotistas, análisis negativos de la Revolución. ¡Qué va a pararse César a contradecirme! Se pondría de pie para decirme que tengo la razón. (César López dice algo ininteligible.) Sí, César, ahí está. Y me alegra que lo hayas dicho, César, tú sabes que tengo la razón... Lo mismo que digo de César lo puedo decir de muchos otros amigos en quienes pensaba, porque en Seguridad del Estado tuve muchos días para pensar, porque los, días son largos en un mes...

Por ejemplo, yo pensaba en cuánto se diferencia la poesía de aquel formidable José Yanes de hace dos años, de ese Yanes que reaparece con una poesía indigna de su época, una poesía derrotista, una poesía parecida a la de César, parecida a la mía, por la misma línea enferma... Yo pensaba en Yanes y yo decía: qué lástima no poder ir ahora y decirle: ¿Tú no te das cuenta, Yanes? ¿Tú no comprendes que la Revolución a ti te lo ha dado todo? Y yo decía: Sí, sí, sí, se va a dar cuenta. Y yo pensaba: Si yo dijera esto en público, Yanes diría: ‘Sí, tienes razón, chico...’

Y yo pensaba en otro joven, en un joven de talento excepcional, un joven al que quiero mucho, en Norberto Fuentes, al que acabo de ver hace un momento... Porque yo sentía, allí donde estaba, cuánta diferencia había entre los cuentos apasionados y llenos de cariño de Norberto por los combatientes revolucionarios, y las opiniones que él y yo habíamos compartido. El, que había vivido tan estrechamente unido a la Seguridad del Estado. El, en quien la Seguridad del Estado había depositado una confianza absoluta...

Pensaba, sin embargo, que, no sé, la Revolución había construido una especie de maquinaria contra él, contra nosotros, para devorarnos. Y yo recuerdo que justamente estuvimos un día antes de mi detención juntos, hablando siempre sobre temas en que la Seguridad aparecía como la gente que nos iba a devorar...

Compañeros, la Revolución no podía tolerar esta situación, yo lo comprendo. Yo, por ejemplo, pensaba, recordaba a Manuel Díaz Martínez, y yo decía: ¿Cómo es posible que Manuel, a quien tanto admiro, se dé a este tipo de actitud desafecta, triste, amargada? Yo sé, yo estoy convencido de que tampoco Manolo sería capaz de contradecirme. Yo sé que puedo mencionar a José Lezama Lima. Los juicios de Lezama Lima no han sido siempre justos con la Revolución. Y todos estos juicios, compañeros, todas estas actitudes y estas actividades a que yo me refiero, son muy conocidas, y además muy conocidas en Seguridad del Estado. Yo no estoy dando noticias aquí a nadie, y mucho menos a Seguridad del Estado. Yo pensaba en todos estos compañeros en esa celda, que no era una celda precisamente sombría... como me había dicho el compañero Buzzi, a quien no veo por aquí. ¿Está aquí? Ah, sí. Allí está el compañero Buzzi. Yo no vi aquella atmósfera que él me decía...

Compañeros, yo tengo que ser sincero para terminar eso. Yo tengo que decirles que llegué a la conclusión, pensando en el sector de nuestra cultura, que si hay un sector políticamente a la zaga de la Revolución, es el sector de la cultura y del arte. Nosotros no hemos estado a la altura de esta Revolución...

Es increíble los diálogos que yo he tenido con los compañeros de Seguridad del Estado... quienes ni siquiera me han interrogado, porque ésa ha sido una larga e inteligente y brillante y fabulosa forma de persuasión conmigo. Me han hecho ver claramente cada uno de mis errores. Y por eso yo he visto cómo la Seguridad no era el organismo férreo; el organismo cerrado que mi febril imaginación muchas veces imaginó y muchísimas veces infamó, sino un grupo de compañeros esforzadísimos que trabajan día y noche para asegurar momentos como éste, para asegurar generosidades como éstas, comprensiones casi injustificables como ésta: que a un hombre como yo se le dé la oportunidad de que rectifique radicalmente su vida, como quiere rectificarla...

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